Café Montaigne 413: La peste del insomnio
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–Jesús, ¿ya viste mis ojos, ya viste mi pálida cara? No te vayas a burlar, ¡eh! Si no, te doy una bofetada, ingrato. Pero, ¿ya miraste mis ojeras y mi rostro todo jodido? Oye, apenas voy iniciando los estudios y mira cómo ando. Ahora sé por qué cuesta tanto superarse en la vida. Esto lo debí haber hecho sin mi hijo, cuando estaba soltera y mis padres me apoyaban. Bueno, siempre me han apoyado hasta hoy, pero anda, una es muy pendeja. Según yo, me enamoré del muchacho ese tan guapo, el cual, pues sí, me acompañó una temporada. Ya no me acosté con él, sólo cooperó con poco dinero para mi embarazo y el muy maldito se alejó... creo yo, gracias a Dios. Y ni ganas de verlo de nuevo y menos que mi hijo, mi Ángel, lo conozca. Jesusito amado, tengo insomnio y es la primera vez que pasa en mi vida...
Insomnio: la mordedura del diablo. La peste del insomnio. La cruda de Dios altísimo aquí, sobre la tierra. La güera Jazmín, ahora con harto trabajo: ser camarera, ser madre de familia, ser hija, ser escolapia y, de paso, verme a mí, se está enfrentando con el mundo real y brutal: vivir, existir y pelear la vida en varios escenarios. Lo sé y pago sin ver: va a salir adelante. Para eso me tiene a mí, quien a fondo perdido le estoy apoyando en sus estudios. Cosa intrascendente, pero para ella es el pie de casa de su vida futura.
Gabriel José de la Concordia García Márquez siempre es noticia. Contra lo cual pueda pensarse, sigue vivo y vendiendo libros; su influencia sigue permeando tanto en la literatura como en el periodismo. Y usted lo sabe, García Márquez se asumía no pocas veces más periodista que escritor, digamos, químicamente puro. De hecho, sus historias, el 99 por ciento de ellas, están anciladas en el tráfago diario, en la anécdota de la calle, y sus personajes literarios abrevan o son yuxtaposición de los reales. ¿Cuál fue entonces su amor: la literatura o el periodismo? Amor y amante, las dos pasiones formaron parte de su alfabeto. Uno (el periodismo) lo llevó a desembocar en lo otro (la narrativa y, por extensión, el Nobel de Literatura).
Gabo siempre será noticia. No pasa mes o año sin agregarle nuevos folios a sus letras y a su vida. De hecho, repasando sus obras en mis libreros, di con un volumen extraño de García Márquez: “Yo no Vengo a Decir un Discurso”, el cual reúne precisamente aquellos textos preparados por el Nobel colombiano con el fin de ser leídos ante una audiencia ávida por escucharlo.
Son discursos reunidos a lo largo de su vida (desde el primero que escribió a los 17 años para despedir a sus compañeros del colegio de Zipaquirá hasta sus palabras de recepción del Premio Nobel o su discurso ante los reyes de España al cumplir 80 años de edad).
Gabriel García Márquez es inagotable. Cuando lo releemos, encontramos nuevas resonancias y nuevos matices a lo subrayado. Me detengo en una apreciación periodística, de buen observador como reportero de calle y suela, que persistentemente fue el Gabo. En una parte de sus textos deja escrito lo siguiente: “Para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá no era la capital del país ni la sede del gobierno, sino la ciudad de lloviznas heladas donde vivían los poetas”.
ESQUINA-BAJAN
Eso. Aflora el clima con su sinuoso y tempestuoso andar, como materia de notable influencia en nuestra vida diaria: modos de ser, carácter, hábitos de comida y bebida, prácticas nocturnas para dormir o, en su defecto, padecer el pertinaz insomnio (recuerde usted: el mismísimo Gabo en su “Cien Años de Soledad” habla de la “peste del insomnio” en Macondo). Y en fin, el clima es materia central en nuestra vida; nos define y nos moldea.
Lo anterior viene a cuento hoy por la oleada de calor brutal, la cual todo deseca a su paso. Bajo un sol jurado y preñado de espanto aquí en el Norte de México y, vaya, en todo el país, nadie en su sano juicio puede ponerse a trabajar y estar sentado por horas frente a su cuaderno o a su ordenador personal para dar el mejor pulimiento a un soneto, a una décima o tallar puntillosamente dos cuartillas de aquella novela en progreso.
A más de 30 grados Celsius, nadie se concentra; sólo quedan los placeres de la carne: beber en la taberna cercana y entregarse al fornicio. El sol mutila y hiere. El calor escurriendo en el ombligo de adolescentes pecadoras con shorts a media nalga y con blusas ombligueras, obliga a mirarlas una y otra vez. Ellas, dueñas de la situación, se entregan a placeres lúbricos y sensuales.
Le cuento lo anterior a la güerita Jazmín; ella escucha y toma algunas notas en su cuaderno. Le digo, no haga caso al efímero insomnio, el cual asoma por primera vez en su vida. Le digo, es tanto trabajo y nuevas ocupaciones como el estudiar y cumplir con sus labores de madre ejemplar. Le digo, pronto pasará cuando ella se adapte al nuevo mundo por vivir.
Melosa, se recarga en mi enjuto hombro –el cual le debe calar en su mejilla porque estoy reseco–, se raspa y me hace un cariño en la mejilla, el cual vale oro, y me dice: “Jesús, tú me has dicho que casi toda tu vida has padecido insomnio. Duermes muy poco. ¿Qué debo tomar cuando esté así? La verdad, a veces me pongo nerviosa, ¿sabes?”.
LETRAS MINÚSCULAS
Respondí al segundo: bebe media botella de ron blanco, con hielos y agua. Sin refresco de cola. Te apendeja de volada y adiós insomnio... ¿Fue buena recomendación o es mejor un frasco de clonazepam como recetan los “psicolocos”? ¡Puf!