Canadá se mostró desafiante ante EU y eso llegará más allá de sus fronteras
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El presidente estadounidense claramente no sabía con quién estaba tratando
Por Stephen Marche, The New York Times.
El viernes 21 de agosto podría pasar a la historia como el día de la liberación de Canadá. Fue el día en que Estados Unidos vino por nosotros, y le dijimos que no.
Las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá habían estado avanzando en las semanas posteriores a que el presidente Donald Trump amenazara por primera vez con aranceles de un 50 por ciento a los productos canadienses, pero justo antes de la medianoche, el primer ministro Mark Carney rechazó la propuesta estadounidense. “Los cambios de último minuto en los términos propuestos por Estados Unidos eran injustos, antieconómicos y ponían en duda la fiabilidad de cualquier acuerdo”, dijo Carney en un comunicado. “Canadá igualará esos aranceles dólar por dólar para proteger a nuestros trabajadores y empresas”.
Parecía ser una decisión tomada de manera impulsiva, pero la profunda historia de este país preparó el camino para este gesto único y crucial: un histórico “no”.
Los aranceles de Trump sobre unos 20 millardos de dólares en productos canadienses comenzaron inmediatamente después de que venciera su plazo. Para Canadá, la elección se redujo a una inestabilidad económica severa pero temporal, o a vincularse a una nación pseudodemocrática y en ruinas desde un punto de vista fiscal, cuyo único objetivo aparente de política exterior se ha convertido en la dominación para satisfacer la vanidad desconsiderada de su presidente.
Pero Carney no se limitó a rechazar una oferta comercial el viernes. Se mostró abiertamente desafiante ante la nueva clase de agresión estadounidense. “No permitiremos que ninguna nación determine nuestro futuro”, dijo.
Fue una declaración sin precedentes para cualquier líder de Canadá. El país se ha definido durante mucho tiempo a través de su participación en sistemas globales, viéndose a sí mismo como un nodo en los órdenes mundiales más amplios, el orden transatlántico de posguerra y, antes de eso, el Imperio británico. Carney está llevando a Canadá en otra dirección, enfatizando la soberanía nacional en todos los frentes: económico, político, militar y tecnológico.
Si bien el enfoque del primer ministro ciertamente es nuevo, surge de reservas profundas del espíritu canadiense. Durante casi una década, fui columnista de la revista Esquire. En ese tiempo, una de las mayores discrepancias que noté entre canadienses y estadounidenses —y entre los hombres canadienses y estadounidenses en particular— radicaba en su idea básica de cómo uno se gana el respeto. Para los estadounidenses, la capacidad de proyectar poder, la habilidad de tener logros y de ganar, son las virtudes primordiales. En Canadá, la virtud definitoria es la fortaleza, la capacidad de resistir.
La diferencia es sutil pero profunda. La obra de crítica literaria de Margaret Atwood que definió el nacionalismo canadiense de la década de 1970 se titula Survival. Los coureurs des bois, los grandes comerciantes de Nueva Francia que se adentraban en el imposible norte en canoas en busca de pieles, se medían por su capacidad de sobrevivir con lo mínimo en medio de una vasta y agreste naturaleza indiferente.
Estos valores arraigados con profundidad, que rara vez se expresan de manera abierta, son el trasfondo del rechazo de Canadá a Estados Unidos de la semana pasada. El acuerdo ofrecido, o al menos los detalles que han surgido, se desviaba de forma significativa de los asuntos puramente económicos. Al parecer, uno de los puntos de fricción finales fue una exigencia estadounidense de que Quebec revocara sus leyes sobre el idioma francés y sus protecciones culturales a la lengua francesa. El francés, en Canadá, no es un asunto de negocios. Su lugar en nuestra nación trasciende absolutamente cualquier consideración basada en el mercado. No es algo que se “ponga sobre la mesa”.
Aunque la decisión de aguantar a toda costa es algo típicamente canadiense, el gesto de Carney resonará mucho más allá de las fronteras de Canadá. Un banquero gris, y no cualquier banquero, sino uno de los más importantes del mundo, se ha puesto de pie y ha dicho que la vida es algo más que un poco de dinero. Tan solo el poder de ese reconocimiento, en este momento de la historia, no se puede exagerar. El mundo de Trump, un mundo de transacción y sumisión, no es el único mundo en el que todos tenemos que vivir.
Los impactos económicos del régimen arancelario de Trump están por verse, en especial dada su historia de revertir políticas arancelarias por capricho. Pero sufriremos. Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de Canadá. Carney ha elegido el sufrimiento, pero hizo aquello para lo que los canadienses lo eligieron: defender a Canadá. Es curioso despertarte con el alivio de saber que te van a dar una paliza. No seguiremos la corriente solo para llevarnos bien.
El presidente estadounidense claramente no sabía con quién estaba tratando. Está siguiendo la gran tradición de los líderes estadounidenses de iniciar guerras con pueblos que no entienden, para luego preguntarse qué salió mal.
Stephen Marche es el presentador del pódcast Gloves Off.