Café Montaigne 415: A 65 años de la muerte de Ernest Hemingway
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El suicidio es visto como un problema. Pero los tristes de alma y corazón lo ven como una solución
La locura viene de los dioses y de las musas. Existe una variable terrena, causada por enfermedades humanas; pero hay otra forma de locura, de carácter divino. Esta última viene o corresponde a cuatro divinidades: Apolo la asigna a la inspiración profética; a Dioniso se le atribuye la mística; a las Musas, la locura poética, y la locura erótica a Afrodita y Eros.
La anterior taxonomía pertenece a Platón y aparece en “Fedro o del Amor”. Los escritores, tocados irremediablemente por el hálito de la melancolía (para irnos directamente y también por la situación o estudio de la antigüedad de los cuatro humores o flemas del ser humano), son tentados por la locura divina. Pero dicha demencia, aunque inspira (siguiendo a Platón) las obras más excelsas y perfectas, lleva invariablemente a “entregarse a los dioses”; es decir, a la muerte.
En la revista semanal 360 de esta casa editora, hace ya algunas buenas lunas, publiqué un díptico sobre Ernest Hemingway, el cual fue bien leído y replicado. En aquella ocasión y por tema de gastronomía y vinos, abordé la faceta culinaria del escritor y periodista ganador del Premio Nobel. Pero hoy, en esta tertulia de “Café Montaigne”, nos vamos a zambullir en otras aristas igual de interesantes a su veta culinaria. Es decir, su vida misma, su emperrada tristeza al final de sus días y, por supuesto, su vejez.
Nos vamos a sumergir en la vida personal y tormentosa (como la de varios de los personajes de sus textos, siendo él mismo un modelo arquetípico) del norteamericano Ernest Hemingway (1899-1961), quien vivió asediado por los demonios de los dioses y las musas. Es decir, sus propios demonios materializados o encarnados en su madre, a la cual culpó en no pocas ocasiones del suicidio... de su padre.
Vaya, pues, le gritaba y la definía como “perra”. Hoy se trata de explicar todo a través de enfermedades, las cuales reciben bautizos para sujetarlas en los corsés de una realidad asfixiante. Hay un ensayo de diez páginas de un prestigiado doctor (Christopher D. Martin), quien leyó toda la obra de Hemingway sólo para dar un veredicto médico, el cual ya conocíamos sin ser doctores: “trastorno bipolar”.
Este 2026 se cumplen 65 años de la muerte del Premio Nobel de Literatura (cifra cerrada). Todos los años hay que releer a Hemingway. Al maestro se le asocia, con justa razón, con la rudeza, con el vigor físico y con la naturaleza. Ernest cultivó bien su leyenda de amante de la caza y la pesca (“El Viejo y el Mar”, claro), a la par de ser un apasionado de la buena vida: la comida y la bebida hasta el hartazgo.
Herido de gravedad en la Primera Guerra Mundial, su literatura y periodismo están entonces impregnados de harto fatalismo, donde se explora el vacío existencial (no hay mañana, es sólo hoy), el ser humano siempre está solo ante el mundo y la imposibilidad de relacionarse con algún humano de tiempo completo (una mujer); de este modo, la soledad y, al final del túnel, el suicidio, se presentan como la única solución.
ESQUINA-BAJAN
Pero en medio y ante esta pérdida de fe en un futuro, el cual no existe, sólo nos queda entregarnos mientras tanto a los apetitos inmediatos del ser humano (satisfactorios y distractores a la vez): el sexo, la bebida y la comida. Viene lo duro, lo fuerte: en cuatro generaciones de la familia Hemingway, siete de sus miembros se han suicidado.
¿Hay entonces un germen hereditario del cual es imposible salvarse y todo desemboca en un terrible y salvador suicidio? Sí, lo leyó bien, lector: salvador. Y este es un asunto de ignorancia en nuestro Saltillo y nuestro Coahuila: el suicidio es visto como un problema. Pero los tristes de alma y corazón lo ven como una solución.
Avanzamos. No pocos personajes salidos de la pluma del maestro Ernest piensan y deambulan con el suicidio en sus enjutos hombros. Casi todos sus personajes son víctimas de la terrible ictericia (están atiriciados y beben licor a litros) y caminan por la vida con una cruz de melancolía en la frente, como un perpetuo miércoles de ceniza.
La escena es muy conocida y ha sido narrada montones de veces: el domingo 2 de julio de 1961, el escritor se levantó temprano en su casa de Ketchum, Idaho. Había salido hacía poco de una clínica de rehabilitación. Hemingway tenía 61 años y pesaba apenas 90 kilos, una sombra de sí mismo. Alcohólico y con asaltos de paranoia, ya no escribía nada; no podía empuñar su pluma, pero sí un arma. Disminuido físicamente, con su virilidad ya afectada, era un recuerdo macilento. Preso de su pegajosa y triste realidad, ese día decidió poner fin a sus letras y a su vida: se pegó un escopetazo en la frente, en plena cara.
¿Existe un gen hereditario que induce invariablemente y sin salvación alguna al suicidio? Tengo documentados varios casos de hermanos que se han quitado la vida en familias coahuilenses, un fenómeno que ya es una pandemia. El padre de Ernest se suicidó (igual que el escritor) de un tiro en la cabeza. Hemingway arrastró con esto toda su vida. Al día de hoy, en este linaje van siete suicidas, entre ellos su nieta Margaux (bella como pocas), cuya hermana, la también actriz Mariel Hemingway, escribió un libro perturbador, el cual subtituló: “Superar el legado de enfermedad mental, adicción y suicidio en mi familia”.
LETRAS MINÚSCULAS
Le he dado a leer a la güera Jazmín “El Viejo y el Mar”. Veremos. 65 años de su suicidio.