El Día de las Madres frente a la ausencia de hijas e hijos: ¿Qué significa festejar en un país de personas desaparecidas?

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Opinión
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Esta columna está dedicada a las madres que continúan buscando y a aquellas que se quedaron en el camino

El Día de las Madres tiene un origen que refleja distintos procesos sociales y culturales en torno a la figura materna. Sus primeros antecedentes se ubican en Estados Unidos en el siglo 19, con iniciativas impulsadas por mujeres como Julia Ward Howe y después Anna Jarvis, quienes organizaron encuentros para reflexionar sobre el papel de las madres, especialmente en un contexto marcado por la guerra. Estas actividades surgieron a partir de las experiencias de mujeres afectadas por conflictos como la Guerra de Secesión, lo que dio a la maternidad un sentido más colectivo.

Con el tiempo, estas iniciativas fueron cambiando hasta convertirse en una conmemoración más formal. Bajo la inspiración de estos antecedentes, se promovió la idea de dedicar un día especial a las madres, estableciendo su celebración el segundo domingo de mayo en Estados Unidos. Además, su reconocimiento se fortaleció con el apoyo político, lo que permitió que esta fecha se extendiera a otros países.

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En México, esta celebración comenzó a difundirse en 1922 a través del periódico Excélsior, lo que impulsó su adopción. Posteriormente, se promovió desde el ámbito educativo y más adelante, en 1946, se oficializó, consolidando el 10 de mayo como el Día de las Madres en el país.

Pero ¿qué implica ser madre? La maternidad no es algo estático; ha ido construyéndose históricamente, enlazándose con creencias y significados que se encuentran en constante transformación. A lo largo del tiempo, ha estado profundamente influido por factores culturales y sociales que vinculan a la mujer con la procreación y la crianza.

Estas dimensiones se entrecruzan y dan forma a una noción que durante mucho tiempo ha sido una de las principales bases de la autodefinición de las mujeres, incluso para aquellas que no son madres. En la actualidad, este concepto se encuentra en un proceso de cambio, donde los roles tradicionales se transforman y surgen nuevas formas de entender la experiencia de ser mujer y madre.

Sin embargo, esta construcción simbólica contrasta profundamente con la realidad de muchas mujeres en México y América Latina, que viven la maternidad atravesada por la violencia, específicamente por el fenómeno de la desaparición de sus hijas e hijos. En estos contextos, la maternidad ha dejado de limitarse al ámbito privado para irrumpir en el espacio público y político. Las madres buscadoras han transformado el dolor en acción colectiva, organizándose, exigiendo verdad, justicia y memoria, e interpelando directamente al Estado.

El deseo de saber se convierte en una fuerza que moviliza cuerpos, emociones y saberes. Estas maternidades dejan de ser únicamente un rol social para convertirse en una forma de resistencia. No sólo enfrentan la desaparición de sus hijas e hijos, sino también múltiples violencias institucionales: la negligencia, los obstáculos para buscar y la falta de respuestas. A pesar de ello, su conocimiento y experiencia han sido fundamentales para impulsar procesos de búsqueda en contextos donde el Estado ha sido insuficiente.

En este escenario, la maternidad se redefine; ya no es sólo cuidado en el hogar, sino también lucha en el espacio público. Muchas mujeres han sido empujadas por la violencia a recorrer caminos que nunca imaginaron, convirtiéndose en actoras centrales en la exigencia de justicia. La deuda hacia ellas es interminable. El paso del tiempo no trae respuestas y, lamentablemente, muchas madres han muerto sin saber qué ocurrió con sus hijas e hijos.

Pero no sólo mueren por el paso del tiempo, también mueren a causa de la violencia que se ha encargado de perseguirlas, amenazarlas e incluso asesinarlas por buscar. En este contexto, hay desapariciones que no ocurren una sola vez, sino dos, tres o más: se repiten en la ausencia prolongada, en la falta de verdad, en la revictimización institucional y en la violencia que alcanza también a quienes buscan.

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La realidad es que ninguna madre debería buscar a sus hijas e hijos, que todas deberían estar con su familia; la búsqueda es una obligación del Estado. Sin embargo, en la práctica, la búsqueda se desplaza hacia ellas. El mandato de que una madre debe cuidar sin dudarlo termina siendo utilizado de forma cruel y el amor materno se vuelve un recurso que el propio Estado explota, asumiendo que las madres buscarán de cualquier manera porque son sus hijas e hijos. Ahí opera el estereotipo: se sabe que las madres harían todo por sus hijas e hijos, y esa certeza termina justificando la ausencia o insuficiencia estatal en la búsqueda.

Por ello, el Día de las Madres adquiere un significado distinto en un país marcado por la desaparición. Mientras para muchas personas es una fecha de celebración, para otras es un recordatorio profundo de la ausencia. Esta columna está dedicada a las madres que continúan buscando y a aquellas que se quedaron en el camino.

Ser madre en México hoy significa buscar a tu hija o hijo desaparecido, pasar un día de celebración tomando las calles exigiendo justicia por quienes no están. Porque en un contexto donde la ausencia domina y la negligencia persiste, para muchas no hay nada que celebrar en un país con más de 133 mil personas desaparecidas.

La autora es investigadora de la Academia Interamericana de Derechos Humanos

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH

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