Día de Muertos (parte 2)
COMPARTIR
Como cada año, pongo la foto de mi madre que más le gusta a mi abuela, y yo pongo otra diferente. De hecho, pongo una distinta cada año
Recordar a mi madre se vuelve más difícil con el tiempo. Poco a poco, solo me queda la forma en que otros la recuerdan.
Un día se fue. Me dejó encargado con mi abuela y se marchó a otro país. Luego regresó, pero no llegó aquí, llegó a Guanajuato, y hasta la fecha no sé por qué no volvió a la tierra que la vio nacer. Supongo que no siempre somos de donde realmente queremos ser.
Quizá fue su enfermedad, de la que ni siquiera sé el nombre exacto: mi abuela y mi tío me dan nombres distintos, y eso me hace pensar que ni ellos la recuerdan del todo. Tal vez el tiempo arrasa parejo, o tal vez no quieren recordar. También existe la posibilidad de que sea mentira. Lo sospecho porque una vez le pregunté a mi abuela si la enfermedad de mi madre podía ser hereditaria; en la escuela hablábamos de la diabetes, del Alzheimer, y me entró la duda de si yo podría morir de lo mismo. Como casi siempre, no obtuve respuesta.
También me interesé por mi familia, la otra, la que se supone que vive en tu misma ciudad o cerca. Pero nada, no existe, y me cuesta trabajo creerlo. Es poco creíble que en una ciudad con tanta gente no quepa tu propia familia. Entonces, ¿realmente somos de aquí o somos de allá? Ya no sé. Meterse en esos temas siempre termina en un laberinto.
Extraño a mi madre: sus abrazos, sus cariños. Lo poco que queda de esos recuerdos se apacigua extrañando lo que pudo haber sido, lo que nos perdimos, los ánimos, hasta los regaños, y de paso no tener que tolerar la frase de “la estrella que más brilla es tu madre”. En la vida se necesita tocar las estrellas, sentirlas y dejar de verlas.
Como cada año, pongo la foto de mi madre que más le gusta a mi abuela, y yo pongo otra diferente. De hecho, pongo una distinta cada año. A veces husmeo entre las cosas de la casa y encuentro fotografías sin fecha; las que son de mi madre las guardo como el único tesoro que me importa.
—¿Una nueva foto, hijo?
—Sí, abuela.
—Deberías dejar solo una, y que sea la de siempre.
—Eso díselo a aquellos que sí pudieron convivir con ella.
—¿A qué te refieres?
—Tú y mi tío tienen recuerdos puntuales de ella, yo no. Yo debo conformarme con lo poco que sé, lo mínimo que me cuentan y un par de fotografías viejas.
—¿Y entonces?
—¿Entonces qué, abuela?
—¿Cómo la ves?
—De muchas maneras. Tengo la versión viajera, tengo la versión apasionada por el arte, pero por desgracia también tengo la versión donde se fue y me dejó. Por eso no importa tanto cómo la vea, sino cómo la sienta.
Mi abuela se sorprendió con mi respuesta y puso atención. Mi tío estaba atrás, sin hacer ruido; es imprudente, pero no tanto.
—¿Cómo la sientes?
—En el pan que me gusta, en la sensación cuando meto un gol, cuando gana mi Cruz Azul, cuando me ilusiono creyendo que puedo llegar a ser alguien en la vida.
La abuela no contestó. En cambio, dejó que el silencio se hiciera largo.
—Sí, cierto, jefa —dijo Catarino—. Yo vi en la tele que los muertos se manifiestan de muchas formas. Por ejemplo, ¿te acuerdas de la rola que le gustaba a mi papá? La del sirenito.
—No juegues con esos temas, son serios, y si hablas de más, invocas cosas que no quieres.
—Sí, sí, sí, pero ¿te acuerdas de la rola o no?
—Sí, Catarino, me acuerdo. Cuando eras niño la ponía a todo volumen mientras te sentaba en el carro y él lo lavaba.
—Bueno, pues haz de cuenta que hace unos días estaba pensando en mi papá y en todo lo que me enseñó. Hacía mucho que no pensaba en mi apá, pero lo hice ahí en el camión, cuando venía para la casa. Y que se sube un viejito, pero un viejito de verdad viejito, de esos que de un estornudo pueden conocer a San Pedro.
—No seas grosero —lo interrumpió la abuela. Yo, en cambio, me empecé a reír.
—Espérate, jefa, es en serio, el viejito estaba reviejo. Se sentó y el camión siguió su camino. Ya acá, en la calle del Pino, se iba a bajar el don, pero no podía, y le ayudé. El señor me dijo gracias, yo le dije que todo chido, pero me agarró el brazo y me soltó: “Gracias por acordarte”. Y que empieza a sonar la rola del sirenito.
La piel se me puso chinita. Las historias de Catarino siempre terminaban en alguna ocurrencia, pero esta fue diferente. Logró llegarme porque yo también tengo varias anécdotas donde juro sentir a mi madre a pesar de no verla.
—Órale, hijo, qué bueno que me lo dices. A la otra, si en el camión me ayudan a bajar, no les diré gracias, no vaya a ser la de malas que un loquito piense que soy su madre o su abuela agradeciéndoles.
Todos empezamos a reírnos. Yo tomé la fotografía, la acaricié y me uní a las otras historias de Catarino.