La dignidad de soñar

Opinión
/ 12 enero 2026

Hay libros que no se leen: se habitan. No se recorren con los ojos, sino con la conciencia. Son textos que no informan, sino que interrogan; no entretienen, sino que incomodan. Con el tiempo se convierten en una forma de examen interior.

Don Quijote de la Mancha pertenece a esa clase rara de obras que no envejecen porque no describen una época, sino una condición humana permanente.

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Desde el 16 de enero de 1605, cuando comenzó a circular por primera vez, la obra no ha dejado de formular una pregunta esencial: ¿qué sucede cuando la fidelidad a un ideal entra en conflicto con la realidad establecida?

El Quijote irrumpió no solo como una novela, sino como una objeción moral: una voz que cuestiona la cordura entendida como resignación, la eficacia vacía de sentido y la obediencia ciega a lo que simplemente “es”.

Esa pregunta, nacida en el siglo XVII, no quedó confinada a su tiempo. Ha acompañado silenciosamente a generaciones enteras y reaparece cada vez que la vida se vuelve excesivamente práctica, cada vez que el sentido es desplazado por la utilidad y la dignidad por la conveniencia.

El Quijote vuelve cuando el ser humano olvida que no todo lo posible es justo, que no todo lo eficiente es bueno y que no todo lo real merece obediencia.

INCÓMODO

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...”. Así no una de las más profundas indagaciones sobre la libertad humana.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es una de las cumbres del pensamiento narrativo occidental, no por su difusión, sino por su capacidad de seguir diciendo algo decisivo sobre el ser humano: que vivir sin ideales puede ser más irracional que parecer loco por defenderlos.

Don Quijote nació español, pero hoy pertenece a todos. Es mexicano, europeo, hispanoamericano y universal, porque encarna una forma de estar en el mundo que no depende del territorio, sino del espíritu.

Don Quijote y Sancho Panza nunca se han ido. Han caminado entre nosotros, silenciosamente, en cada persona que se niega a renunciar a la justicia, a la libertad o a la fidelidad a sí misma. Aparecen allí donde alguien decide no resignarse.

SOÑAR

Conviene volver siempre a Cervantes, porque su genialidad consistió en crear un personaje radicalmente humano. Don Quijote no es fuerte, no es eficaz, no es exitoso en términos mundanos.

Es coherente. Y esa coherencia, en un mundo que se acomoda con facilidad, resulta profundamente subversiva. No vence porque golpea más fuerte, sino porque se mantiene fiel a aquello que considera verdadero.

Por eso ha sido una fuente inagotable de inspiración para artistas, pensadores y creadores de todas las épocas. Borges lo expresó con precisión afectiva al afirmar que conocer a Don Quijote fue una de las experiencias felices de su vida. No hablaba de un personaje de ficción, sino de una la dignidad de soñar que acompaña y exige.

Las grandes obras no imponen respuestas; revelan preguntas. En Don Quijote se manifiestan ideales y virtudes que no prescriben conductas concretas, pero obligan a tomar posición frente a la vida.

Sancho Panza no es solo el contrapunto cómico ni el representante de la sensatez vulgar: es la realidad que aprende, lentamente, a no despreciar el ideal. Juntos encarnan una tensión permanente entre lo que es y lo que debería ser. Leerlos es habitar esa tensión sin resolverla de manera cómoda.

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Por ello se ha dicho con acierto que la gran enseñanza del Quijote no es que el loco sea admirable, sino que la cordura que sacrifica los sueños termina convirtiéndose en una forma más peligrosa de locura.

Cuando la vida renuncia a la utopía, se vuelve administrable, pero pierde orientación. Y una vida sin orientación termina siendo manipulable.

RESISTENCIA

Don Quijote no huye de la realidad; la confronta desde un ideal. Se nombra caballero andante no porque ignore los límites, sino porque se rehúsa a absolutizarlos. En este gesto se encierra una enseñanza filosófica decisiva: los límites existen, pero no deben convertirse en excusa para la renuncia moral.

