Crónica del Desmesure. Washington y el Fantasma de los No Kings
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La marcha no es solo política, es performance
El asfalto de la avenida Pennsylvania no entiende de repúblicas, solo de suelas desgastando. El aire en Washington D.C. tiene sabor a pólvora vieja y café recalentado de 7-Eleven.
La marcha de No Kings. La gente ha salido a recordarle al inquilino de la Casa Blanca que el 1776 no fue un error de imprenta. Aquí no hay coronas, aunque el pelo naranja brille como el oro de un Luis XIV de casino.
Busco el sueño americano y lo que encuentro es una botarga de Trump con capa de armiño siendo arrastrada por un grupo de la Generación Z.
Estamos en el vórtice de una tormenta, donde el miedo y el asco ya no son estados mentales, sino el programa oficial de gobierno.
Un tipo con un megáfono grita consignas. Hay esa lucidez desesperada del que sabe la ciudad se está rompiendo. La supervivencia es mantener la visa o evitar el presupuesto de salud se evapore en un desfile militar de 250 años. Parece más un ego-trip napoleónico.
La marcha no es solo política, es performance. Hay monjas con carteles de “No somos súbditos” y veteranos de guerra miran el Capitolio con la sospecha de quien sabe los monumentos son de piedra, pero las instituciones son de papel mojado. La democracia estadounidense. Ese malentendido ahora se resuelve a gritos en el mall.
Hay un radical chic renovado. Ya no son panteras negras, son analistas de datos con parkas de North Face. Organizan la resistencia desde aplicaciones encriptadas. Es el realismo social con un filtro de Instagram.
La superabundancia de vida en este caos. El conflicto es sordo. Los manifestantes no quieren derrocar el palacio, quieren el palacio deje de creerse un Olimpo.
De pronto, el silencio de un callejón. Un hombre limpiando los zapatos de un manifestante cansado. La textura del cuero, el anonimato de quien ve pasar la historia desde el nivel del suelo. La gran marcha es suma de soledades, por un día, deciden caminar en la misma dirección.
Pero la sombra lo cubre todo. He visto este brillo en los ojos de los hombres poderosos en otras latitudes. Cuando el líder deja de hablar con el pueblo y empieza a hablar con su propio eco. La marcha No Kings es el antídoto contra ese solipsismo.
Desde la teoría, esta es protesta líquida. Casi 5 millones de personas fluyendo por las calles de 50 estados. Es una comunidad. Se forma y se disuelve en un ciclo de 24 horas. No hay un líder central, es una red horizontal. Es el miedo a la exclusión, los une.
La era del vacío se llena hoy con el ruido de las cacerolas. Es movilización del hiperconsumo emocional. Protestamos porque el espectáculo del poder ya no es divertido, se ha vuelto amenazante.
Camino hacia el Lincoln Memorial. El sol se pone y las luces de las patrullas empiezan a pintar la ciudad de azul y rojo. Hoy la libertad consiste en gritar el rey está desnudo, aunque el rey tenga el botón nuclear en el escritorio.
En el asfalto de Washington, comunidades de guardarropa. Miles de personas se visten con la misma causa (la misma camiseta, el mismo hashtag) para sentirse parte de algo, pero se dispersan en cuanto termina el evento. Es solidaridad explosiva pero volátil, nace del miedo compartido a perder la poca estabilidad quedada en un mundo globalizado.
La protesta contra un rey o un líder autoritario es la respuesta al colapso de los puentes entre la vida privada y la pública. Los manifestantes no solo marchan contra un político, sino contra la incertidumbre de un sistema. Ya no ofrece garantías de futuro.