Dos veces ajusticiada, ninguna difunta
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Tennessee quiso matar a una mujer dos veces y solo logró ejecutar su credibilidad
Christa Pike regresa del más allá con el recibo del pentobarbital. Nashville, miércoles 30 de septiembre. Tennessee prometía una primicia de doscientos años. Despachar a una mujer blanca. Entregó otra cosa, un papelón con sello oficial.
Christa Pike, cincuenta años, única reclusa del pabellón de la muerte estatal, llegó a Riverbend entre trámites. El Sexto Circuito frenó el reloj, dos votos contra uno. La Corte Suprema lo destrabó. El gobernador Bill Lee había negado clemencia el lunes. Nadie quería perder turno.
Primera dosis de pentobarbital. Pike sintió ardor en el brazo, según el diario argentino Perfil. Segunda dosis. Los testigos oyeron resuello, quejidos y, a los cuarenta minutos, ronquidos, relata TV Azteca. Llegaron ambulancias. La difunta más animada del continente salió en camilla rumbo al hospital.
Yo la vi morir dos veces. Lo juro por mi credencial de prensa y mi gastritis. La primera, tras el cristal de los testigos. La segunda, esta madrugada, cuando se sentó al pie de mi cama con bata de hospital y pidió café.
Ya puedo hablar anunció. Los muertos de Tennessee gozan de derecho a réplica. Adónde fue.
Primero, a un túnel con luz fluorescente y un letrero. Prohibido el paso sin vena. Después, a una sala de espera con ventiladores descompuestos. Un ujier dormitaba sobre un folder. El aviso decía sistema caído, regrese mañana. Era la del protocolo. Sobre la primera muerte, añadió, llovieron mariposas amarillas dentro de la cámara. Sobre la segunda, un ángel con sello y tampón le exigió fotocopias. Luego le devolvió el expediente, sin sentencia cumplida.
Treinta años de aislamiento le enseñaron paciencia, confesó, en un cuarto del tamaño de un cajón de estacionamiento. Morir equivalía a ganar metros cuadrados. Sus abogados narran otro cuento. Abusos desde la niñez, bipolaridad, estrés postraumático. La justicia escuchó con esmero de contestadora automática.
Interrumpo el delirio. Colleen Slemmer tenía diecinueve años. En enero de 1995 la llevaron a un bosque junto al campus de Knoxville. Allí la golpearon hasta apagarla. Para ella no hubo ambulancia. Para ella ningún gobernador ordenó revisión. May Martinez, su madre, respaldaba la sentencia. Aquí cesan las bromas.
Ahora, el expediente. Reuters informó sobre el primer intento estatal en dos siglos, frustrado. Robin Maher, del Centro de Información sobre la Pena de Muerte, lo calificó ante The New York Times como el peor fiasco de la era moderna. Volker Türk, alto comisionado de la ONU, exhortó a no repetir la función. Un editorial indio la rebautizó «Die Another Day». Hollywood cobrará regalías.
Mayo ya anunciaba el desastre. A Tony Carruthers no le hallaron vena durante más de una hora. El médico de aquel traspié confirmó en agosto su presencia en este. Coincidencia, juran en Nashville. Reincidencia, murmuran los pasillos.
Mientras tanto, las redes difundieron un presunto video de la inyección fallida. Nadie lo confirmó. Lo único verificado en Tennessee fue el ronquido.
¿Volverán a aplicarle la pena capital? Lee suspendió las ejecuciones restantes de este año y pidió una revisión independiente. La defensa invoca la Octava Enmienda, enemiga de los castigos crueles. Si los tribunales avalan un segundo intento, el Estado solicitará nueva fecha, tal vez con método distinto. En la sala de espera ya reservaron asiento.
Pike se despidió con el rostro de quien cobró anticipos de eternidad. Dígales a los de arriba. Me sobra pulso. Luego atravesó la pared. Quedó un olor a pentobarbital y a papeleo.
Tennessee quiso matar a una mujer dos veces y solo logró ejecutar su credibilidad.