Su relación con Dulcinea no es ingenuidad romántica ni evasión poética. Es una afirmación simbólica de que la belleza no depende del consenso ni del reconocimiento externo, sino de la fidelidad interior.

Dulcinea existe porque Don Quijote decide verla, y en esa decisión se juega una antropología completa: el ser humano no solo recibe la realidad, también la interpreta y la orienta.

Su mirada sobre el mundo es inocente solo en apariencia. En realidad, es una forma radical de resistencia ética. Busca la justicia cuando ésta parece inútil; auxilia al desvalido cuando no hay gratitud; defiende la dignidad aun cuando el costo sea el ridículo.

Don Quijote no pretende cambiar el mundo entero; se niega a dejar que el mundo lo convierta en algo que no quiere ser.

Por eso su defensa de la libertad no es política, sino del ser. Cuando afirma que la libertad es uno de los dones más preciosos dados al hombre, no habla de derechos externos, sino de una condición interior.

La libertad, como la honra, exige riesgo. Vivir sin ella puede ser cómodo, pero no es vivir plenamente. Sin libertad interior, el ser humano se vuelve funcional, pero no digno.

Así lo expresa Don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

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FIDELIDAD

José Ingenieros habló del ideal como un fuego sagrado que, si se apaga, no vuelve a encenderse. Esa imagen describe con exactitud el motor del Quijote. El ideal no garantiza éxito; garantiza sentido. Don Quijote no vence siempre, pero tampoco se traiciona. Y esa fidelidad es su verdadera victoria.

En un mundo que confunde valor con resultado, el Quijote recuerda que hay derrotas que ennoblecen y triunfos que envilecen. Su fe en el ideal no es ceguera ni negación de la realidad: es decisión. Decide vivir conforme a aquello que considera verdadero, aun cuando el mundo le devuelva burla, incomprensión o violencia.

El fracaso, desde esta perspectiva, no consiste en no lograr lo que se busca, sino en abandonar lo que se cree. Por eso la figura de Don Quijote resulta incómoda para una cultura que idolatra el éxito y desprecia la coherencia.

MOLINOS

El Quijote sigue siendo actual porque los molinos no han desaparecido; solo han cambiado de forma. Hoy se llaman consumismo, velocidad, placer inmediato, banalización del amor, tecnología sin rostro, indiferencia ante el dolor ajeno y nihilismo. Son dioses silenciosos que prometen libertad y producen vacío.

No destruyen con violencia abierta, sino con desgaste lento. No atacan el cuerpo, sino el sentido. Ofrecen distracción a cambio de profundidad, comodidad a cambio de vocación, estímulo constante a cambio de silencio interior. Frente a ellos, el espíritu corre el riesgo de languidecer sin darse cuenta.

Don Quijote advirtió con lucidez que amor y deseo no son lo mismo. En esa confusión se juega gran parte del empobrecimiento humano contemporáneo. Cuando el deseo sustituye al amor, desaparece el compromiso; cuando la inmediatez sustituye al sentido, la vida se fragmenta; cuando la utilidad desplaza a la dignidad, el ser humano se vuelve intercambiable.

Ser quijotesco hoy no es negar la realidad, sino negarse a absolutizarla. Es inventar utopías no para huir del mundo, sino para orientarlo. Es asumir que el espíritu puede y debe resistir aquello que lo degrada, aun cuando esa resistencia parezca inútil.

MIENTRAS

Concuerdo con León Felipe: “Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto”. Tal vez tenía razón: ya no abundan quienes se atrevan a vivir conforme a ideales sublimes sin negociar la conciencia.

Revitalizar al Quijote es una tarea moral. Necesitamos su locura lúcida para enfrentar las sombras de nuestro tiempo, esas que no siempre gritan, pero que vacían lentamente el alma.

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Mientras exista alguien dispuesto a soñar con los ojos abiertos, a defender la libertad, a vivir con coherencia en medio del ruido, Don Quijote seguirá cabalgando. Para Cervantes y para su hidalgo no hay final posible: los ideales no mueren; se heredan y cabalgan, una y otra vez, entre molinos de viento y sueños posibles.

cgutierrez_a@outlook.com

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