Celebraciones en puerta. Tumbas y epitafios

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Opinión
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La tumba es y ha sido siempre la consagración no quebrantada de esa veneración: una construcción de tradiciones y signos dictados por viejas costumbres

Se acercan las celebraciones relativas a los difuntos, aquellas que la Iglesia católica instituyó en la Europa medieval y se marcan en el calendario litúrgico. Este asigna denominaciones específicas para estas fechas: el 1 de noviembre es oficialmente la “Solemnidad de Todos los Santos”, dedicada a honrar a todos los difuntos que superaron el purgatorio y, por tanto, ya son beatos o están canonizados y gozan de la vida eterna y la presencia de Dios, incluyendo tanto los santos reconocidos por la Iglesia como los anónimos, o sea, aquellos millares de mártires cristianos desconocidos.

Por su parte, la “Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos” es la denominación oficial de la celebración asignada al 2 de noviembre, popularmente llamada Día de Muertos o de Difuntos, dedicada exclusivamente a la oración y los sufragios por el descanso de las almas de todos los bautizados fallecidos que se encuentran purificándose en el purgatorio antes de entrar en el cielo, según la escatología cristiana.

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Año con año, la población mexicana repite una serie de actividades para la preparación y celebración del Día de Muertos, como una realidad social que la propia comunidad formaliza en su cosmos valorativo. En México, los ritos fúnebres, los conjuros del muerto, los lamentos rituales, las plegarias, los altares y las ofrendas forman parte del arcaico culto a los difuntos; pero la tumba es y ha sido siempre la consagración no quebrantada de esa veneración: una construcción de tradiciones y signos dictados por viejas costumbres.

Uno de estos signos lo constituyen los epitafios: las inscripciones grabadas en las tumbas. En tiempos antiguos eran obligatorios y generalmente comenzaban con las palabras “Detente viajero”, como una orden para leer aquello que recordaba los destinos y las grandes acciones que en vida realizó el difunto.

Hoy en día, estas inscripciones regularmente mencionan sólo los nombres y las fechas de nacimiento y muerte de la persona extinta, pero, aunque parezca increíble, también los hay que expresan virtudes y méritos privados o sentimientos de familia. Mientras algunos encomian o resaltan la figura del fallecido, otros pueden calificarse de raros o extraños. Algunos son poco verídicos o, por el contrario, muy sinceros, y muchos son redactados en vida por los propios finados. En este último caso está, por ejemplo, el del famoso actor y dramaturgo francés: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto, y de verdad que lo hace muy bien”, o el del célebre cómico Groucho Marx: “Disculpe que no me levante, señora”. Por su parte, John Keats, el poeta romántico, pidió que su nombre se inscribiera en el agua y no en su tumba, y en efecto, en el cementerio protestante en Roma, donde descansan sus restos, no se encuentra su nombre, pero sí se lee esta frase que evoca la fragilidad de la vida: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”.

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Un buen calmante contra el miedo a la muerte y la tristeza de la transitoriedad de la vida lo constituyen los epitafios creados por el ingenio de los chistosos o por la ingenuidad de los deudos. Aquí le dejo algunos: “A mi marido, fallecido después de un año de matrimonio. Su esposa con profundo agradecimiento”; “Aquí yace mi mujer, fría como siempre”; “Aquí yace mi marido, al fin rígido”; “Aquí yace Susanita, que por ser tan buena y no querer, se fue para la otra vida con muy poquito placer”; “Aquí yacen los polvos de mi querida, que los tuvo maravillosos en su vida”; “Entre todos la mataron, y ella sola se murió”; “Necesité toda una vida para llegar aquí”; “Fray Diego aquí reposa, en su vida no ha hecho otra cosa”.

En la tumba de una muchacha muy fea, feísima, dice: “Al fin polvo”. Mientras que en la del célebre Johann Sebastian Bach, gran compositor de fugas y tocatas, se inscribió: “Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga”. En la de una suegra: “Aquí yaces y yaces bien; tú descansas y yo también”. En la de quien en vida pesaba 130 kilos y siempre estaba a dieta: “Por fin me quedé en los huesos”. Y el epitafio en la tumba de un seductor Don Juan, quien pidió ser enterrado en una fosa vertical para evitar la frase “aquí yace” y aludir a la posición que regularmente tuvo en vida, se lee: “Está de pie y duerme en paz”.

Desde el año 2000 publica en VANGUARDIA su columna Desde mi Barrio, donde se ocupa preferentemente de temas locales.

En la UAdeC fue profesora del Ateneo Fuente y dirigió el Departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo. Posteriormente formó parte del equipo fundador del sistema de Universidades Tecnológicas de Coahuila. Desde su fundación en 1999, se ha desempeñado como coordinadora de Biblioteca y como directora general en el periodo 2021-2024, en el Centro Cultural Vito Alessio Robles, en Saltillo.

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