Contrafactual 11/09/2001 (I)

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Opinión
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Nunca, antes ni después, México y Estados Unidos han mantenido una relación tan positiva y productiva como la que se vivió entre enero y los primeros diez días de septiembre del año 2001

Hay fechas que dividen la historia en un antes y un después. Hace veinticinco años, el 11 de septiembre de 2001, fue una de ellas. Para México, existe una pregunta que vale la pena plantear: ¿qué habría ocurrido si el país hubiera reaccionado de otra manera ante los atentados terroristas contra Estados Unidos? Eso es precisamente un ejercicio contrafactual: no pretende modificar la historia, sino utilizar lo que sabemos hoy para preguntarnos qué consecuencias pudieron derivarse de decisiones distintas y aprender de ello.

La relación entre Vicente Fox y George Bush no comenzó cuando ambos llegaron a la presidencia, sino algunos años antes. Fue en 1996 cuando se conocieron en Austin, Texas. Fox era gobernador de Guanajuato y Bush, gobernador de Texas. El Dr. Juan Hernández, entonces académico de la Universidad de Texas, fue el enlace para propiciar aquel encuentro. Lo que sería una reunión breve se convirtió en el inicio de una relación personal que años después tendría consecuencias para ambos países, buenas y no tan buenas, aunque nunca malas.

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En 1999, rumbo al arranque de la carrera presidencial, Juan Hernández fue nombrado encargado de las relaciones internacionales de la precampaña presidencial y, posteriormente, responsable de la agenda del candidato. Me tocó trabajar con él; en un principio solo éramos Juan y yo, y nuestra oficina era un minilobby en la entrada de una casa en las Lomas de Chapultepec, en la Ciudad de México.

El 25 de agosto de 2000, Fox y Bush volvieron a encontrarse, ahora en Dallas. Fox acababa de ganar la presidencia de México y Bush era candidato republicano en Estados Unidos. Para cuidar las formas, también se dio una reunión con el aspirante demócrata y vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore. El que estaba de moda era Vicente Fox: uno le regaló un sombrero y el otro, unas botas. Fox traía un gran empuje con los mexicanos que vivían en Estados Unidos, muchos de ellos ciudadanos estadounidenses que votaban. Tradicionalmente son mayoría demócratas, pero en números récord apostaron, en esa ocasión, por el republicano.

Fox tomó posesión el 1 de diciembre de 2000. En ese entonces, yo era responsable de los asuntos internacionales de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, cuyo presidente era el coahuilense Ricardo García Cervantes. Fue un día memorable, más aún para aquel chamaco de 22 años al que le tocó recibir a todos los jefes de Estado que llegaban al Palacio Legislativo de San Lázaro. La representante de Estados Unidos era la legendaria Madeleine Albright, quien, a pesar de su avanzada edad, tuvo que subir las escaleras del recinto apoyada por el embajador Jeffrey Davidow y un servidor.

La elección de Estados Unidos fue el 7 de noviembre del año 2000, pero no fue sino hasta el 12 de diciembre cuando la Corte Suprema de Estados Unidos declaró a Bush ganador y hasta el día 13 que el vicepresidente Gore aceptó el resultado de los comicios más cerrados en la historia. Bush asumió la Presidencia el 20 de enero de 2001.

Veintisiete días después, el 16 de febrero de 2001, George W. Bush realizó su primer viaje internacional como presidente. No escogió Canadá, Europa ni alguna de las grandes capitales del mundo, sino México. Viajó a Guanajuato, a San Francisco del Rincón, y se reunió con Fox en el Rancho San Cristóbal. Montaron a caballo y, con sus equipos, platicaron largo y tendido. No sólo lo parecía: era, sin lugar a dudas, un nuevo amanecer en la relación bilateral. El asunto fue más allá de las fotos: se trabajó en una agenda ambiciosa, una que incluía comercio, desarrollo, energía, seguridad fronteriza y, sobre todo, migración.

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Fox tenía una enorme apuesta política: alcanzar con Bush un acuerdo migratorio de dimensiones históricas. Durante los siguientes meses se reunieron nuevamente. En abril coincidieron en la Cumbre de las Américas en Quebec. Ese mismo mes, un grupo negociador de alto nivel se dio cita en Washington. Nada parecía detenerlos: regularización de mexicanos indocumentados, un programa de trabajadores temporales, aumento y flexibilización de visas, cooperación y seguridad fronteriza, y desarrollo económico de las regiones mexicanas expulsoras de migrantes. Era “la enchilada completa”, en palabras del entonces canciller mexicano, Jorge G. Castañeda. En mayo, Fox estuvo otra vez en Washington. La relación seguía creciendo y fortaleciéndose. Y entonces llegó septiembre de 2001.

Nunca, antes ni después, México y Estados Unidos han mantenido una relación tan positiva y productiva como la que se vivió entre enero y los primeros diez días de septiembre del año 2001. La alternancia democrática había llegado a México y estábamos de moda en el mundo entero, particularmente en Estados Unidos.

Del 4 al 7 de septiembre de 2001, Vicente Fox realizó una visita de Estado a Washington. Entrábamos al octavo mes de la luna de miel. Fox fue recibido con todos los honores. Hubo cena de Estado y mensaje ante ambas cámaras del Congreso, donde fue ovacionado. Bush y Fox no solamente se mostraban como lo que eran formalmente, presidentes vecinos, sino también como amigos que pretendían construir una relación bilateral diferente e histórica. Bush conocía a México. Había sido gobernador de Texas, entendía el español y el voto hispano no le falló. Estaba bien y de buenas con México y los mexicanos, los de aquí y los de allá.

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Columna: Regresando a las Fuentes

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