El autogol de Infantino
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Incluso en el deporte, las reglas pueden ajustarse o ignorarse cuando está de por medio el interés del poderoso
Donald Trump anda en lo suyo. Como siempre, exige mucho más de lo que le corresponde. Es un hombre poderoso, sin límites, y temido porque está dispuesto a todo. Sus excesos le han valido el repudio de muchos de sus conciudadanos e, incluso, de antiguos aliados políticos, pero también infunden temor. Ahora que su país es el principal anfitrión de la Copa Mundial de Futbol, con la participación de Canadá y México, Giovanni Vincenzo Infantino, presidente de la FIFA, ha buscado la manera de complacerle a costa de la organización que representa y del enorme ascendiente que el futbol ejerce sobre millones de personas en el mundo.
Infantino, como se le conoce, es políglota, de origen suizo-italiano y abogado de profesión. Ha gestionado con eficacia los intereses comerciales que subyacen en el deporte con mayor afición del planeta. Preside la FIFA desde hace 10 años, tras los escándalos de corrupción que también involucraron a México y estuvieron relacionados con la venta de derechos de transmisión televisiva. Antes encabezó la UEFA, el organismo rector del futbol europeo, donde este deporte concentra la mayor afición e interés comercial.
El Mundial en Estados Unidos pretende impulsar el futbol en el país más rico del mundo, donde, como en Canadá, ocupa el quinto lugar en las preferencias deportivas, detrás del futbol americano, beisbol, basquetbol y hockey. En México es el deporte más popular. Afición y negocio van de la mano; sin embargo, la relación entre deporte y comercio no siempre ha sido virtuosa.
Infantino entiende muy bien el negocio, quizá mejor que el deporte. Así lo demuestran sus decisiones. La primera, ampliar el número de selecciones, partidos y fases del torneo. La segunda, introducir pausas de hidratación de un par de minutos en cada tiempo, con un evidente propósito comercial: cada segundo de publicidad vale millones de dólares. La tercera, imponer exigentes condiciones económicas y de organización a los gobiernos y a los propietarios de la infraestructura deportiva. Ellos ponen la inversión; la FIFA recibe los beneficios.
En México, el Mundial ha despertado una enorme atención pública. El partido entre México y Ecuador fue seguido por más de 59 millones de espectadores, de acuerdo con datos difundidos por TelevisaUnivision, estableciendo un récord para la televisión mexicana. Es probable que el encuentro contra Inglaterra haya superado esa cifra. La reventa a cargo de la FIFA disparó el precio de los boletos en México muy por encima de los valores oficiales, mientras que en Estados Unidos y Canadá prevalecieron, en general, los precios regulares. Además, varios partidos disputados en esos países registraron una asistencia por debajo de lo esperado, situación que no ocurrió en nuestro país.
Como sucede con quienes privilegian el negocio por encima de cualquier otra consideración, la ética y la dignidad suelen quedar de lado. Resultó vergonzoso que Infantino, en nombre de la FIFA y sin fundamento alguno, entregara al presidente Trump un supuesto premio por la paz, reconocimiento inexistente, justo cuando el mandatario veía frustrada su aspiración de obtener el Premio Nobel de la Paz. Fue un acto de oportunismo para satisfacer el ego de un líder megalómano.
Ahora, en un hecho sin precedente, Donald Trump exigió a Infantino revertir la suspensión de un jugador de la selección estadounidense. Se trataba de un asunto menor para el siguiente partido, pero de enorme carga simbólica por lo que implicaba: poner en duda la autoridad arbitral y las reglas de la competencia. Para sorpresa, el dirigente de la FIFA accedió a la petición presidencial. El episodio constituye un auténtico escándalo y una muestra de que, incluso en el deporte, las reglas pueden ajustarse o ignorarse cuando está de por medio el interés del poderoso.
La decisión ha provocado fuertes críticas y difícilmente podrá justificarse desde el punto de vista de la legalidad. El daño ya está hecho y revive la sospecha de que la venalidad sigue presente en el futbol profesional. Para México, lamentablemente, no es una novedad ni el sacrificio de la ley ni el sometimiento de la autoridad ante la presión del poder.
El abuso se impone con la sumisión por miedo, interés o confusión. La FIFA, Infantino y el presidente Trump ofrecen una pésima lección al mundo y, desde luego, al deporte. Pareciera que también en el futbol rige aquello de: “No me vengan con eso de que la ley es la ley”.