Desde lo pequeño

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Opinión
/ 2 febrero 2026

Mucho de lo que estamos viviendo en México —y en el mundo—, evidentemente, no tiene nada de bueno. La violencia, la impunidad, la corrupción, la desigualdad, la pobreza y la discriminación no son episodios aislados ni accidentes de la historia; se han convertido, tristemente, en los signos distintivos de estos tiempos que presumimos “modernos”.

Hemos aprendido a convivir con ellos como si fueran parte inevitable del paisaje, como si la degradación moral fuese una condición natural del progreso.

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DESCARTE

En este contexto, razón de sobra tuvo el papa Francisco al advertir que vivimos en una “cultura del descarte”: una cultura en la que no solo se desechan cosas, sino también personas.

Una cultura que rechaza al otro, que rompe los vínculos más íntimos y auténticos, termina —inevitablemente— por deshacer y disgregar a la sociedad, sembrando violencia, miedo y muerte. No se trata de una afirmación retórica; es una radiografía de nuestra época.

Esa misma cultura ha injertado en el corazón de muchos la desesperanza, el desaliento y la zozobra. Ha penetrado silenciosamente en las almas hasta provocar una forma particularmente cruel de exclusión: el auto descarte.Personas que se sienten prescindibles, que se saben invisibles, que han olvidado que toda persona —por el simple hecho de serlo— es invaluable.

Ernesto Sábato lo advirtió con dolorosa lucidez: “El hombre se ha convertido en una cosa entre las cosas, en un número entre los números”. Cuando eso ocurre, la sociedad comienza a pudrirse desde dentro.

¡CUIDADO!

Es bien sabido que los pensamientos gobiernan las acciones. No llegamos a ser lo que somos por casualidad: estamos donde estamos porque ciertas ideas, ciertas narrativas y ciertos miedos dominaron primero nuestra mente.

Antes de la violencia hubo indiferencia; antes de la corrupción, relativismo moral; antes del abandono del otro, una larga renuncia interior.

Por eso conviene decirlo con claridad: frente a lo que hoy padecemos, es mejor tener un corazón repleto de esperanza que ilumine la razón y ordene los pensamientos. No una esperanza ingenua ni evasiva, sino una esperanza consciente, lúcida y exigente.

Porque cuando la mirada se oscurece, es fácil ver la realidad peor de lo que es —o de lo que podría llegar a ser— y quedar atrapados en el pesimismo, en la queja estéril, en una incertidumbre paralizante que termina por justificar la inacción.

La esperanza que necesitamos no es un sentimiento blando; es una decisión ética. Se fundamenta en saber quiénes somos, en reconocer nuestra dignidad, en comprender que la vida tiene un sentido que no se agota en el éxito, el dinero o la apariencia.

Solo desde ahí entendemos que la lucha diaria tiene justificación, que vale la pena anclarse a los sueños que nos ponen en movimiento, a los ideales que sostienen el esfuerzo y dan significado al camino. Sábato lo expresó con claridad y valentía: “No es cierto que todo esté perdido; lo que ocurre es que hay quienes se han dado por vencidos”.

ASOMBRO

Para empezar a vivir en positivo, con la esperanza encendida, es necesario recuperar una facultad casi olvidada: la capacidad de asombro. Esa que ha sido adormecida por las prisas, por la saturación de estímulos y por las preocupaciones absurdas a las que este mundo acelerado nos somete. Vivimos informados de todo, pero conscientes de casi nada.

Esta pérdida no es casual. Deriva, en gran medida, de la actitud pragmática y hostil que hemos asumido frente a la naturaleza y frente a la vida misma, así como de ese espíritu de dominación que caracteriza al ser humano del siglo XXI: dominar el tiempo, dominar el cuerpo, dominar al otro, dominar incluso lo que no se comprende. El resultado es una humanidad profundamente desorientada.

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Hay que recuperar la capacidad de asombro porque es la que ha movido al mundo desde sus inicios, la que ha impulsado la ciencia, el arte, la filosofía y la fe. Es también la que ha escrito la historia de la genialidad humana.

Sin asombro no hay preguntas, y sin preguntas no hay sentido. Sábato advirtió reiteradamente que la pérdida de esta capacidad conduce a un empobrecimiento espiritual profundo.

El asombro nos reconcilia con nosotros mismos, con la naturaleza y con Dios. Nos permite volver a mirar nuestra propia existencia, comprender la relación que tenemos con el entorno y redescubrir lo esencial.

