El altar de muertos de México

+Seguir en Seguir en Google
Opinión
/

En una escalinata poco visible, imaginé el altar de muertos dedicado a México. Era una ofrenda enorme, hermosa y llena de contradicciones

El Altar Monumental, instalado en las escalinatas del Barrio de Santa Anita, es organizado de manera conjunta por el Gobierno Municipal de Saltillo, la Universidad Carolina y el Distrito Carolina, las Misiones Culturales y los vecinos del lugar.

En una escalinata poco visible, imaginé el altar de muertos dedicado a México. Era una ofrenda enorme, hermosa y llena de contradicciones: papel picado con artículos de la Constitución, flores de cempasúchil y un letrero que decía: “No todos están muertos; algunos siguen en trámite y otros están por morir”.

La Rosa de Guadalupe: Capítulo Taddei

En el altar estaba la Constitución. Sus ofrendas eran veladoras, para que la leyeran los ministros de la Suprema Corte, y lentes, para que no la interpretaran a conveniencia de la 4T.

La justicia tenía una balanza equilibrada, un expediente completo y un enorme reloj, como el del Conejo Blanco de “Alicia en el País de las Maravillas”, para nunca llegar tarde.

La democracia aparecía con estas ofrendas: una urna transparente que contenía una selfie de Guadalupe Taddei y Alfredo Hernández, abrazados en una habitación del hotel George V, en París; ciudadanos con memoria y un ramo de flores que nadie pudiera comprar con recursos públicos.

El federalismo tenía un mapa que resaltaba, en colores vivos, los 2 mil 463 municipios del país, así como pedacitos de pan de muerto repartidos entre ellos para que el centro no se quedara con todo: el pan, el gluten y el azúcar.

Las ofrendas de la seguridad pública eran una lámpara que alumbrara el camino de los mexicanos de regreso a casa, una botella transparente repleta de lágrimas y una veladora de confianza ciudadana, cuya flama, tenue y parpadeante, estaba a punto de extinguirse.

La salud pública tenía imágenes de medicamentos incompletos, camas insuficientes, enfermos agónicos y trabajadores del sector injustamente tratados.

La educación pública tenía estas ofrendas: libros inservibles de la Nueva Escuela Mexicana, planteles sin las condiciones mínimas para aprender y maestros sin tiempo para enseñar, pero con miles de papeles por llenar.

La ciencia y la cultura estaban rodeadas de un microscopio viejo, una guitarra sin cuerdas y un jarrito con tres monedas de un peso para sustentar a científicos y artistas por igual.

Las ofrendas de la transparencia y la rendición de cuentas eran una memoria USB sin archivos borrados, contratos legibles y un garrafón de agua bendita para exorcizar al demonio encarnado en la repetida respuesta: “¡Deje de chingar! Esta información está reservada por seguridad nacional”.

La libertad de prensa tenía una libreta, una pluma, un celular, un micrófono encendido y un pequeño ataúd sobre crisantemos blancos.

La ciudadanía tenía estas ofrendas: una taza de café bien cargado para su cansada esperanza, pan dulce para compartir y un espejo para mirarse a sí misma y reconocer qué tolera, qué exige y qué hace por México.

Políticos y San Juditas

En el centro del altar estaban las víctimas y las personas que habían defendido al país desde abajo: familias, buscadoras, periodistas, médicos, maestros, comunidades indígenas y trabajadores. Sus ofrendas eran sus comidas favoritas, sus nombres y sus historias completas, para que no quedaran reducidos a cifras impersonales que los volvieran invisibles.

Un lugar aparte estaba dedicado a las personas desaparecidas, a quienes sus familias seguían buscando, sin darlas por muertas. Allí ardía un robusto cirio pascual para exigir su búsqueda: verdad, justicia y reparación.

Hasta arriba estaba México, con maíz, agua, sal y un pan para compartir entre todos, repartido con justicia, para que unos cuantos no se quedaran con la mayor parte.

Y, para rematar, ese México tenía una frase de Juan Rulfo: “Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno”.

Columna: Panóptico

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM