Café Montaigne 403: De mañas, manías y perversiones

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Opinión
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Imagino que usted tiene una pésima imagen de mí por estar contando esta novela en tiempo real y, lo peor o lo mejor, su servidor en la vejez como protagonista involuntario principal

Esther Alejandra, mi amiga, la exprostituta regiomontana, me recetó lo siguiente en una charla, la cual es ya misa reverencial una vez por semana: “Te estoy leyendo, Jesús. Ya vi que estás escribiendo de mí. Eres tremendo. Sigues siendo un caballero. Te respeto. Y respeto tu relación con la muchacha esa, la güera. Mira, no estoy enojada. Pero bueno, tal vez sí. Ahora que te reencontré, estoy a gusto a tu lado platicando, como siempre. Ignoro si todo lo que te cuento valga la pena para un libro, pero al parecer sí es muy entretenido para los lectores. Incluso, me entretienes a mí, ja, ja... Oye, diles a tus lectores que no te quisiste bañar conmigo como lo hacíamos, diles que me tienes miedo y diles que no me orinaste como alguna vez lo hiciste. Bueno, lo hiciste varias veces, ingrato, y a mí me gustó...”.

Caray, ¿qué es ser puro o impuro; qué es ser cochino, pervertido o depravado en el plano sexual; qué es ser normal en el plano sexual? ¿Qué es ser pura o impura? Ya lo sé, ya lo sé. Imagino que usted tiene una pésima imagen de mí por estar contando esta novela en tiempo real y, lo peor o lo mejor, su servidor en la vejez como protagonista involuntario principal. ¡Puf! Ya no puedo ni quiero retroceder. Esta novela camina a pasos de gigante, para decirlo en feliz frase de don Manolo Jiménez Salinas, gobernador de Coahuila.

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Tengo muchas muletillas cuando me saludan. Una de ellas es la siguiente, la cual utilizo sólo con una camarera de un merendero local; ella llega bella y servicial cuando le toca atender mi mesa y el diálogo siempre es el mismo al iniciar:

-¿Cómo le va? ¿Cómo está?

-Buena tarde, “Señorita Adiós”, aquí llegando a merendar, ya sabe; estoy guapo y elegante como siempre y muy a su orden...

Ella, la “Señorita Adiós” (así la he bautizado, como si fuese personaje de Franz Kafka o de Samuel Beckett; y ella misma es un personaje ya de novela: cuando no le toca atender mi mesa, pasa con la mejor de sus sonrisas, me agita la mano y siempre me dice: “Adiós”. Pues sí, es la “Señorita Adiós”, reguapa la muchacha, en fin. Como me ha bautizado el abogado Gerardo Blanco Guerra, soy “galán de periferia”), se ríe de mis ocurrencias y me atiende con galanura y estilo.

Y lo anterior viene a cuento porque, aunque últimamente no he podido vestir mis sacos de papel y llevar en la solapa mi pañuelo conmovedor, por lo general, cuando el ingrato calor baja y lo permite, utilizo para salir a merendar sacos de lino y les adhiero uno de los últimos vestigios de la civilización, de la elegancia y del honor en los varones: mi pañuelo conmovedor. ¿Para qué sirve un pañuelo hoy? En mi caso, para dárselo a las damas cuando éstas lloran. Y si usted se ha fijado, todas las mujeres alguna vez en su vida, pues, lloran. Para eso sirve un buen pañuelo y, claro, para sacarse los mocos de la nariz. Pero...

No se me asuste, mi lector, un pañuelo de seda también sirve como objeto de placer sexual. ¿Por qué soy el único humano que casi lo recuerda todo? En la película “Amantes”, del ibérico Vicente Aranda, una jovencísima y bella Victoria Abril, al tener el acto sexual con el actor Jorge Sanz, le introduce un pañuelo de seda al actor por el ano y tira de él en el justo momento del orgasmo.

ESQUINA-BAJAN

¿Cómo llamarle a esta perversión, a este placer sexual, a esta desviación? ¿Podemos definir esta práctica sexual con los términos anteriores? ¿Qué es perversión, qué es normalidad sexual? ¿En qué época de la humanidad, en qué cultura, en qué tiempo, en qué año? Lo bien cierto es lo siguiente: Esther Alejandra me ha venido platicando de muchas, hartas anécdotas e historias con los clientes, los cuales la frecuentaban como prostituta. El catálogo de mañas, manías, perversiones, desviaciones y disfrute sexual es largo y extenso.

Pero, una y otra vez me advierte y me lo señala: nunca, jamás aceptó algo que ella no quisiera hacer o compartir. Le creo. El tipo, el empresario, el millonario, quien la llevaba a su residencia/palacio y le pedía a Esther Alejandra acostarse en la cama conyugal en el lado de su esposa y poco o nunca la tocaba, ¿cómo bautizar dicha parafilia, desviación o perversión amorosa-sexual?

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Alguna vez, cuando iba a visitar a la señorita Esther al table dance donde trabajaba, ella y nada más ella hizo lo siguiente: “Oye, Jesús, hoy vienes muy elegante y guapo a verme. Gracias. Todas las muchachas me tienen celos. Ja, ja. Me gusta que me trates así y que seas formal. Mira, préstame tu pañuelo de tu saco, lo voy a doblar muy bien, lo voy a meter en mi sexo un rato para que huela a mí y luego lo sacas y lo pones en tu solapa, ¿te parece...?”.

¿Cómo bautizar la anterior parafilia? ¿Lo es? ¿Estoy desviado, soy un pervertido por todo lo anterior? Lo bien cierto es que voy leyendo un libro donde se definen varias parafilias, de las cuales en mi ingrata vida había escuchado. Lea usted: “Agorafilia”: atracción por realizar el acto sexual en lugares públicos. Exhibicionismo puro, pues. “Aerofilia”: se obtiene el orgasmo o placer volando. Por cierto, tuve una amiga cuya mayor fantasía era esa, tener el acto sexual en un avión. ¡Puf!

LETRAS MINÚSCULAS

Ríos dorados. A las mujeres les gusta lo anterior. Pregúnteselo usted a Nicole Kidman en tres de sus mejores películas...

Nació en Saltillo, Coahuila, el 1 de marzo de 1965. Periodista y poeta. Escribe la columna Contraesquina

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