Gracias a él entendemos lo significativo que es ir a la escuela, acudir al trabajo, compartir el pan, respirar. Lo cotidiano recupera su densidad y deja de ser invisible.

FRAGILIDAD

Esta misma capacidad de asombro nos enfrenta a la colosal incertidumbre en la que vivimos. Nos obliga a mirar de frente una verdad incuestionable que siempre nos acompaña, pero que solemos ignorar con habilidad: nuestras limitaciones, nuestras imposibilidades y nuestra frágil condición humana. Somos vulnerables, aunque nos cueste admitirlo.

La pandemia fue un aviso inapelable sobre esa fragilidad. Bastó muy poco para sacudir certezas, agendas, economías y seguridades. Comprendimos, de golpe, lo fugaces que somos. La vida de un país entero puede cambiar en cuestión de días; la de una persona, en cuestión de horas.

Nos dimos cuenta de que nadie está ajeno a nada, de que todo nos concierne, de que la desgracia del otro no es un espectáculo lejano ni una noticia más.

Ernesto Sábato insistió una y otra vez en que el progreso técnico, cuando se divorcia de la ética, termina por deshumanizar al hombre y vaciar de sentido su existencia.

El miedo, la angustia y las preocupaciones no deben negarse, pero sí transformarse: convertirse en conciencia, en responsabilidad, en gratitud. Reconocer lo frágiles que somos, pero también lo grandes que podemos llegar a ser.

Entender lo volátil de la existencia no para paralizarnos, sino para atrevernos a soñar en grande; para comprometer la vida con causas que realmente valgan la pena.

Esta fragilidad, lejos de empobrecernos, nos invita a valorar lo verdaderamente importante: nos acerca a la reflexión, nos arranca de la superficialidad y nos recuerda que lo mejor de la vida no se encuentra en lo material, sino en el saber ser.

En aprender a ser felices haciendo felices a los demás, especialmente a quienes están cerca. Ahí comienza la ética; ahí nace la esperanza auténtica.

VALIOSO

Es sorprendente la influencia tan radical que la tecnología ejerce sobre nosotros y sobre las nuevas generaciones. La pérdida de la vida familiar, la incapacidad de permanecer juntos, de jugar como antes, de mirarse a los ojos, de cruzarse en la cocina o en los pasillos del hogar y experimentar alegría por ello, son señales evidentes de este fenómeno.

La hiperconectividad nos prometió cercanía y, paradójicamente, nos entregó aislamiento.

Para algunos, esta dinámica ha traído consigo el aburrimiento: ¿qué hacer en casa?, o peor aún, ¿qué hacer con “mi” familia? La pregunta, aunque incómoda, revela una carencia profunda en la manera en que habitamos el tiempo y cultivamos las relaciones.

Y, sin embargo, incluso de ahí puede surgir algo valioso: la posibilidad de reflexionar, de replantear hábitos, de reconstruir vínculos. Todo gran cambio comienza después de haberse dado cuenta.

Es necesario dignificar los hogares y devolverles su vocación original: ser espacios de aprendizaje, de convivencia, de silencio compartido y de alegría sencilla. Requerimos reaprender el valor de la quietud, de la soledad fecunda, de los libros y de la música. No para “matar” el tiempo, sino para habitarlo y reconciliarnos con él.

También sería prudente reaprender a conversar, a dejar enfriar la taza de café, a dormir mejor; comprender que lo más valioso de la vida está mucho más cerca de lo que pensábamos y que, en realidad, no se necesita tanto para vivir bien.

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CASA

Es momento de confirmar —como en El mago de Oz— que no hay mejor lugar que el propio hogar. Ahí donde, sin grandes gestos, todavía es posible resguardarse, volver a empezar y reconocerse.

La historia lo ha dicho una y otra vez: ninguna noche es eterna. Siempre hay un punto en el que la oscuridad cede, cuando el ser humano aprende, corrige el rumbo y se atreve a regresar a lo esencial.

Y es desde ahí —desde lo pequeño, lo cercano y lo verdadero— donde puede volver a encenderse la luz. No solo en cada persona, sino también en el porvenir de México: un porvenir que no nace del ruido ni de las palabras huecas, sino de la conciencia despierta, la esperanza compartida y la responsabilidad asumida.

cgutierrez_a@outlook.com

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