El fin de la revolución silente de Cuba en América Latina
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La revolución dejó de ser silenciosa cuando ya no podía ser revertida. El ideal del comandante era exportar la ‘revolución silente’ a toda América Latina... Esta larga estrategia se acabó este año
En medio de su más profunda crisis económica, sin cohesión interna y con presiones externas, la dictadura cubana no tuvo más remedio que entrar en negociaciones arbitrarias, forzadas e intervencionistas con Estados Unidos para iniciar un cambio gradual, quizás siguiendo el modelo de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética, cuando ante el colapso económico implementó la Perestroika y la Glásnost para darle viabilidad al país y, probablemente, a sus propios líderes sempiternos.
Este proceso significa algo más profundo: el final de la “revolución silente” de Fidel Castro, que inspiró un modelo de intervención y penetración cubana en América Latina, cuyo objetivo fue tomar el poder con la arquitectura de la democracia para destrozarla desde adentro con tres herramientas: corromper a las Fuerzas Armadas –mediante su involucramiento en tareas no militares–, apoderarse del Poder Judicial y conectar el poder político con el narcotráfico. El enemigo siempre fue Estados Unidos, sirviéndose de presidentes útiles en la región para esos fines.
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Durante largo tiempo, la autoría de ese modelo se le adjudicó al presidente venezolano Hugo Chávez y, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador siguió sus pasos, se le comparó con el autócrata de Caracas, sin verse que, en el fondo, el diseño era cubano. Los rusos se sumaron al proyecto a principios de siglo y poco después lo hicieron los chinos. Estos proporcionaban drogas; la inteligencia cubana trabajaba para que gobiernos afines y sus activos en la región facilitaran el engarce con el crimen organizado, mientras los rusos daban cobertura con operaciones psicológicas y una maquinaria de propaganda eficaz.
La “revolución silente”, a nivel doméstico, no fue un concepto formal ni un programa explícito anunciado como tal, sino una estrategia política gradual, deliberada y opaca, con la que Castro concentró el poder absoluto y transformó el Estado cubano sin provocar una ruptura inmediata que pudiera generar resistencias internas o una reacción externa temprana, particularmente de Estados Unidos. En términos políticos, fue la revolución dentro de la revolución.
El engaño era fundacional. Cuando la revolución castrista triunfó en 1959, Fidel no se presentó como comunista. Su discurso inicial fue nacionalista, moralista y democrático: restaurar la Constitución de 1940, combatir la corrupción y devolver el poder al pueblo. Ese relato tranquilizó a amplios sectores de la sociedad cubana, a empresarios, a la Iglesia y a Washington. Mientras tanto, el núcleo revolucionario ya tenía claro el rumbo autoritario y estalinista del proceso. El silencio ideológico fue una herramienta, no una ambigüedad.
La toma progresiva del Estado tuvo su estrategia. Neutralizó a los aliados incómodos que no compartían la radicalización. Logró el control de las Fuerzas Armadas, porque sin el monopolio de las armas no había poder duradero, asegurando la lealtad militar con privilegios y negocios. Entonces vino el desmantelamiento institucional, creando tribunales revolucionarios, realizando purgas burocráticas y sustituyó el Estado de derecho por decretos y leyes revolucionarias. Cooptó o destruyó a la prensa, primero con presión, luego con la censura y finalmente instalando un monopolio informativo. Todo esto ocurrió sin una declaración formal de dictadura, pero que se construyó mientras se hablaba de justicia y transición.
Sólo cuando el poder ya estaba consolidado, Fidel declaró en 1961 el carácter socialista de la Revolución. Para entonces, la oposición ya estaba desarticulada, el control territorial militar era total, el exilio había comenzado y la dependencia de la Unión Soviética estaba sellada. La revolución dejó de ser silenciosa cuando ya no podía ser revertida. El ideal del comandante era exportar la “revolución silente” a toda América Latina, que tuviera la eficiencia que no tuvo la concepción militarista del Ché Guevara de “crear dos, tres, muchos Vietnam” para enfrentar al imperialismo estadounidense.
La “revolución silente” comenzó su marcha firme cuando Chávez llegó al poder en febrero de 1999 y concluyó el primer día de este año ahí mismo, con el desmantelamiento del modelo que operaba desde Caracas bajo los auspicios del presidente Nicolás Maduro. En esa operación, Estados Unidos acabó con las fábricas de armamento y drones de Irán, cortó el control de Rusia sobre las Fuerzas Armadas, rompió las rutas de abasto de tierras raras para China y, sobre todo, desmadejó la inteligencia cubana que manejaba el aparato de espionaje del Ministerio del Interior, donde su titular, Diosdado Cabello, administraba el narcotráfico y los paramilitares para reprimir.
El golpe a la inteligencia cubana en Caracas fue fundamental. Varias decenas de agentes, miles, quedaron atrapados, hasta que salieron en aviones rusos tras una negociación entre Washington y Moscú. Eso desencadenó expulsiones de espías cubanos en América Latina, que comenzaron a despresurizar el tema de la narcopolítica. Ecuador arrancó públicamente las acciones y expulsó a todos los diplomáticos cubanos. Colombia y Guatemala empezaron a coordinarse con Estados Unidos; ahora es el momento de Cuba, donde el régimen castrista que conocimos está de salida, al llegar el final del experimento americano y la “revolución silente”.
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El hemisferio está cambiando de piel en este reordenamiento geopolítico global. La esencia de la “revolución silente” había sido avanzar siempre un paso más allá del discurso público, probando límites, midiendo reacciones y retrocediendo tácticamente sólo cuando era necesario. No fue improvisación: fue cálculo. Castro no había gobernado con reglas, sino con correlaciones de fuerza. Construyó un sistema que nunca anunciaba cambios hasta que fueran irreversibles, mediante una política sin rendición de cuentas y con un poder aplicado más por control que por consenso.
La “revolución silente” explica por qué muchos cubanos no se dieron cuenta de que habían perdido sus libertades hasta que ya no podían recuperarlas, y por qué el castrismo logró instalar una dictadura de larga duración sin un golpe clásico ni una proclamación abierta. Lo que fue teoría durante décadas, cubanos y rusos lo llevaron a la práctica en los últimos 30 años para extenderla por toda América Latina y el Caribe.
Avanzó con éxito en los países andinos –en el Cono Sur la izquierda no era estalinista, sino democrática–, siguió con insuficiencias en Centroamérica y conquistó a México. Esta larga estrategia se acabó este año. La extinción de la “revolución silente” dejará en orfandad a otros gobiernos que fueron parte del modelo, que si no entienden lo que sucede en su entorno y recalibran sus políticas, están en riesgo de terminar tan aislados y derrotados como la dictadura cubana.