El deseo de ser madre
Por: Sofía García
A través de los años, han existido mujeres cuya vida se basa en dar a luz, cumplir con la tarea que Dios les dio, la capacidad de crear vida; pero ¿qué pasa si no cumples con la única tarea que se te fue asignada? Caer en la locura no es la respuesta que yo daría. Otros sí, pero yo solo quise ser madre igual que María, la madre de Cristo, sin pecado concebido, sin acto de lujuria.
Después de haberme metido al convento, por cada día en la iglesia, por cada oración rezada y por cada noche en vigilia Dios me trajo hasta el dormitorio de una vieja monja que llegó como el mismo Ángel Gabriel. Ella sostenía en su mano mi última esperanza para tener un niño propio en brazos. Esa mujer encorvada y de ojos grises, a quien creí ciega en un inicio, me afirmó que era todo lo contrario. Veía lo que otros no, me veía con mi hijo y, sobre todo, aún virgen, sin traicionar a Dios.
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La monja sabía que yo estaba al borde de la desesperación, que haría lo que sea por mi pequeño mesías. Me dio un papel arrugado, amarillento y lleno de polvo, pero con la tinta intacta, como si hubiese sido escrito esa misma tarde. Ordenó con su voz rasposa que hiciera lo que el papel pedía y que, en tres meses, tres semanas y tres días, estaría pariendo a un bebé hermoso. El tiempo era poco, lo mismo que tarda una cerda en parir; pero no me importó ir contra la naturaleza. Todo estaba narrado como si fuera solo para mí: “mi niña, si quieres a tu hijo, no dejes que la duda entre en ti. Primero toma un vaso de agua, deja que purifique tu cuerpo, después deja que por tu boca pase cada extremidad, todas de diferentes animales. Brazos, piernas y cabeza no pueden ser iguales. No tomes partes de un humano, eso es pecado. Deja que el ser crezca y desde tu vientre envídialo. No dejes que nadie te lo quite, háblale de Dios padre y, cuando el momento de nacer llegue, no llames a nadie, ni médico ni partera. Ella sola llegará a salvarte”.
Era perfecto, era lo que quería. No había pecado alguno, era un milagro. No tuve dudas, yo y solo yo era la elegida de Dios para esta tarea. Dios me ama e hizo esto para mí; me permitirá tener a un hijo que también sería suyo. Me fui del convento pensando en que, cuando volviera, todos recibirían a mi retoño como un salvador y a mí como a la virgen María, amando a su primogénito.
Mientras pasaba el primer mes, seguí con fidelidad la instrucción. Me alimenté con la pierna izquierda de un conejo y la pierna derecha de un borrego. Pensé en cocinarlas, pero era un riesgo. No podía hacerlo, qué tal si Dios no quería eso. Al segundo mes, engullí la pata derecha de un pollo y la pata izquierda de un cerdo. Empezaba a sentirlo, creciendo dentro de mí.
Vino el tercer mes y faltaba la cabeza. Por eso la dejé como último paso, porque quería buscar un animal bonito para mi hijo. Supongo que era por mi amor de madre. Para la tercer semana del tercer mes, ya había matado un espécimen, pero sabía que no era pecado, era amor maternal. Conseguí la cabeza de un siervo, porque así sabría que es un hijo de Dios. La pieza era enorme, pero me permití disfrutarla parte por parte. Cada oreja, cada ojo, incluso los dientes, todo fue difícil de tragar. Estaba conmovida y llena de amor. Juro por Dios que en los dos días restantes lo sentí moverse, patear y jugar en mi vientre. Era mi niño perfecto y sin mancha.
Los días restantes fueron como estar en las puertas del cielo, esperando que se abrieran en la tierra y tener a la criatura divina por fin en mis manos.
El dolor de la segunda Navidad que habría en el mundo fue inmenso; sin embargo, era maravilloso y, aunque estaba sola, no dejaría que nadie viera a mi bebé antes que yo. Hasta que el dolor fue tanto como para sentir que me iba de este mundo sin haberlo visto. Mis últimas fuerzas me llevaron a la puerta de la monja y ahí dejaron de responderme. La mezcla entre el dolor y la felicidad me llevó al desvarío; pero la anciana estuvo tranquila. De seguro fue El Señor quien le dio la calma para atenderme en el parto... Así de grande era el amor de Dios por la madre de su encarnación.
La devota mujer respiraba tranquila, como si aquello no fuera un parto, sino una ceremonia largamente esperada. Ella ordenó que callara mi dolor, externado a base de lamentos y exigió que guardara silencio, que no interrumpiera lo que había cultivado con esmero. Sentí mi cuerpo frío, escuchaba ramas quebrándose dentro de mí y eran mis huesos. Luego sentí deslizarse sin esfuerzo un cuerpo helado como para ser de la misma especie. Aun así, sentí la necesidad de mirarlo y tenerlo cerca, pero ella lo arrebató de mí, antes de que pudiera tocarlo siquiera con la punta de los dedos.
—Mi niño —dije.
—También mío —repitió ella, observándolo con sus ojos grises.
Traté de enfocarlo con la mirada, pero lo que vi no era natural. ¿La belleza de lo divino era distinta a la nuestra? El cuerpo diminuto tenía extremidades desiguales, como si compitieran entre sí para encontrar su sitio. Los ojos idénticos a los de un siervo eran lo único reconocible. Entonces lo vi con amor, mi pequeño ángel, mi hijo. Yo lo alimenté, lo crie en mi vientre y esa mujer me lo iba a quitar. Me arrastré hacia ella, suplicándole. No por amor, sino por horror. Dentro de mí sabía que cometí una equivocación tan grande que ni la muerte podría borrar. Dios me había elegido para esto, había tomado mi esperanza. Vio el vacío que tenía y decidió que creciera su ángel dentro mío.
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La vieja monja caminó a la puerta y, antes de marcharse, se giró para agradecerme por mi sacrificio. Se fue llevándose a mi bebé y mirándolo como si fuera la más perfecta de las creaciones.
Yo quedé en el suelo, con el vientre vacío y el corazón lleno de dolor. Mi pequeño ángel crecería lejos de mí; pero nunca a suficiente distancia como para que pudiera olvidar de dónde salió. Nunca lo bastante lejos como para terminar con mi deseo de ser madre.
SOFÍA JAZMÍN GARCÍA HERNÁNDEZ (Cuatro Ciénegas, 2007). Egresada del CBTa No. 22, estudia Licenciatura en Administración de Recursos humanos por la UAdeC en FCA Monclova. Ha sido presidenta de la sociedad de alumnos en preparatoria, primer lugar en el concurso de oratoria de los InterCBTas 2023, Diputada juvenil del Congreso del Estado 2024 gracias a un concurso en Tiktok y autora tanto de La Tamalera como de VANGUARDIA con textos como “Mazorca perfecta” (2023), “Testimonio de la oradora” y “Audiencia en 5B” (2025).