Dejar que Rusia arda
COMPARTIR
Cuando Putin lanzó su “operación militar especial” se prometió a los rusos una campaña breve y victoriosa. En cambio, los drones ucranianos se adentran ahora en lo más profundo del territorio ruso, atacando infraestructuras energéticas con cada vez mayor frecuencia
Por Nina L. Khrushcheva, Project Syndicate.
MOSCÚ- Karl Marx escribió en una ocasión que la teoría se convierte en una fuerza material en el momento en que se apodera de las masas. Los líderes soviéticos adoptaron esa idea y la llevaron a la práctica, directamente hacia la catástrofe, una y otra vez. Vladimir Lenin la convirtió en una justificación para la revolución, mientras que Joseph Stalin la utilizó como pretexto para matar de hambre y de trabajo a millones de personas en pos de una rápida industrialización y un “futuro brillante” que nunca llegó. Nikita Jrushchov, por su parte, la invocó para legitimar la desestalinización en 1956, como si la historia pudiera simplemente reorientarse hacia un camino diferente.
Aunque los objetivos cambiaron, la lógica de gobierno siguió siendo la misma. El Kremlin decide primero cómo debería ser la realidad y, a continuación, obliga a la gente a ajustarse a su visión, cueste lo que cueste. La guerra de Vladimir Putin en Ucrania es el último capítulo de esa historia y, este verano, los costes se están volviendo imposibles de ignorar.
En los últimos cuatro años, Ucrania se ha vuelto extraordinariamente hábil a la hora de hacer que los rusos sientan el impacto de una guerra que se suponía que nunca iban a experimentar. Cuando Putin lanzó su “operación militar especial” en febrero de 2022, se prometió a los rusos una campaña breve y victoriosa que no afectaría a su vida cotidiana. En cambio, los drones ucranianos se adentran ahora en lo más profundo del territorio ruso, atacando refinerías de petróleo, fábricas e infraestructuras energéticas con cada vez mayor frecuencia.
Las grietas empiezan a hacerse evidentes: un déficit presupuestario de más de seis billones de rublos (83,500 millones de dólares), una inflación galopante y colas para repostar que se extienden a lo largo de las carreteras desde Moscú hasta Vladivostok. El propio Putin vio cómo se elevaba el humo sobre San Petersburgo durante su querido foro económico, el evento anual en el que muestra con entusiasmo la relevancia global de Rusia.
El Gobierno de Ucrania ha propuesto en repetidas ocasiones una tregua energética: dejará de atacar refinerías si Rusia deja de bombardear las infraestructuras energéticas ucranianas. El presidente Volodymyr Zelensky ha presentado los implacables ataques contra lo que él denomina la “isla de Moscú” como una forma de presionar a Putin para que acepte la paz. La lógica parece sencilla: la desilusión de la población y el aumento de los costes crean un claro incentivo para la desescalada. Según todos los criterios convencionales, así es como se supone que deben terminar las guerras.
El problema es que Putin actúa según una lógica diferente. No invadió Ucrania para resolver un problema, sino para demostrar que podía obligar a Zelensky y a Occidente a reconocer el poder de Rusia en sus propios términos. Para Ucrania, la guerra es una cuestión de supervivencia; para Putin, se trata de inspirar respeto y no mostrarse nunca débil.
Esta mentalidad tiene profundas raíces históricas. Cuando los nazis capturaron a Yakov, el hijo de Stalin, en 1941, le ofrecieron en dos ocasiones un intercambio: primero por el sobrino de Hitler, que también había sido capturado, y más tarde por el mariscal de campo alemán Friedrich Paulus. Stalin se negó en ambas ocasiones, pronunciando la infame frase: “No cambiaré a un mariscal por un teniente”.
La orden de Stalin de “Ni un paso atrás“ se convirtió en el modelo de la inflexibilidad soviética, y ahora rusa. La escasez de combustible, los precios elevados y el número asombrosamente alto de bajas no son crisis a ojos de Putin. Más bien, son el precio de la victoria.
Allá por 2022, el entonces presidente de EE. UU., Joe Biden, describió a Putin como un “actor racional” que había “calculado muy mal” al invadir Ucrania. Cuatro años después, incluso ahora que la guerra llega a suelo ruso, nada ha cambiado de forma fundamental en la forma de actuar de Putin. En todo caso, el conflicto no ha hecho más que confirmar la segunda parte de la valoración de Biden.
Hay un hecho que sí destaca. Putin rara vez siente la necesidad de dar explicaciones cuando sus políticas se vuelven impopulares. Hoy en día, con su índice de aprobación caído del 84 % al 74 % desde enero, un descenso significativo en un país donde criticar al presidente puede acarrear un arresto, no deja de hablar. Solo en los últimos dos meses, Putin ha pronunciado un discurso de apertura en el foro económico de San Petersburgo, ha concedido una larga entrevista al propagandista del Kremlin Pavel Zarubin y ha hecho una inusual aparición en primera línea, vestido con uniforme de combate, para celebrar la supuesta toma de la localidad de Kostyantynivka, en el Donbás.
Cada una de estas apariciones tenía el mismo objetivo: dejar claro que la guerra no es negociable y sigue siendo la prioridad absoluta del Kremlin, habiéndose convertido en el principio organizador del régimen de Putin. Si se necesitan más soldados, se enviarán más soldados. Si se requieren más misiles, se lanzarán. Nada de esto depende de la opinión pública, del recuento de víctimas o de las colas en las gasolineras.
Putin inició su guerra en Ucrania para proyectar fuerza. Ponerle fin bajo presión significaría hacerlo desde una posición de debilidad. Para un líder cuya autoridad se basa en la fuerza y el miedo, tal desenlace supondría una amenaza existencial.
El reto, sin embargo, va más allá de la supervivencia política de Putin. La paz verdadera requeriría una Rusia completamente diferente: una que dé respuestas reales a sus soldados que regresan, ofrezca algo parecido a una explicación (si no una disculpa), pague indemnizaciones a Ucrania y se reabra al mundo económica y diplomáticamente.
En cambio, el Kremlin ha pasado los últimos cuatro años avanzando en la dirección opuesta, aprobando cientos de leyes restrictivas que regulan todo, desde los negocios y la educación hasta lo que los rusos pueden leer, escribir y ver. Este no es un Gobierno que pueda dar un giro hacia la apertura, aunque quisiera. Romper con el putinismo requeriría un ajuste de cuentas político a la escala de la denuncia que hizo Jruschov en 1956 del culto a la personalidad de Stalin. En otras palabras, para poner fin a la guerra, el régimen de Putin tendría que dejar de ser el régimen de Putin.
A falta de tal ajuste de cuentas político, solo queda una oportunidad realista para alcanzar un acuerdo negociado: la cumbre del G-20 de diciembre en Miami. Es posible que Putin siga confiando en su buena relación con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para negociar algún tipo de resolución. Pero si Estados Unidos le da la espalda, tal y como hizo cuando Putin se ofreció a mediar en la crisis de Irán, Rusia bien podría recurrir a lo que cabría denominar la “opción nuclear”, una forma extrema de escalada, para imponer la paz en sus propios términos.
Para Putin, la victoria es el único objetivo de la guerra en Ucrania. Cualquier cosa menos que eso pondría de manifiesto que los enormes sacrificios humanos y económicos que ha exigido a los rusos han sido inútiles, dejándole con una derrota que no quiere ni puede aceptar. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Nina L. Khrushcheva, profesora de Asuntos Internacionales en The New School, es coautora (junto con Jeffrey Tayler) de *In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones* (St. Martin’s Press, 2019).