Divorciarse del teatro para seguir haciendo teatro(II): Las artes vivas, otra vez
“Matamos lo que amamos, lo demás no ha estado vivo nunca”. Sospecho que cuando Rosario Castellanos escribió esa frase no se refería a la relación de un teatrero con su arte, sin embargo, me parece muy atinada para describir cierta etapa –de madurez quiero pensar– dentro del camino de la mayoría, sino es que de todos los artistas teatrales.
Después de la etapa de enamoramiento, esa en la que crees que el teatro va a salvar al mundo y que tú vivirás de los aplausos y las becas, sea porque la vida personal se atraviesa o porque el estancamiento creativo llega, o porque la realidad del sistema te golpea, simplemente te das cuenta de que, aunque juraste que lo harías, no puedes dedicarte al teatro en cuerpo y alma. Sea porque no te da de comer, o porque es muy celoso y te obliga a escoger entre tus relaciones y él, o porque le has dado todo y ahora te sientes totalmente vaciado o físicamente desahuciado, o porque de pronto te parece un idioma que ya no dice todo lo que quisieras expresar, de todas formas, un lento proceso de “alejamiento” se inicia. Muchas veces es temporal, otras definitivo, el arte en general es un proceso demandante, a veces tóxico, y requiere de periodos de pausa que, aunque nos dan vergüenza porque nadie nos enseñó que pausar está bien, son absolutamente necesarios porque un artista necesita vivir y experimentar otras cosas para tener combustible para crear.
La entrega pasada hablaba un poco de las llamadas ahora “artes vivas” porque para muchos –y no solo teatreros– su surgimiento ha sido una forma de continuar creando sin sentirse atrapados por los parámetros que cada arte exige. Ahora mismo, más que un “espacio para novedosos” (aunque sí), las artes vivas resultan terreno fértil para soñar con colaboraciones libres entre disciplinas, artísticas y no artísticas sin preocuparse tanto por clasificaciones. Hoy en día si quiero hacer una intervención de protesta en espacio público que implique música, video, quizás performance, artes plásticas y cualquier otra cosa que se me ocurra, le llamo “artes vivas” y me ahorro el infierno curatorial que inscribir eso en una muestra implicaría.
En ese sentido y con fines puramente curatoriales, el término me parece un gran acierto histórico y cualquier persona que haya intentado inscribir algo así a espacios y festivales más tradicionales entenderá a lo que me refiero. Si eso nos mete ahora en un problemón acerca de la definición de arte y cómo juzgar su calidad es harina de otro costal.
De cualquier forma, en este punto me gustaría defender un poco a los artistas que se han decantado por esta vertiente, porque ciertamente algunos les suelen juzgar como superficiales u ocurrentes, cuando en realidad son resultado de las mismas políticas y dinámicas del ambiente cultural hegemónico. Créanme, cuando comencé a usar “espacios no-teatrales” en mis proyectos no fue por desprecio al edificio teatral, sino porque es mucho más difícil (y caro) conseguir esos espacio. De la misma forma, algunos colectivos inicialmente artísticos comenzaron a buscar nuevas formas de relacionarse con la comunidad en busca de alternativas de sustentabilidad y recursos.
Las artes vivas parecen ser un intento desesperado –y a veces incendiario– de las artes escénicas por sobrevivir a un mundo que poco le apoya. También responden a un deseo generacional por conectar con un cuerpo social que se desvanece. Y si a la receta le tenemos que meter de todo un poco que así sea, las artes, parece, tendrán que comenzar a vivir la misma esquizofrenia que el mundo hipermoderno ya plantea. En la era de lo virtual, el “artista vivo” se aferra al objeto táctil, a los afectos, a los testimonios y a las experiencias.
Así, las propias limitaciones de los espacios, categorías y recursos –creativos y monetarios– tradicionales, han sido las madres de estas quimeras artístico-sociales que son las artes vivas. Así que si usted es parte del sistema, no se infarte si algún “novedoso” le sale con un proyecto raro que quizás no entienda o no le guste, porque también usted es parte del problema que esa persona está intentando resolver a su manera.