Café Montaigne 389: la vida es un suspiro

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Opinión
/ 1 abril 2026

El tiempo, tarde o temprano, nos alcanza y nos engulle. Pero, seamos francos, no a todos

¿Qué es el tiempo, qué es la vejez, qué es la vida? Sin duda, la vida es un suspiro suspendido en la mano, una voluta de humo... y luego, ¡plof!, la nada. Lea usted lo siguiente del inmortal Rubén Darío:

“Ya nos lo dijo el Eclesiastés:

Tiempo hay de todo; hay tiempo de amar,

tiempo de ganar, tiempo de perder,

tiempo de plantar, tiempo de coger,

tiempo de llorar, tiempo de reír,

tiempo de rasgar, tiempo de coser...”.

https://vanguardia.com.mx/opinion/politica-biblia-o-cervantes-ON19728006

Pues sí, parafraseando ese gran libro de la Biblia, uno de los más filosos y filosóficos, nos ofrece una gran y buena estampa sobre eso llamado tiempo, el cual tarde o temprano nos alcanza y nos engulle.

Pero, a ver, seamos francos, no a todos. Es el caso de un ser humano admirable, un ser humano ejemplar del cual platiqué a vuela pluma en un texto anterior: don J. Le he pedido permiso para escribir aquí su nombre. Luego le pediré permiso para escribir su nombre completo y sobre su vida virtuosa. Mucha gente como usted, quien me lee hoy, me ha preguntado por él. No es un personaje, aunque lo es. Pero más allá de un personaje literario en mis letras y andanzas, es un ser humano ejemplar.

Es don Joseph C. Sí, como si fuese un protagonista salido de la pluma de Franz Kafka, el europeo. Y don Joseph justo ha vivido en Praga. Es decir, es de los pocos humanos (dos, para ser exactos) a los cuales conozco en lo siguiente en su vida: ha ido a Japón y se ha regresado. Es decir, don Joseph conoce la mayor parte del mundo. Entre burlas y veras, cuando platicamos en animada tertulia, dice no haberse casado con una mexicana por un sencillo motivo: no lo querían.

Y sí, se ha casado al menos con una rusa y una ucraniana. Don Joseph, ingeniero él, tiene 81 años y es más jovial a cualquier mozalbete de 20 o 30. Hace suyo aquel viejo verso de Mario Benedetti: “El tiempo pasa, y la muerte se nos vuelve vida...”. El tiempo a don J. lo respeta. El viento adverso, igual. ¿La muerte? Sin duda, le tiene miedo y harto, harto respeto.

Se le apoda en los lugares de moda “El alemán”; lo es. Viste con galanura y estilo, por lo general, de un blanco inmaculado. O bien, en tonos sepia. De hecho, hace poco, y como siempre, nos topamos en un restaurante (una cantina, pues); llegó galante y jovial como acostumbra. Su sombrero de ala corta en su cabeza de cabellos nevados. Llegó y depositó en las camareras una pizza de campeonato.

Nos saludamos y empezamos nuestra tertulia dilatada... tan dilatado (borrachera, pues) fue aquello, por lo cual duramos al menos siete horas. Dimos cuenta de cervezas a granel, y luego, a petición del ingeniero don Joseph, a puro copeo, nos engullimos una botella completa de “Zacapa 23”, un tesoro, un manjar.

¿Lo tengo o lo debo escribir y confesar? Me mandó perfectamente estúpido y borracho a mi choza. ¿Y el ingeniero? Pues caray, se lo digo, es más jovial, elegante, sano y buen mozo a cualquier joven. Don J. se fue sin ningún problema en su nave automotriz. Así de sencillo. Así de complicado.

ESQUINA-BAJAN

Ese día y en un buen restaurante-cantina-bar en el centro de Saltillo, donde sirven (regalan como botana) una comida de alta maravilla, “Revolver”, nos hizo compañía una camarera vestida para matar: doña R. La señorita R. Luego le pediré permiso de escribir su nombre completo aquí. Ella, menuda, flaca, guapa, con tacones, toda de negro y con medias caladas, técnico en sistemas, nos hizo el favor de acompañar la mayor parte del tiempo mientras hacía su trabajo: atender diligentemente sus mesas de servicio.

¿Qué pasó? Pues lo de siempre cuando andamos en tertulia don Joseph y su servidor: la bella señorita R... se colgó del brazo del supermaestro, se la pasó embelesada con su charla, y quien esto escribe fue un soberano cero a la izquierda. ¡Puf!

https://vanguardia.com.mx/opinion/hablemos-de-dios-272-si-nosotros-los-inventamos-podemos-jugar-a-ser-el-LO19711947

Don Joseph C. tiene 81 años y es un joven vestido con arrugas milimétricas. No rizos, sino huellas de vida. Lleva en su piel la gloria de los godos belicosos, la sapiencia de los griegos, las reliquias de los troyanos y la paciencia de los escritores bíblicos, como el varón ejemplar Job. En esta vida, y seamos francos, el viejo soy yo a mis ingratos y muy frotados 61 años. Eso sí, muy disfrutados, caray.

Lea lo siguiente de un poeta mexicano, Jorge Cuesta, uno de mis favoritos, el cual y como todos, fue atormentado y suicida, sin ningún problema: “Entre tú y la imagen de ti que a mí llega/ hay un espacio al cabo del cual eres sólo una memoria...”. ¿Lo notó? ¿Qué somos los patéticos humanos? Eso, sólo un recuerdo, una memoria, la cual se tiene de nosotros cuando uno muere y se une a la nada. Rehago el discurso: ¿Cómo se van a acordar de usted, señor lector, cuando se muera? ¿Cómo quiere usted ser recordado? Insisto, en lo personal, a mí la eternidad “ni fu ni fa”. Una vez más asumo el aforismo de don Gerardo Blanco Guerra: hay que irse de la tierra con la vida muy raspada, las cuentas del banco vacías y ligeros de equipaje... un reclamo público: don Joseph C. me quita las candidatas a musas, caray.

LETRAS MINÚSCULAS

Esta patética historia de mi vejez continuará el próximo jueves...

Nació en Saltillo, Coahuila, el 1 de marzo de 1965. Periodista y poeta. Escribe la columna Contraesquina

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