Caminar junto a los abuelos
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La extensión de las palabras padre y madre está en las bondadosas de abuelo y abuela. Cubren con su manto protector
A mi mamá
“No podemos hablar de la familia sin hablar de la importancia que tienen los ancianos entre nosotros. Las personas mayores tenemos a menudo una sensibilidad especial para el cuidado, para la reflexión y el afecto”. Así se expresaba el papa Francisco al referirse al valor de los ancianos en el mundo. “Somos o podemos ser maestros de la ternura y cuánto necesitamos en este mundo acostumbrado a la guerra de una verdadera revolución de la ternura”.
Con la voz cálida y el particular ritmo cadencioso en el tono, señalaba asimismo la calidez que ofrecen los abuelos: “Recordemos que los abuelos y los mayores son el pan que alimenta nuestras vidas. Recemos por los ancianos, que se convierten en maestros de ternura, para que su experiencia y sabiduría ayuden a los más jóvenes a mirar hacia el futuro con esperanza y responsabilidad”.
El pasado domingo 26 de julio se conmemoró el Día Mundial de los Abuelos, en honor de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María.
La conmemoración recuerda el significado de las personas mayores en nuestras vidas. El papel que desempeñaron a lo largo de su propio tiempo en nuestra infancia y juventud, y cómo en la madurez forman parte medular de todo aquello que sembraron.
La cosecha se sirve en la mesa. Hijos y nietos alrededor de un momento mágico en la nueva vida que los ancianos emprenden cada día, donde despliegan su capacidad de amor sin límites, su curiosidad por todo lo que les rodea y la creatividad para resolver problemas.
Los abuelos en el mundo. Son quienes con su sabiduría, como bien lo explicó el papa Francisco, llevaron a buen puerto las muchas vicisitudes que atravesaron a lo largo de la vida, llevando de la mano a los hijos y ahora a los nietos. Su mágica sonrisa, que da la bienvenida al hogar, es invaluable.
“No hay hogar como tu hogar. Ahí perteneces tú”, dice la letra de una canción. Y bien dicho, el hogar: aquel en donde nuestra madre nos recibe con los ojos llenos de felicidad cuando cruzamos el umbral. Aquel que nos ofrece la mejor de las sonrisas por acompañar en las mañanas, en las tardes o en las noches.
No hay mejor palabra al final del día que “Gracias”, que proviene de una voz cargada de ternura y que tiembla de emoción.
“Te ayudo”, escucho decir a mi mamá mientras intento, con desesperación, abrir un empecinado cierre. Con habilidad lo abre y dedica miradas afectuosas y palabras dulces a quien está a su alrededor.
De niño, mi hijo solía divertirse con almohadas que simulaban aeropuertos en la recámara. La más entusiasta en sus juegos era mi mamá, quien ahora mismo acude, alegre, a cada festejo o celebración de sus nietos.
La extensión de las palabras padre y madre está en las bondadosas de abuelo y abuela. Cubren con su manto protector que ya protegió a los hijos, y nunca falta un pan en la mesa para nadie. Atentos a sus primeros pasos, hoy los abuelos escuchan la llegada de sus nietos identificando su caminar.
Un andar que ha ido junto a su delicada mano y su maravillosa sonrisa.