Verdades y mentiras sobre los terremotos
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No temblemos con la Tierra: aprendamos a sostenernos en ella. Decidamos colectivamente si la fractura de la piedra lutita para obtener gas shale es ambientalmente correcta
En un par de ocasiones durante estancias en la Ciudad de México experimenté pequeños temblores. Para un norteño como yo, no fue una experiencia grata, aunque ocurran miles de ellos al año en territorio nacional sin que nos demos cuenta.
Ver cómo las redes sociales presentan los terremotos ocurridos en el Cono Sur y en muchos países del mundo como si sucedieran en cadena, me hace reflexionar sobre las dimensiones del miedo que estas plataformas provocan. Lo cierto es que estos fenómenos no son nuevos para la humanidad, no van en aumento ni son señales del fin del planeta. Hoy están ocupando los titulares de medios impresos, visuales y, en particular, la centralidad en redes sociales, las cuales hacen la diferencia, pues años antes no podíamos tener información de estos desastres en tiempo real.
Definitivamente, no estamos ante una cadena inédita de terremotos, pero probablemente sí ante una percepción magnificada de ellos gracias a la ansiedad cuasibipolar que nos genera la hiperconectividad.
En cuanto a nuestro país, conviene conocer los datos duros antes de lanzarnos al taburete del miedo por ignorancia. Se tiene una actividad sísmica bien documentada: en 2024 se registraron 33 mil 418 sismos, de acuerdo con el Servicio Sismológico Nacional. En los primeros ocho meses de 2025 sucedieron 21 mil movimientos telúricos. ¿Qué tal estos datos? Esto confirma que la sismicidad es parte del sello geológico del territorio mexicano.
Si se citan datos a nivel regional del país, por ejemplo, en el estado de Baja California Sur, coronada con la bella La Paz, se han registrado secuencias sísmicas tipo enjambre, como las ocurridas en Los Cabos, ocasionadas por las variaciones de presión en el subsuelo luego de lluvias inusualmente intensas. El sistema terrestre es más inestable que una adolescente femenina eligiendo la ropa a ponerse, o un adolescente masculino decidiendo si buscar o no conversación con la chica de sus sueños.
Ante este panorama, es lógico que las redes sísmicas de México tengan una gran cantidad de temblores. En la región del noroeste, con cuatro décadas de registros de movimientos telúricos, la interacción entre las placas del Pacífico y Norteamérica –que incluyen la famosa Falla de San Andrés (¿quién no ha visto una fotografía de esta?)– provoca una actividad constante.
Pero la aparente secuencia global de movimientos telúricos no es el preámbulo de una hecatombe mundial. Así que evitemos los miedos gratuitos: los terremotos ocurren, pero podemos encararlos con serenidad.
Habrá más terremotos en México; la pregunta es ¿cómo los enfrentaremos? Es aquí donde la inteligencia colectiva, que tanto cito en esta columna editorial, puede presentar una plataforma de oportunidades si logramos construir una cultura sísmica.
No nos asustemos al enterarnos en segundos de sismos que ocurren en Japón, Perú y Turquía. Nuestra Tierra siempre ha vibrado de este modo. Lo que resulta nuevo y peligroso es que nos expongamos emocionalmente a eventos que ocurren fuera del territorio nacional, porque en México no se cantan nada mal las “quebraditas” del planeta.
En el norte de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, aunque para fortuna no estemos en la zona del Pacífico, seguramente habrá temblores por las actividades del fracking. Pero que ningún sismo de la Tierra nos sepulte; esto más bien debe movernos a proteger nuestro patrimonio común.
No temblemos con la Tierra: aprendamos a sostenernos en ella. Decidamos colectivamente si la fractura de la piedra lutita para obtener gas shale es ambientalmente correcta. Que cuando se nos pregunte si estamos de acuerdo en esta práctica, digamos libremente lo que pensamos.