Café: ¿mejor salud?
Quizás la historia del café nos deja una enseñanza aún más interesante. La ciencia cambia de opinión no porque sea mala, sino porque cuenta con cada vez más evidencia
Quisiera cambiar un poco el enfoque de mis artículos y compartir un estudio publicado el pasado 11 de agosto en la revista Scientific American que llamó especialmente mi atención, porque nos invita a mirar de otra manera algo tan cotidiano como una taza de café. Durante décadas, esta bebida cargó con una reputación poco favorable: se asociaba con nerviosismo, insomnio, aumento de la presión arterial e incluso con posibles riesgos para la salud. Para muchas personas, tomar menos café parecía, casi por definición, una decisión saludable.
Sin embargo, en los últimos años esa historia ha comenzado a cambiar. Nuevas investigaciones plantean una pregunta que hace algunas décadas habría resultado sorprendente: ¿y si el café, consumido de manera adecuada, no fuera simplemente algo que debemos limitar, sino una bebida asociada a ciertos beneficios para la salud?
En las consultas médicas de los años setenta y ochenta era habitual preguntar a los pacientes cuánta cantidad de tabaco fumaban, cuánto alcohol ingerían o cuánto café bebían. Nadie aseguraba que las tres fueran igualmente perjudiciales, pero el café habitualmente aparecía en la misma conversación: era un consumo que convenía reducir.
Cuarenta años después, la visión científica es sorprendentemente diferente: cada vez hay más estudios que vinculan el consumo moderado de café con menor riesgo de diversas enfermedades del sistema cardiovascular y metabólico, mejor salud del hígado y posibles efectos positivos sobre el cerebro y el microbioma intestinal.
Un buen ejemplo de cómo la ciencia puede equivocarse lo encontramos en 1981: un estudio encontró una relación entre el consumo de café y el desarrollo de cáncer de páncreas. El descubrimiento tuvo un gran eco y contribuyó a reforzar la imagen negativa de la bebida. Sin embargo, los estudios posteriores no han logrado reproducir el resultado. El caso nos ayuda a comprender una cosa esencial de la ciencia: detectar que dos cosas ocurren juntas no implica que una provoque la otra. En efecto, a medida que avanzaron las investigaciones, el panorama del café también se resignificó.
Una revisión sistemática de 2025, elaborada a partir de más de un centenar de estudios, concluyó que su consumo moderado es, en términos generales, más beneficioso que perjudicial para diversos resultados de salud. De hecho, la evidencia más reciente también ha reforzado esa tendencia a favor del café. También hay estudios que lo asocian con beneficios para el cerebro, el hígado o el microbioma intestinal.
Es particularmente relevante la postura adoptada por la Asociación Estadounidense del Corazón (American Heart Association). Su reciente actualización, que ha sacado además una evaluación sobre este tema, indica que consumir hasta unas cinco tazas diarias de café –con cafeína– está asociado a un menor riesgo de infarto, accidente cerebrovascular, diabetes y ciertos trastornos en el ritmo cardíaco.
Gregory Marcus, cardiólogo de la Universidad de California en San Francisco, ha reconocido que los propios investigadores han quedado sorprendidos por las numerosas asociaciones positivas halladas. Pero en este punto surge una palabra muy importante: la asociación.
La evidencia no quiere decir que tomar tres tazas de café necesariamente evite un infarto, la diabetes o la demencia. Gran parte de estos datos proviene de estudios observacionales. Si bien hoy en día son mucho más rigurosos, una correlación no implica causalidad. Tal vez exista alguna característica de la gente que consume café que explique en parte los beneficios observados.
También es cierto que no podemos dar por hecho que cuanto más café tomemos, mejor. Los beneficios observados suelen derivar de consumos moderados y no necesariamente se amplían al superar aproximadamente cinco tazas al día. Y, además, no todos respondemos igual a la cafeína. La genética también influye en la velocidad de metabolización de esta sustancia. Una dosis ideal para una persona puede causar insomnio, ansiedad, palpitaciones o malestar gastrointestinal en otra.
A esto puede agregarse otra diferencia importante: el café no implica necesariamente una bebida saludable. Una dosis suficiente de azúcar, cremas, jarabes u otros añadidos puede transformarlo de una bebida aparentemente ligera a una fuente significativa de calorías, azúcar y energía.
Quizás la historia del café nos deja una enseñanza aún más interesante. La ciencia cambia de opinión no porque sea mala, sino porque cuenta con cada vez más evidencia. En palabras del epidemiólogo Farin Kamangar: la ciencia no es como una lancha rápida, sino un barco grandísimo: requiere mucha evidencia para cambiar de rumbo.
Esto encierra un significado mucho más sencillo para quienes se preguntan si deben restringirse de su cafecito en la mañana: la ciencia actual tiene muchas más razones para disfrutarlo que para culparse por él.