El despilfarro y la ética climática
COMPARTIR
Debemos evitar, en la medida de lo posible, la dependencia de la energía eléctrica para la supervivencia planetaria y comprender que el uso de los recursos, aunque se puedan pagar, es un asunto de ética, no de riqueza
No puedo dejar de sentir malestar cuando en lo cercano o en lo público observo despilfarro de energía eléctrica o de agua. Difícilmente me quedo callado ante este tipo de excesos; entonces recuerdo a mi amiga y hermana Lorena San Román Joannings, al preferir ser más claro que educado.
No se trata de que quienes incurren en el despilfarro se exoneren a sí mismos bajo el argumento de que pueden pagar sus excesos; se trata de nuestro planeta y del bien común, pues lo que unos derrochan, otros lo necesitan. Me resulta inolvidable el ejemplo de la lagunera Magda Briones, cuando le pidió a una vecina en Torreón que no limpiara la banqueta a manguera abierta, a lo que ésta respondió con desparpajo que podía pagar el agua.
La humanidad está atrapada en la paradoja que subrayaba el memorable papa Francisco en “Laudato Si’”: se ha construido una cultura del descarte que desecha objetos y personas. En esa lógica parece normalizada la cultura del despilfarro, que expresa con crudeza la desigualdad climática mundial.
Mientras en ciudades prósperas los aparatos de aire acondicionado funcionan día y noche para enfriar habitaciones a veces vacías, millones de personas en zonas rurales y urbanas vulnerables deben desarrollar una resiliencia forzada para sobrevivir a temperaturas extremas. El calor se convierte en un impuesto regresivo que impacta más a los más pobres.
Yo me pregunto: ¿cuál es el punto de equilibrio en esta situación? En las escuelas públicas del norte mexicano, donde techos bajos y paredes de block convierten las aulas en verdaderos hornos, los estudiantes difícilmente pueden aprender. Hace apenas cinco décadas, enfrentábamos las inclemencias del clima con disciplina y adaptación, pero ahora ya no es lo mismo: las temperaturas van en ascenso y la infraestructura urbana no ha evolucionado a la par de la crisis climática.
Y me cuestiono también si, en el plano público, los gobiernos correspondientes podrían hacerse cargo del costo de las tarifas de electricidad de hospitales, escuelas y centros administrativos públicos. Recuerdo que hace unos años en Bustamante, Nuevo León, la Fundación Mundo Sustentable adquirió una estación para que se pudieran instalar aparatos de aire acondicionado en las aulas de una escuela primaria. Pero eso no basta si se carece de una cultura climática que oriente los horarios escolares y promueva prácticas constructivas de índole tecnológica.
La salida al problema no reside en climatizar todos los espacios en los que socializamos, sino en repensar cómo habitamos. Una real aplicación de la cultura climática sería construir viviendas y aulas con materiales locales, techos altos, ventilación cruzada y diseño bioclimático. Debemos evitar, en la medida de lo posible, la dependencia de la energía eléctrica para la supervivencia planetaria y comprender que el uso de los recursos, aunque se puedan pagar, es un asunto de ética, no de riqueza.
¿Cuánta energía eléctrica se requiere realmente para vivir dignamente y cuánta usamos por comodidad y estatus en casas que parecieran árboles de Navidad iluminados?
La canícula ya terminó para estas fechas; sin embargo, los calores persisten como antesala de lluvias intensas que podrían propiciar catástrofes climáticas. Pienso en la gente que vive cerca de las sierras o de cauces de ríos. Los despilfarros del ayer que han generado el calentamiento global estarán pasando una gran factura a las generaciones más recientes; por ello, urge llevar a la práctica la ética climática basada en una cultura muy comprensible y al alcance de todos.