Con la presencia del invierno
El invierno evoca imágenes para el poeta. La estación resulta propicia: en esos paisajes se nos presentan colores ocres y desvaídos naranjas que atraen las almas proclives a la tristeza y la melancolía.
José Emilio Pacheco escribió el poema “Noche y nieve”, que nos traslada a un silencio que es particular de esta etapa del año:
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Me asomé a la ventana y en lugar de jardín hallé la noche enteramente constelada de nieve.
La nieve hace tangible el silencio y es el desplome de la luz y se apaga.
La nieve no quiere decir nada. Es sólo una pregunta que deja caer millones de signos de interrogación sobre el mundo.
Versos blancos también. Tres larguísimos versos blancos.
El invierno ofrece estampas idílicas. Árboles desnudos, amarillentos pastos, entumidos gatos a la orilla del fogón de las cocinas, alterados por el susto que les ocasionan los comensales.
Las evocaciones pintan mundos que a lo lejos, horizontes largos, nos permiten trasladarnos a la distancia y en la imaginación. Nada tan real como la imaginación en tiempo de invierno y lo idílico que anuncia blancas metáforas.
En la poesía subyace la oportunidad de encontrar hasta en los colmillos de la realidad asidero para una nostalgia que da para que duela el alma.
Así, las letras de Pablo Neruda, con “Jardín de invierno”, en donde declara llegado el invierno. “Espléndido dictado me dan las lentas hojas / vestidas de silencio y de amarillo”. Se personifica en “un libro de nieve, en una espaciosa mano, en una pradera, un círculo que espera”.
Neruda declara:
Yo esperé en el balcón tan enlutado,
como ayer con las yedras de mi infancia,
que la tierra extendiera
sus alas en mi amor deshabitado.
El poeta sincroniza el estado de su alma con el invierno: “La tierra vive ahora tranquilizando su interrogatorio, / extendida la piel de su silencio”.
Antonio Machado describe una escena cotidiana en donde el sol se esparce; ese sol de invierno de característico deslumbramiento. Vale la pena leerlo completo.
Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
“El sol, esta hermosura
de sol...”. Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.
Un poema que nos habla de un instante, del instante en que están hechas las vidas. La coincidencia de los niños con el viejo, en un vuelo del tiempo, registrados para siempre.
El invierno, como testigo primero, y de un sol que prodiga calidez en un momento del año, capturando con ello la única instantánea.
En nuestro entorno, la llegada del invierno hace surgir asimismo estampas que son postales: las hojas marchitas, cayendo una a una en una danza aérea y pintando las banquetas. Árboles cuyas ramas crujen con la fuerza de los vientos. Se amarillea el paisaje en tiempo seco, y la bruma esconde hasta el alma dentro de los abrigos.
Los gatos observan azorados desde las ventanas. Los perros siguen fielmente al amo. Tristeza es verlos a lo lejos, guarecidos en las esquinas de las calles.
La ciudad se prepara. El invierno sigue su curso.