Cumbia del bloqueo digital

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Opinión
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En Monterrey, la política baila sobre la infancia, el público aplaude sin notar el espectáculo se construyó con promesas inconclusas y privilegios heredados

Mariana en la tarima del algoritmo. El clic inocente. Hola, soy Mariana. La pantalla azul de Facebook. La joven influencer de Monterrey, sonrisa de catálogo y verbo de vecindad, decidió su trampolín político sería el DIF Capullos.

Ahí, entre cunas y pañales, prometió adoptar a un niño como quien promete rifar una licuadora en la kermés. Amar a Nuevo León. El público aplaudió, Samuel sonrió, la promesa quedó flotando en el aire como globo desinflado en fiesta patronal.

Nunca llegó el acta de adopción, solo llegaron más likes.

La página de Mariana se convirtió en feria digital. Cada publicación era sonidero improvisado. Niños en fila, niños abrazados, niños convertidos en escenografía de campaña. La cumbia norteña sonaba de fondo, los siriguayos marcaban el ritmo. El algoritmo repartía corazones rojos como confeti. El espectáculo tan kitsch parecía diseñado por el decorador de quinceañeras con exceso de diamantina.

El bloqueo llegó como trompetazo de banda. Facebook, ese juez invisible, cerró la pista de baile alegando denuncias masivas por explotación infantil. La ironía es brutal. La misma plataforma tolera teorías conspiranoicas y videos de gatos con sombrero decidió.

Mariana había cruzado la línea. La influencer, altanera y deslenguada, quedó sin micrófono. El silencio digital fue más estruendoso a cualquier grito suyo en stories.

Samuel, gobernador de Nuevo León, esposo y socio en esta tragicomedia, observó el derrumbe con mirada de quien ya sueña con la diputación plurinominal de 2027. El cargo de gobernador se volvió para él ensayo general, intermedio antes del gran salto. Mientras tanto, las investigaciones por enriquecimiento inexplicable se acumulan como recibos de bar en mesa olvidada. La familia entera, blindada por amparos, se pasea con la impunidad de quien cree la justicia es solo un rumor.

Mariana bailando con sus hijas en reels, mostrando piel clara y sonrisa de privilegio, reforzando el canon estético del norte. La manipulación de redes sociales se recicla.

Antes fueron los niños del DIF, ahora son las niñas propias, convertidas en estampitas digitales de aspiración. El algoritmo premia la apariencia, el público consume la ilusión, y la política se disfraza de reality show.

El humor negro se impone. Mariana, la naca de boutique, la grosera con filtro, la altanera con plan de gobierno 2.0, se aferra a la pantalla como quien se aferra a un micrófono en karaoke. Samuel, el soñador plurinominal a la diputación federal, se prepara para abandonar el escenario estatal con la misma ligereza del abandona promesas.

La justicia, siempre ausente, observa desde la esquina, fumando un cigarro invisible.

La caída de la página es metáfora perfecta. El imperio digital construido sobre la exposición de menores, derrumbado por denuncias masivas. El show terminó, la música se apagó, y los siriguayos guardaron sus instrumentos.

Queda la memoria del espectáculo grotesco. Cumbia regiovallenata tocada sobre la espalda de niños usados como utilería política.

Las redes sociales son el nuevo circo, Mariana y Samuel los payasos principales. Los niños y ahora las hijas las marionetas involuntarias.

El bloqueo de Facebook no es castigo, es advertencia. El algoritmo también se cansa de tanta manipulación. La cumbia sigue sonando en la plaza, el eco revela la verdad. En Monterrey, la política baila sobre la infancia, el público aplaude sin notar el espectáculo se construyó con promesas inconclusas y privilegios heredados.

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Morelense de cepa Regiomontana. LCC con especialidad periodismo (UANL). Doctor en Artes y Humanidades (I.C.A.H.M.). Tránsfuga de la mesa de redacción en diferentes periódicos como El Diario de Monterrey, Tribuna de Monterrey, y del grupo Reforma en el matutino Metro y vespertino El Sol. Escort de rockeros, cumbiamberos, vallenatos y aprendices al mundo de la farándula. Asiste o asistía regularmente a conciertos, salas de baile, lupanares, premieres, partidos de fútbol y hasta al culto dominical. Le teme al cosmos, al SAT, a la vejez y a la escasez de bebidas etílicas. Practica con regularidad el ghosting. Autor de varios libros de crónica como Hemisferio de las Estaciones, Crónicas Perdidas, Montehell, Turista del Apocalipsis, Monterrey Pop, Prêt-à-porter: crónicas a la medida y Perros ladrando a la luna en Monterrey

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