Bomberos y pirómanos

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Opinión
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Hemos aprendido a identificar muy bien al político que sabe sobrevivir a una crisis, pero no siempre reconocemos al que evita que ocurra

Si solo premias al bombero, vas a terminar rodeado de pirómanos.

La frase parece hablar de una empresa mal administrada, pero también sirve para entender una parte de nuestra política. Sobre todo ahora que México se acerca al proceso electoral de 2027. Se renovarán las 500 diputaciones federales y habrá elecciones para 17 gubernaturas, congresos locales, alcaldías y miles de cargos más. Y donde hay todo eso, sobra material para un incendio.

Algunos serán inevitables. Otros serán producto de errores. Y seguramente habrá también fuegos provocados. En política estamos acostumbrados a admirar al que resuelve la crisis: al operador que entra cuando todo está roto, al vocero que contiene el escándalo, al candidato que remonta después de una semana desastrosa, al dirigente que logra sentar a dos grupos cuando ya se estaban despedazando. Son perfiles necesarios. El problema comienza cuando confundimos la capacidad de apagar incendios con la capacidad de gobernar, dirigir o construir, porque son talentos distintos.

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Hay gente extraordinaria para construir desde el orden: forma equipos, anticipa problemas, fija reglas, cuida relaciones y detecta las grietas antes de que sean fracturas. Y hay otra que parece crecer únicamente cuando todo se está cayendo. Necesita presión, enemigos, pleitos y urgencias para hacerse indispensable. Unos construyen levantando un edificio. Otros solo saben construir sobre las ruinas que quedan después de derribarlo. El problema con estos últimos es sencillo: para poder construir, necesitan ruinas.

Las elecciones de 2027 serán un buen laboratorio para observar esa diferencia. Escucharemos historias sobre operadores que “rescataron” campañas, candidatos que “dieron la vuelta” a una crisis y dirigentes que “pusieron orden” cuando el partido estaba a punto de romperse. Algunos merecerán el reconocimiento. Pero también deberíamos preguntar: ¿por qué hubo que rescatarla?, ¿quién permitió que llegara hasta ahí?, ¿era inevitable la crisis o alguien vivía políticamente de ella?

Y aquí está el punto de fondo: esto no va de buenos y malos, ni de suponer que todo incendio fue provocado. Va de incentivos. Las organizaciones terminan fabricando el comportamiento que premian. Si el reconocimiento, el poder y la cercanía con quien decide aparecen siempre después del desastre, el sistema empieza a producir expertos en desastres. Si prevenir vale menos que reaccionar, tarde o temprano la emergencia se vuelve rentable.

Eso pasa en una empresa, en un gobierno y en un partido. El que trabaja con método y evita el problema suele pasar inadvertido. El que aparece a medianoche con veinte llamadas y una solución heroica se lleva la atención. La organización aprende rápido qué conducta paga mejor. En política la dinámica es todavía más peligrosa porque el conflicto también comunica: polarizar moviliza, tener un enemigo organiza y una crisis concentra atención. Un incendio, además de destruir, ilumina a quien se planta frente a las cámaras con el extinguidor.

Por eso en 2027 no bastará con mirar quién gana. Será interesante observar cómo gana. Habrá campañas que intenten construir una mayoría hablando de lo que quieren hacer y otras cuya estrategia dependerá de convencer al electorado de que enfrente no hay adversarios, sino amenazas. Habrá equipos que busquen crecer sumando y otros que necesiten destruir reputaciones, relaciones o incluso a sus propios compañeros para ampliar su espacio. Eso también dice algo del liderazgo que puede venir después, porque la manera en que alguien llega al poder suele anticipar, aunque no siempre, la manera en que lo ejercerá.

Hemos aprendido a identificar muy bien al político que sabe sobrevivir a una crisis, pero no siempre reconocemos al que evita que ocurra. Celebramos la operación de último minuto, la negociación milagrosa, la llamada que destraba todo. La prevención es menos emocionante. No genera fotografías y muchas veces ni siquiera se sabe qué ocurrió. Su éxito consiste, precisamente, en que no pasó nada.

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Gobernar bien probablemente se parece más a eso que a vivir permanentemente en emergencia. Construir instituciones, equipos o proyectos exige una habilidad menos vistosa: hacer que las cosas funcionen sin necesitar un héroe todos los días.

Así que, durante la elección de 2027, entre encuestas, rupturas, filtraciones y guerras internas, quizá convenga cambiar la pregunta. No solamente quién fue capaz de apagar el incendio, sino también quién lo previno; quién puso la gasolina; quién acercó el cerillo y quién descubrió que, mientras siga habiendo fuego, siempre tendrá un lugar junto al jefe.

Porque si sólo premias al bombero, vas a terminar rodeado de pirómanos.

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