El estilita

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Opinión
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Un día del año 459 amaneció muerto. La gente bajó su cuerpo de la columna y lo llevó en cortejo hasta su sepultura

“Estilita” escribí, que no “estilista”. Un estilista es aquel que cuida el estilo, es decir, la forma. En el boxeo se dice que un peleador es estilista cuando muestra elegancia en el arte de la defensa y el ataque. Lo opuesto de estilista es “ponchador”. Ese adjetivo se aplica al púgil que no se cuida de las formas, sino tan sólo de aniquilar a su rival a puñetazo limpio. Raúl “El Ratón” Macías era un estilista; “El Púas” Olivares fue un ponchador. El mismo criterio se aplica a la literatura. En este caso, Góngora, Flaubert y Darío serían estilistas; Quevedo, Zola y Díaz Mirón serían ponchadores. Actualmente, un estilista es alguien que peina a los demás.

Éste era un rey

Cosa muy diferente de un estilista es un estilita. Estilistas hay muchos; estilitas nomás conozco uno. Es San Simeón, llamado precisamente “El Estilita”. Ese santo varón nació en 387, o sea, hace un chingo de años. La Iglesia lo considera flor de santidad, pero en mi humilde opinión, el hombre más bien estaba loco de atar. La santidad y la locura andan tan cerca una de la otra que a veces no es fácil distinguir entre ellas. Simeón era árabe, y pastor. Quizá los ardientes soles del desierto le secaron la sesera; el caso es que siempre andaba haciendo pendejadas. Entró de novicio en un convento. La aspérrima regla de la orden le pareció a él laxa, relajada. Entonces cavó un pozo en la huerta del convento y se enterró en él hasta la cintura. Ahí se estuvo dos años, háganme ustedes el refabrón cavor. Quién sabe cómo le haría para desahogar ciertas cosas de la cintura para abajo que se deben hacer sin estorbos. Eso la Santa Iglesia no lo explica.

Los monjes, hartos de sus extravagancias, lo expulsaron de la comunidad. En eso anduvieron atinados, pues las locuras de Simeón atraían a cantidad de turistas, y los frailes habían perdido la tranquilidad, como ahora los venecianos. Le pidieron que se fuera con su pozo –quiero decir, con el que había cavado– a otra parte. Simeón anduvo errante algunos años. Comía solamente los domingos, y muy poco: su yantar de toda la semana –pan mojado en aceite– ocupaba el mismo espacio que un huevo de gallina.

La gente iba a mirarlo en su retiro. Él levantó cuatro paredes de piedra y luego se metió entre ellas a fin de que el personal no lo molestara. Pero los visitantes trepaban por los muros o lo atisbaban a través de grietas en las paredes. Entonces Simeón huyó. Fue a dar a una aldea llamada Tel-Neshín. Ahí tuvo su mayor ocurrencia, la más peregrina y de más fama. Hizo levantar una columna en el centro de la plaza y luego subió a ella para que no lo pudiera alcanzar el roce humano.

Al paso del tiempo iba elevando su columna: la primera tuvo 6 metros de altura; la última alcanzaba 15. En ella duró 37 años. Cuando trepó, tenía 35 de edad. Un día del año 459 amaneció muerto. La gente bajó su cuerpo de la columna y lo llevó en cortejo hasta su sepultura. Narró un cronista: “Por el camino los sacerdotes iban quemando incienso y otras sustancias odoríferas”. Me lo explico: no quiero ni pensar a qué olería aquel bendito santo.

Tres palabritas

Luis Buñuel hizo una película inspirada en la vida de este hombre singular. Se llama “Simón del desierto”, con Claudio Brook, si la memoria no me engaña, en el papel central. Lo mejor del film es Silvia Pinal, entonces en flor de juventud. En una de las escenas capitales, la actriz deja ver su maravilloso busto, natural, no como los que ahora se fabrican.

La Iglesia dice que muchos hombres están en el infierno por haberse apartado de Dios. Yo, algo herético, me atrevo a aventurar que Simeón está en el infierno por haberse apartado de su prójimo.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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