El carrito no miente
Lo he oído en tres sobremesas distintas este mes, y siempre con las mismas palabras: “no sé qué pasa, gasto lo mismo pero me traigo menos”.
Nadie lo dice como denuncia. Lo dice como confesión. Con ese tono de quien sospecha que el problema es suyo, que algo está administrando mal, que antes le rendía y ahora no porque perdió el toque.
Vamos a quitarnos eso de encima. No es usted.
Los números oficiales dicen que aquí no pasa nada. La inflación de junio cerró en 3.37 por ciento, abajo del 3.94 de mayo. La canasta básica anda entre 748 y 910 pesos. El diésel promedia veintisiete pesos con diez centavos. Vista en la tabla, la economía mexicana parece un paciente estable.
Y no le están mintiendo. Ese es justo el problema. Los números son ciertos. Simplemente no miden lo que usted siente.
Empecemos por el diésel. Los 27 pesos no son un precio: son un acuerdo. El 17 de abril el gobierno se sentó con los empresarios gasolineros para sostenerlo, y la razón fue textual: el encarecimiento provocado por el conflicto en Medio Oriente. La propia Presidenta lo explicó sin adornos, el pacto evita que el litro llegue a 35 pesos. Léalo otra vez. La guerra sí llegó a la gasolinera de la esquina; lo que la detiene no es el mercado ni la distancia, es una negociación que hay que renovar. Los 27 pesos no describen la realidad. La contienen.
Sigamos con la canasta. Los 910 pesos tampoco son una medición: son un techo pactado en Palacio Nacional, para 24 productos, una semana, una familia de cuatro. Honesto en sus términos. Pero no es su lista del súper. Ahí no está el shampoo, ni la medicina de su mamá, ni el pasaje, ni el recibo de la luz de un julio en Coahuila.
Y ahora lo que casi nadie nombra, que es donde vive su carrito.
Se llama reduflación. Consiste en que el producto encoge y el precio se queda quieto. La barra de chocolate que traía cincuenta gramos ahora trae cuarenta y cuatro. El rollo de papel que traía 264 hojas ahora trae 242. Un investigador de la UNAM la describió mejor que nadie: es economía ficción, una manera de crear la falsa sensación de que no hay aumentos. Y tiene su ingeniería. Los especialistas señalan que la reducción se mueve casi siempre en la franja de entre cinco y diez por ciento del contenido, porque es exactamente el rango donde la merma pasa desapercibida. No es un accidente. Está calculado para que usted no lo note.
Es legal, además, siempre que el contenido esté declarado en el empaque. Y ahí está la trampa perfecta: todos revisamos el precio, casi nadie revisa los gramos.
Vaya a cualquier tienda de abarrotes de su colonia y verá la otra mitad de la historia: los sobres y las presentaciones chiquitas se venden más rápido que los formatos de antes. Eso no significa que la gente coma menos. Significa que ya no compra para la quincena, compra para hoy. La despensa se volvió una decisión diaria.
Y la presión, de dónde viene, no es misterio. Por el estrecho de Ormuz pasaban unos ciento diez buques diarios antes de la guerra; esta semana cruzaron poco más de una decena. Está a doce mil kilómetros de aquí, y explica mejor que nada por qué hubo que negociar el precio del combustible que mueve el camión que trae su comida. La papa que hoy cuesta cincuenta y un pesos con sesenta y siete centavos el kilo no llegó sola.
Junte las tres piezas y aparece lo que de verdad está pasando: la inflación se mudó. Dejó el precio, que es visible y se discute y sale en la portada, y se fue a vivir a la cantidad, que es invisible y no se discute y no sale en ningún lado. El índice mide precios. Su vida mide cantidades. Y en el hueco entre esas dos cosas se le está yendo, en silencio, la calidad de vida.
Por eso duele distinto. Un aumento de precio indigna: hay a quién reclamarle. Pero un paquete que encoge no indigna, avergüenza. Le pasa la factura a usted, en forma de sospecha sobre su propia capacidad de administrar. Ese es el cobro más caro de todos, y no aparece en ninguna estadística: la inflación silenciosa nos está cobrando en culpa.
No hay mucho que podamos hacer con Ormuz. Pero sí hay tres cosas que no requieren permiso de nadie. Revisar los gramos, no nada más el precio. Entender que un acuerdo político no es un dato honesto. Y dejar de tratar como falla personal lo que es un fenómeno perfectamente documentado.
Porque cuando el mundo entero está hablando de inteligencia artificial, se nos olvida lo obvio: lo que se está renegociando, en silencio, es el combustible y la comida. Los básicos. Lo único que de verdad no se puede posponer.
Usted no perdió el toque. El carrito no miente. Y a estas alturas es la báscula más honesta que tenemos. Más Ciudadanitos, por favor