Cafeterías escolares, esa cálida extensión del hogar

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Opinión
/ 19 enero 2026

Son los encargados de las cafeterías los que le toman el pulso al estudiantado. Y son ellos los que en una gran cantidad de ocasiones les salvan el día

En la vida universitaria se experimenta de manera intensa la libertad. El aire de autonomía que se despliega en lo personal encuentra eco en la atmósfera estudiantil. Luego del camino recorrido en los primeros años de estudios y la propia edad favorecen un ambiente para ir al encuentro de ella en pos de nuevos conocimientos, de sueños y esperanzas.

Pero también es de procesos, de decisiones y muchas veces de problemas emocionales no resueltos. Hay en el camino universitario muchas guías y orientadores que facilitan este tránsito de cuatro años, inicialmente, que puede llegar a extenderse para algunos.

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Muchas veces, compañeros y maestros se percatan primero de las situaciones personales de cada estudiante. Pero en ocasiones no ocurre así. Hay personas con las que se topan y que de pronto son las que resultan quedar muy cerca del ánimo y del espíritu de los estudiantes.

Pasa, como en los viejos tiempos, alrededor del fogón. Son los encargados de las cafeterías los que le toman el pulso al estudiantado. Y son ellos los que en una gran cantidad de ocasiones les salvan el día.

Esta colaboración pretende rendir un homenaje a todos estos personajes que están ahí, dan palabras de aliento y ayudan a muchos en su economía cuando ven cómo las cosas se les ponen en contra.

De épocas estudiantiles en la escuela de Comunicación, todos recuerdan al bueno de don Cipriano, don Cipri, que atendía con un gran don de gentes y estaba siempre presente para cuando se le necesitaba. Y había muchos que necesitaban pagar después, cosa que luego don Cipri no tenía entre sus pendientes.

Entablaba largas conversaciones con los estudiantes de fútbol y ofrecía ayuda y consejos para quienes requerían de ellos en los momentos más duros de los exámenes finales.

Quienes se encargan de las cafeterías escolares ven en los ojos de los estudiantes, en el timbre de su voz o en sus movimientos gestuales cuando andan de buenas o de malas. También sus historias pueden llegar a ser tristes y al hablar con los estudiantes establecen una gran empatía.

Recuerdo a una joven, hija de un matrimonio que atendía una cafetería, que me relató cómo animaba a estudiantes que ya estaban por terminar sus estudios, porque ella misma, de su misma edad, no podía hacerlo debido a que necesitaba trabajar para apoyar en la casa.

Son ellos los que aprovisionan el indispensable café matutino para los profesores. Se preocupan a la par de los estudiantes cuando se aproximan los exámenes y los animan: “Todo va a salir bien”. Sus palabras pueden llegar a ocupar el único momento cálido del día.

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Un día anuncian que tendrán que dejar la cafetería. Corre la voz de que se ausentan, y el sentimiento de pérdida es grande. Cambia el panorama, el paisaje. Es muchas veces para los estudiantes foráneos que estas despedidas representan tanto, pues para ellos se acentúa un sentimiento de calor de hogar. Son ellos y son también el resto de una comunidad académica que encuentra en su disponibilidad, su amabilidad y sus platillos una representación del hogar.

Tengo aquí muy presente a doña Mela, poseedora de todas estas cualidades, y el recuerdo del día en que me anunció que debía retirarse. Ahora me toca ver al matrimonio que con su sonrisa abría la mañana en la misma facultad de Comunicación.

Vayan estas líneas para quienes, con su bondad al frente de una cafetería escolar, construyen un acogedor espacio en el día a día de quienes luchan por sus sueños en la universidad. Ellos, que han extendido las cualidades de la cocina en una cafetería convirtiéndola en una afectuosa morada para todos.

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