El corazón de la alcachofa
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Construir la identidad es también aprender a reconocernos. Mirarnos con honestidad implica descubrir nuestras fortalezas, pero también nuestras contradicciones
Cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Beneficencia, fecha que recuerda el fallecimiento de la Madre Teresa de Calcuta, ocurrido en 1997. Su labor humanitaria, particularmente con personas que vivían en condiciones de pobreza y exclusión, le valió el Premio Nobel de la Paz en 1979.
Más allá de la figura de quien dedicó gran parte de su vida al acompañamiento de quienes sufrían, esta fecha puede constituir la oportunidad para plantearnos una cuestión profundamente vinculada con la educación: ¿cómo educar para servir a otras personas cuando aún no hemos aprendido a reconocer a nuestra propia persona?
Quizá la alcachofa nos permita aproximarnos a la respuesta. Su corazón está bajo numerosas capas que deben retirarse una a una para llegar hasta él. Algo parecido ocurre con las personas.
Nuestra identidad también está hecha de capas. Desde que nacemos, aprendemos a sumar maneras de pensar, de sentir, de relacionarnos y de interpretar el mundo. Algunas de esas enseñanzas se convierten en convicciones y otras en prejuicios o estereotipos que incorporamos sin cuestionarlos.
Por eso, construir la identidad es también aprender a reconocernos. Mirarnos con honestidad implica descubrir nuestras fortalezas, pero también nuestras contradicciones; reconocer lo que nos hace sentir orgullo, pero también aquello que necesitamos transformar. Significa preguntarnos qué parte de lo que somos hemos elegido conscientemente y qué parte hemos aceptado simplemente porque así aprendimos que debía ser.
Aquí es donde la educación adquiere un papel fundamental. Educar no significa únicamente transmitir conocimientos; también implica acompañar procesos mediante los cuales el alumnado puede preguntarse quién es, qué valora y cómo sus decisiones afectan a quienes lo rodean. Educar es, asimismo, acompañar de manera consciente la construcción de la identidad, y el proceso resulta fundamental para formar personas capaces de participar activamente en la transformación y el bienestar social.
Encontrar “personas guía” que, desde su propia forma de mirar la vida, nos ayudan a detenernos, a observar nuestras capas con mayor honestidad y a descubrir preguntas que quizá no nos habíamos atrevido a formular, es una fortuna. Una buena guía no nos dice quiénes debemos ser; nos acompaña en el proceso de descubrir quiénes somos.
Y esto tiene una profunda relación con la formación derechohumanista. Una educación cimentada en este enfoque promueve la comprensión de que cada persona tiene derecho a construir su identidad y expresar quién es, fortaleciendo así la capacidad de actuar en favor de los demás.
Para eso se necesita aprender a retirar algunas capas. No para despojarnos de quienes somos, sino para distinguir aquello que realmente nos representa de lo que hemos aprendido y que quizá nunca nos hemos detenido a cuestionar. A veces, una de esas capas es un prejuicio, el miedo a lo diferente, una idea heredada o incluso una concepción de nuestra propia identidad que hoy ya no corresponde con quienes somos.
Ahora bien, quitarnos una capa no implica perder identidad; puede significar recuperarla. Quizá aquí reside uno de los mayores desafíos educativos de nuestro tiempo: formar personas que no solamente sepan responder qué derechos tienen, sino que sean capaces de preguntarse cómo sus propias ideas, decisiones y comportamientos contribuyen a respetar o reconocer los derechos de otros.
Cuando aprendemos a reconocernos como personas valiosas, únicas y dignas, podemos comenzar a comprender que esa misma dignidad pertenece a todos, incluso cuando piensan distinto, viven de otra manera o poseen una identidad diferente a la nuestra.
Tal vez por eso la metáfora de la alcachofa resulta tan cercana a la educación. Cada una de sus capas puede representar aquello que nos ha ido construyendo: la familia, la cultura, las experiencias y las decisiones. Algunas capas permanecen; otras necesitan ser revisadas. Algunas nos protegen; otras pueden impedirnos mirar con claridad. Y en el centro permanece ese corazón que representa aquello que somos.
Las personas necesitamos tiempo para conocernos, así como personas guía para aprender a hacerlo. Requerimos espacios seguros para cuestionarnos, para expresar nuestras dudas, para reconocer nuestras diferencias y para comprender que la identidad no es una pieza terminada, sino un proceso que se construye a lo largo de la vida.
Por eso, recordar a esos guías, quienes se dedican a acompañar el desarrollo humano, como la Madre Teresa de Calcuta, también puede invitarnos a reflexionar sobre la responsabilidad educativa en la formación de personas capaces de reconocer la dignidad propia y la de quienes las rodean.
La tarea consiste en generar las condiciones educativas necesarias para que cada persona pueda reconocerse, construir su identidad, cuestionar aquello que ha aprendido y desarrollar la capacidad de mirar a los demás desde el respeto y la dignidad.
“Honor a quienes saben acompañar el camino hasta el corazón de la alcachofa”.
La autora es coordinadora de Proyectos de Educación de la Academia IDH
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH