El Gran Gatsby en el Inframundo
Es el paraíso de los fideicomisos
Necrópolis, clases sociales y el rigor mortis regio. Bienvenidos al último desfile de modas. La muerte no es el final, sino el inicio de una nueva y más eterna segregación residencial. El descanso eterno inexistente. Los estados de cuenta de las cuotas de mantenimiento en las faldas de la Sierra Madre convencen en convertir cenizas los recuerdos corpóreos. En el Nuevo León del nearshoring y la meritocracia del cabrito, el código postal sigue importando incluso cuando ya te están comiendo los gusanos.
Bajo el efecto del mezcal barato y la presión atmosférica la ciudad del odio a los peatones.
Debes comprar el boleto al más allá. Hacer el viaje sencillo.
Monterrey, el boleto de primera clase te lleva a San Pedro. El de clase económica te deja en García, donde el polvo es lo único en exceso.
En los camposantos de San Pedro, la muerte es trámite elegante. Extensión del lifestyle presumido en el Arboleda. Aquí no hay muertitos, sino ausencias distinguidas.
Las lápidas no son de cemento. Mármol de carrara brillante. Podrías usarlo de espejo para retocarte el botox antes del juicio final.
La apoteosis de la exclusividad. El silencio no es paz. Privilegio pagado en dólares. Aquí los ángeles de las estatuas tienen facciones europeas y parecen estar a punto de pedirte el INE para dejarte pasar al mausoleo.
Es el paraíso de los fideicomisos. Si el infierno existe, en San Pedro lo llaman zona no urbanizada. Aquí, hasta el pasto tiene mejor árbol genealógico.
La Nostalgia de la Aspirina
Bajando de la nube sampetrina, entramos al territorio de la clase media ingenua. Creyentes en la cultura del esfuerzo. El Panteón de Dolores en Monterrey es caos ordenado de nostalgia y smog.
El espíritu de un Gutierritos muerto en espera del aumento materializado en una tumba con forma de mini-castillo.
La diferencia social se nota en quién tiene techo de lámina galvanizada sobre su tumba y quién solo tiene un florero de plástico de la Coca-Cola.
En San Nicolás, el orden es casi militar.
Con ese cinismo de saber, aunque el pasto esté perfectamente cortado, el ruido de los tráileres por la Avenida Universidad te va a despertar cada cinco minutos de tu sueño eterno.
Es la muerte aspiracional. El difunto quería ser enterrado en San Pedro, pero el presupuesto solo le alcanzó para estar cerca de la UANL. La esperanza de algún estudiante de arquitectura le diseñe un mausoleo por puro servicio social.
El Purgatorio Industrial
En Guadalupe, la muerte tiene el desparpajo de carne asada de domingo. Las cruces están adornadas con globos metálicos diciendo “Te extrañamos, Junior” y flores de plástico sobrevivientes al apocalipsis nuclear.
Monterrey profundo, el de la Ruta 223. Aquí la muerte es ruidosa, popular y democrática solo dentro de su propio estrato.
Apodaca, necrópolis de la maquila. Los panteones parecen extensiones de los parques industriales. Las tumbas están alineadas con la eficiencia de una línea de producción coreana.
Es realismo sucio.
Aquí no se viene a descansar, se viene a cumplir el último turno.
El aire huele a caucho quemado y a esperanza marchita. Donde los muertos parecen estar esperando el favor de sellarles la tarjeta de salida.
El Salvaje Oeste del Olvido
Las tierras del olvido. Escobedo y García, limbo del polvo. La muerte es austera, casi punk. En García, los cementerios tienen ese aire de frontera donde el viento se lleva hasta los epitafios. Es el territorio en un camión sin paso. El final de la línea donde el concreto se acaba y empieza el desierto.
No hay monumentos al ego. Hay piedras, tierra y la certeza del progreso es mito contado en las oficinas de gobierno. En García, si te descuidas, el viento te entierra antes de llegar al hoyo.
El cinismo total. La ciudad crece hacia arriba en el centro. Hacia el olvido en la periferia.
La muerte en Nuevo León es el espejo de vida.
Centro comercial donde algunos tienen tarjeta platino y otros solo entran a mirar. La comunión de los santos a la segregación de los difuntos. El capitalismo regio es tan eficiente.
Polvo eres y en polvo te convertirás, depende enteramente de cuántas hectáreas de mármol puedas costear.
Al final, los gusanos de San Pedro y los de Escobedo terminarán comiendo lo mismo. En San Pedro seguramente tendrán sabor a vino tinto caro. Los de Escobedo a sudor y cerveza de oferta.
Al menos en la panza de los bichos, por fin, habrá igualdad.