Café Montaigne 394: Un galimatías en tiempo real
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Estoy a un tris de acostarme con la rotunda, bella y ‘buenota’ de Esther Alejandra, pero no quiero ni le voy a faltar al respeto a la güera Jazmín. ¿Qué hacer?
“Tiempo real”, dicen los jovenzuelos hoy en día. Comunicación en tiempo real. ¿Qué jodidos es eso? Lo bien cierto es lo siguiente, estimado lector: estoy jodido en tiempo real, en el aquí y en el ahora, debido a mi vida de galán de barrio pobre. La mitad de mi existencia –amorosa (sobre todo), de escritor y laboral– está en Monterrey. Mitad de todo. Pero sobre todo, amo a las regiomontanas, no a las saltillenses.
Soy “galán de periferia”, en feliz ocurrencia de don Gerardo Blanca Guerra. Mi vida se ha complicado en el invierno de mi existencia. Sigo viendo a mi güera, la camarera Jazmín; la quiero. Ella a mí me dice lo mismo, pero temprano o tarde me va a botar y me va a dejar por un modelo más reciente. Es decir, un joven igual a ella, los cuales la siguen en parvada. En una de las últimas ocasiones intercambiamos el diálogo siguiente...
– Jesusito, estás raro. Estás más callado que de costumbre. Te noto diferente. Distraído. ¿Te pasa algo? De hecho, estúpido flaco, ni siquiera me has acariciado mis piernas y eso que me puse esta minifalda que tanto te gusta. Dime la verdad, ¿pasa algo?
– Nada güerita, nada. Sólo es que he tenido mucho trabajo y ando medio cansado. Y estoy viejo, estoy viejo para usted, señorita...
-¡Ay, pinche Jesús! Ya vas a empezar otra vez. Me molesta que digas eso. ¿Ok? Yo te elegí a ti, no tú a mí. ¿Ok? Y yo sabré si te quedas conmigo o te dejo. ¿Ok? A ver, dime, ¿qué pasa, Jesusito?...
Trato de no mentir y jamás engañar. Nunca. Es decir, el padre de la mentira, ¿sabe quién es, estimado lector? El diablo (etimológicamente es eso: el que divide. El padrote de la mentira). Por eso y desde saberlo, trato de no mentir. Jamás. De hecho, me dedico a algo serio, tan serio como esto: escribir, escribir palabras. No sirven para nada, lo sé... pero sirven para fundar un mundo. Completo. Como es haber inventado a Dios y al diablo.
Lo confieso: estoy a un tris de acostarme con la rotunda, bella y “buenota” de Esther Alejandra, pero no quiero ni le voy a faltar al respeto a la güera Jazmín. ¿Qué hacer? Puta madre, no lo sé al día de hoy. Esther Alejandra me sigue contando de sus andanzas como prostituta y sí, da para un libro completo y mucho más. Me ha invitado a su casa a merendar y conocer a sus hijas. Me he negado hasta hoy. Me quiere presentar con ellas como uno de sus mejores amigos, el cual la apoyó en su momento. Me he negado. No sé por cuánto tiempo más.
– Jesús, tienes mi confianza, pedazo de pendejo. ¿Qué pasa? Te noto lejano, en otro lugar. Dime la verdad, ¿sales con otra, andas con una puta, estúpido? Y mira que lo siento. ¿Ya no te gusto? Dime y aquí terminamos...
– Absolutamente no, güerita. Quiero seguir con usted. De hecho, agradezco mucho tu compañía; lo único es que tienes razón, ando pensando otras cosas, pero ya, aquí estoy, con usted y tratando de halagarte, Jaz...
ESQUINA-BAJAN
Lo repito: me he casado dos veces y he derramado tinta tres veces en vida y en mis cuadernos de notas. Soy un tipo deprimido, melancólico, atiriciado, como casi todos los poetas. Cuando fui joven, pensé en el suicidio. Una sola vez. Pasó el tiempo y la mala idea –mala, ingrata e insana– se fue de mi cuerpo y de mi memoria. Gracias a Dios.
¿Soy promiscuo si me acuesto con las dos musas al mismo tiempo? Caray, no me interesa ningún rasgo de etiqueta moral. De hecho, usted debe tener ya una pésima idea de mí, pero lo importante es mi ser, lo cual pienso y siento. Y soy un galimatías al día de hoy al escribir estas letras de esta novela en “tiempo real”.
Jazmín me ha postergado mi “regalo”, es decir, le he pedido se vista de tenista mágica (soy fetichista, en fin, usted lo sabe): falda de tablones blanca, blusa alba untada a su pecho (senos los cuales caben en el hueco de mis manos, como palomas ateridas: erectos, parados al tacto y al lamento) y, claro, no tenis, sino tacones de verticalidad imposible...
Soy voluble. Siempre he sido voluble en cuanto al sexo. En tan delicado y placentero aspecto, nunca he tenido claras mis ideas. Veo una musa y mis manos buscan ávidas los senos redondos y parados. Si sus aureolas –el universo completo en una aureola, ah– son rosadas, en poco tiempo enloquezco. Sus pezones erectos, duros –claves del alfabeto–, piden a gritos seguir mordisqueándolos. Sin prisa, sin pausa...
Pero puede ser que rápido me olvide de los senos de la musa en turno, cuando esta es dueña de un trasero redondo, como corazón, donde uno puede entregarse a placeres eternos y malsanos. Nada más inspirador al trasero grueso, redondo y sinuoso de una mujer. Sus nalgas son el futuro de la humanidad. ¿Entonces hacer caso a las nalgas o los senos? No lo sé.
En una de las más bellas ficciones del japonés Yasunari Kawabata, Nobel él, “La Casa de las Bellas Durmientes”, donde viejos libertinos se entregan a un voyerismo enternecedor al contemplar a lolitas dormidas, sin poder tocarlas ni mucho menos osar interrumpir tan plácido sueño, Kawabata dice: “La belleza alcanzada por los senos de la mujer, ¿no es la gloria más resplandeciente de la evolución de la humanidad?”.
LETRAS MINÚSCULAS
Perdonadme, lectores, no sé qué hacer. Esta patética historia de mi vida y vejez continuará el próximo jueves...