Chingadazo
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A principios de año iré a Veracruz.
Mi vida es todavía un constante andar. No estoy cansado aún; el buen Dios me sigue dando fuerzas para ir por el camino. Pero ir con los jarochos es descanso, y le permite al viajero volver con nuevos ánimos al deleitoso ejercicio de correr la legua.
En este viaje me tomaré, lo espero, unas horas para ir a Naolinco de Victoria. Este pequeño pueblo –10 mil habitantes tendrá apenas– es un lugar como de cuento de hadas. Si Walt Disney viviera lo escogería para filmar ahí una de sus películas, pues el lugar parece trazado por sus dibujantes. Las casas, cuyos frentes miden apenas 4 o 5 metros, tienen fachadas coloridas, y sus callejas se retuercen siguiendo cursos caprichosos.
La gente de Naolinco es cordial y hospitalaria. A los lugareños les gusta mucho que al pueblo lleguen visitantes. Se dedican a la industria de la piel; fabrican prendas de alta calidad: chaquetas, valijas, bolsos de mujer... Es una delicia ir por las tienditas de Naolinco y encontrar algo para ti o para regalar.
La palabra “Naolinco” es una linda palabra. Significa en náhuatl “Las cuatro estaciones”. Bien puesto el nombre, pues las diversas alturas que la geografía del municipio tiene permiten gozar -o sufrir- todos los climas, desde el muy frío de la montaña hasta el muy caluroso de la selva.
Si vas a Naolinco necesitas llevar ropa de abrigo, pero a la media hora necesitas quitártela. Es como ir a otro hermoso lugar de México, éste perteneciente a Tamaulipas. Me refiero a “El Cielo”, región de excepcional belleza y extraordinaria diversidad biológica, considerada por la ONU como una de las reservas de la biósfera.
Entiendo que en “El Cielo” están representados más de la mitad de todos los climas que los geógrafos registran en el mundo. Cuando subes vas empapado de sudor por el calor que en las tierras bajas hace. Al llegar a la cima tiritas por el intenso frío. En “El Cielo” no sabes si tomar cerveza helada o café hirviendo.
Pero vuelvo a Veracruz, a donde pronto volveré.
Por el rumbo de Naolinco hay una gran caída de agua. Alguien me contó que cierto señor iba a esa cascada y llenaba garrafones con agua que luego vendía como purificada. Las autoridades de salubridad lo requirieron, y le indicaron que lo que hacía no estaba bien. Aquella agua no era pura, le dijeron. Traía microbios y bacterias.
-¿Microbios y bacterias en esa agua? –exclamó el tipo con sincero asombro–. ¡No mamen! La cascada tiene 40 metros de alto. ¿A poco las bacterias y los microbios van a sobrevivir después del chingadazo que se dan?