El mismo vaso

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Opinión
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Hay veranos que parecen empeñados en recordarnos algo. Este es uno de ellos.

Desde mi orilla del río, el dato es sencillo y terco: las presas que compartimos con Texas —La Amistad, Falcón— rondan el 19 por ciento de su capacidad. Diecinueve. El mismo embalse del que sale el agua que México debe entregar cada año a Estados Unidos por un tratado firmado en 1944 es el que llena el vaso sobre la mesa en Piedras Negras y en Acuña. Cuando el nivel cae tan bajo, el agua internacional y el agua de casa dejan de ser dos cosas: salen del mismo vaso. Ahí no hay metáfora. Hay competencia por cada metro cúbico.

https://vanguardia.com.mx/opinion/colombia-nos-enseno-las-balas-ahora-aprendamos-de-las-instituciones-BF21719228

Conviene aterrizar lo que eso significa. La Organización Mundial de la Salud calcula que una persona necesita alrededor de 100 litros al día para vivir con dignidad: beber, cocinar, lavarse, mantener limpia su casa. No es un lujo; es el piso de una vida decente. Cuando una región discute si le alcanza el agua, no está discutiendo estadísticas: está discutiendo si una familia podrá bañar a sus hijos antes de la escuela. Por eso los números de las presas no son un asunto de ingenieros. Son la antesala de la vida cotidiana de cientos de miles de personas que ni firmaron ese tratado ni fueron consultadas cuando se negoció.

Podría quedarme en la frontera, pero este verano el mundo entero mandó postales de lo mismo.

En París, el termómetro marcó 40.3 grados. En ciento cincuenta años de mediciones, la ciudad solo había cruzado esa línea cuatro veces. Francia vivió su día más caluroso como país, y más de mil muertes se atribuyeron al calor en unas cuantas semanas. Lo más cruel de esas olas no ocurre a mediodía, sino de noche: cuando la temperatura no baja lo suficiente, el cuerpo no descansa, y el corazón de los más viejos no aguanta. Los científicos que estudian estas cosas fueron claros: una ola así habría sido “prácticamente imposible” hace cincuenta años. No fue mala suerte. Fue, en buena parte, obra nuestra.

Casi al mismo tiempo, del otro lado del planeta, la tierra se sacudió. En menos de veinticuatro horas, el Cinturón de Fuego del Pacífico registró media docena de terremotos: China, California, Perú, Japón. El más cruel, en Venezuela, dejó cerca de dos centenares de muertos. Y aquí conviene detenerse, porque es fácil confundirse: los sismos no los provoca el cambio climático. La tierra se mueve porque se mueve; sus placas no leen las noticias. Ningún aparato en el mundo puede predecir cuándo ni dónde temblará; lo único que un país puede hacer es prepararse antes, con casas bien construidas y gente que sepa qué hacer cuando todo se cimbra.

Y sin embargo, la sequía, el calor y el temblor terminan dándonos la misma lección.

Son, en realidad, dos clases de catástrofe. Una la estamos causando y fingimos que no: el planeta se calienta, los ríos bajan, las noches no refrescan, y seguimos discutiendo si conviene admitirlo. La otra no la causamos ni la causaremos nunca: la tierra tiene su propio pulso, ajeno a nuestra culpa. Pero en ambas, lo que decide quién vive y quién no es lo mismo. No es el heroísmo de una persona. Es lo que hayamos construido entre todos antes de que llegara el golpe.

Porque el calor no mata parejo. Mata primero al anciano que vive solo en un cuarto sin sombra. El terremoto no aplasta parejo: se lleva primero la casa mal hecha del que menos tuvo. Y la sequía no seca parejo: primero le falta el agua a quien nunca tuvo con qué guardarla. La catástrofe, venga del cielo o del subsuelo, siempre encuentra la grieta social que ya estaba abierta. Donde hay comunidad organizada, servicios que funcionan y autoridades que responden, la desgracia se contiene. Donde no, se multiplica.

De eso se trata, me parece, formar ciudadanía en este siglo. No de aprendernos la lista de desastres, sino de entender una idea incómoda: el planeta no negocia. No le importan nuestros tratados, nuestras fronteras ni nuestras elecciones. Frente a una fuerza que nos excede, nuestro único dique real es lo colectivo: instituciones que funcionen, comunidades que se organicen, vecinos que sepan qué hacer y a quién buscar. La mochila de emergencia y la presa bien administrada son, en el fondo, el mismo gesto: prepararse juntos para lo que no depende de nosotros.

https://vanguardia.com.mx/opinion/el-partido-que-se-juega-en-casa-GF21351632

Vuelvo al río. Y pienso en los ciudadanitos que hoy juegan a su orilla sin saber de tratados ni de placas tectónicas. A ellos habrá que enseñarles a mirarlo distinto: no como la línea que nos separa de Texas, sino como el bien que nos obliga a cuidarlo con los de enfrente. A distinguir, también, entre lo que provocamos y podemos corregir —el calor que fabricamos— y lo que solo podemos prever —la tierra que nunca obedecerá—. Formar ciudadanía no es llenarlos de miedo por el planeta que heredan; es enseñarles que su fuerza no está en resignarse, sino en prepararse, y en hacerlo juntos.

El vaso está a 19 por ciento. De nosotros depende que esos ciudadanitos crezcan sabiendo que ese número no es un pronóstico del clima. Es una pregunta sobre qué tan juntos estamos dispuestos a estar. Más Ciudadanitos, por favor.

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