Dos historias de amor

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Opinión
/ 25 febrero 2026

A veces, cuando por las noches piensa en eso, no puede recordar cómo era el rostro de aquél que una vez fue el Cielo para ella

-I-

La historia que este día relataré es como la vida misma: cursi.

Ella tenía 16 años cuando lo conoció. Se enamoró de él, naturalmente, porque él era él y porque ella tenía 16 años. Se hicieron novios. Cuando en la iglesia ella oía hablar del Cielo entendía muy bien de qué se estaba hablando, porque estaba enamorada. Es decir, estaba en el Cielo.

Pasó un año. Pasaron dos y tres. Se casarían cuando él terminara su carrera. La terminó, pero se fue al extranjero a hacer la especialización. Las amigas de ella comenzaron a casarse, una primero, luego la otra. Ella era dama de todas. Las veía radiantes, y se preguntaba cómo iría a verse ella cuando se casara.

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No se casó jamás. Él regresó y se fue a trabajar a otra ciudad. Al principio le escribía todos los días. Después una vez a la semana. Luego una carta al mes. Después pasaron meses sin que supiera de él. La última carta que le escribió fue para decirle que había conocido a una muchacha maravillosa, que se había enamorado de ella y que se iban a casar. Que lo perdonara, pero que en el corazón no se manda.

Tampoco ella mandaba en su corazón. Es explicable, entonces, que ahora lo sienta vacío. Ni siquiera lleno de odio o de rencor: vacío, igual que sus días, uno igual al otro. Muy largo calendario es el de la soledad.

Se le quebró la vida para siempre. No se ha preocupado por recoger los pedazos. A veces, cuando por las noches piensa en eso, no puede recordar cómo era el rostro de aquél que una vez fue el Cielo para ella.

-II-

Ana se llama. Era bonita cuando joven, y fue muy pretendida, pero ni siquiera conoció el amor. Su madre falleció siendo ella jovencita, y tuvo que cuidar a su papá.

Se casaron sus dos hermanos y se fueron. Ella siguió al lado de su padre. Cuando la visitaban sus sobrinos sentía ternuras maternales. Tejía ropita para bebés, tejía siempre, y hacía adornos para la cuna de los recién nacidos.

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La vida se le fue yendo poco a poco. Murió su padre; la casa se le hizo enorme de repente, pero no la dejó: eso hubiera sido morir un poco ella también. Con mansa serenidad ve el paso de las horas, los días y los años. Ninguna queja tiene. Recuerda mucho, y a veces, sin darse cuenta, llora... A veces...

Tiene que haber un Cielo, ese Cielo que el padre Ripalda prometió a quienes hacen todo bien y ningún mal.

Tiene que haber un Cielo para Ana.

Si no lo hubiera, la bondad de Dios sería menor que la de Ana.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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