Café Montaigne 412: Inventar pasiones para no morir
COMPARTIR
Este escritor y periodista se está inventando amores funestos y a fondo perdido para no morir de amor; es decir, para morir de amor. No hay contradicción de por medio
En honor a la verdad, me da igual asumir el estar viejo o anciano; para mí, en esta edad tan raspada, es lo mismo. Pero he arribado gozoso a los primeros y últimos 61 años de edad, ya entrados en los 62. ¿A esta edad se es viejo o anciano? ¿No se encuentra uno en la mitad del otoño con una promesa fingida de un buen y acaso doloroso invierno?
Usted lo sabe: Alonso Quijano, alter ego de don Miguel de Cervantes Saavedra en “Don Quijote de la Mancha”, a los 50 años –en aquella época, un gran viejo, un anciano– se inventó pasiones para no morir: molinos de viento, batallas osadas y audaces, se enfrenta con la Iglesia, se vuelve loco de amor y de aventuras, se enamora una y otra vez... es decir, se inventó pasiones para no morir.
Tal vez, y sólo tal vez, es lo que estoy haciendo hoy día. Este escritor y periodista se está inventando amores funestos y a fondo perdido para no morir de amor; es decir, para morir de amor. No hay contradicción de por medio; nunca hay contradicción alguna al vivir. Decía Cicerón: “La gran edad, especialmente cuando se honra, tiene una influencia tan alta que otorga más valor que todos los placeres anteriores de la vida”.
Seamos francos: no sé qué hacer hoy y ahora. ¿Soy feliz? Sí y no. Así es la vida. La güera Jazmín, mi camarera regiomontana (¡ja!, ni es mía y nunca lo será del todo), me halaga, se la pasa de lo mejor y yo igual. Pero más temprano que tarde, me va a cambiar. Seamos francos. Y no pasa nada porque así es la vida y así seguirá siendo siempre. ¿Amor eterno? Jamás. ¿Qué va a pasar cuando la güera me deje y me cambie por un modelo más joven? No lo sé. Cuando ocurra, tomaré decisiones, pero lo bien cierto es lo siguiente: para mí la vejez no es el recuerdo del ayer, sino la promesa del mañana.
¿Una definición o defunción de la vejez? Es un pacto de silencio y matrimonio con la soledad. Cuando me he casado y luego separado, ha sido un proceso muy rudo volver a enamorar a mi soledad y a mi silencio. Me cobran muy caro dichas musas a las cuales he abandonado: soledad y silencio. ¡Gran combinación!
Si usted lo recuerda, don Gerardo Blanco Guerra me ha bautizado como “Galán de periferia”, feliz ocurrencia con lo cual estoy de acuerdo al 110 por ciento al día de hoy. Le creo. ¿Qué es mi vejez? Una raya en la superficie del mar, en la superficie de un río. Un aliento insostenible siempre, un pálido vaho en la ventana, en el cristal, el cual nos contempla: nosotros no a él. Luego, salir de la zona de confort y morir en el mundo real. En el aquí y ahora. La vida no es para contemplarla, no; es para lo contrario: ella nos debe contemplar como sus hijos favoritos. Ya vivimos, ya existimos. Los viejos debemos ser hijos preferidos de la vida, con el deber hecho. Orgullosos ancianos de haber cumplido un propósito. ¿Cuál? Vaya usted a saber. Tal vez eso: vivir.
ESQUINA-BAJAN
El siguiente poema es de Theresa Lola y se llama “Equilibrium”. En él, habla de un retrato en suspenso, una tensión hacia el final y hacia el inicio de la vida de un humano. Lea usted un pálido fragmento:
“Mi hermano recién nacido llegó al mundo con un llanto,
y los ojos de mi abuelo se convirtieron en dos cronómetros.
Contando los días para su propia partida. Tras la ceremonia del bautizo,
mi abuelo permaneció tan silencioso como una herida abierta en una autopsia”.
Tal vez esto y no otra cosa sea mi vida hoy: dividido en el suspenso de la vida entre el verano y el invierno inminente. A mi güera no la cambio por nadie; es un galgo que siga a mi lado. ¿La rotunda y bella Esther Alejandra? Estamos avanzando a trompicones en el relato de su vida. He notado un distanciamiento debido a mi tozudez en no aceptar sus galanteos y coqueteos. La he desesperado, la verdad, pero me voy a defender hasta el final.
Pero, como decía mi amado Oscar Wilde: “La mejor manera de liberarse de una tentación es caer en ella”. ¿Voy a caer en los brazos, las piernas y los muslos redondos de Esther Alejandra? Estoy decidido a perderme en ese mar sin fondo del deseo. Pero, mientras tanto, me defiendo como puedo. Esto la ha mantenido un tanto alejada de mí.
El problema de la historia es la historia misma. La repetimos, tristes humanos, a golpe de cincel y piedra. Edipo sigue estando vivo por un estúpido y trivial motivo: todo mundo carga pecados ancestrales (y nuevos) en la espalda. Los pecados se muestran en las cuencas oculares, en el pitillo encendido o en la copa macilenta en la cantina gelatinosa. El problema de los poetas es el mismo de siempre: existir, vivir muy a pesar de sí mismos.
Cuando un poeta nace, se le asigna un demonio. No un ángel ni un Dios, no; sino un demonio. Cuando dicho ser humano –escogido por la diosa blanca de la creación, por el destino, por el azar, el padrote, la madrota; en fin, vaya usted y bautice lo anterior–, el poeta, va y bebe del arroyo de la poesía, triste su calavera. Jamás, jamás estará a salvo y en sus entrañas y pupilas –una alcoba en sus retinas– incubará un monstruo. Una bestia feroz y carnicera, la cual terminará por engullirlo. Y jamás le dejará hueso sano o linfa limpia. Jamás.
LETRAS MINÚSCULAS
¿Estoy enamorado de Jazmín, ahora una bella escolapia, y de Esther Alejandra? Sin duda, tengo 61 años repitiendo la misma patética historia de todos: estar enamorado.