El latido del tecuán
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Por: Gina Alexandra Zúñiga Martínez
Isabela llevaba meses sintiendo que su piel le quedaba estrecha. En sueños corría entre la selva con garras y colmillos, oliendo el miedo a kilómetros de distancia. No lo confesaba, pero lo sabía. No se sentía humana: Jaguar por dentro, mujer por fuera. Y aquella noche en específico se sentía más felina que otra cosa.
Su hogar estaba en el sur de México, donde la neblina baja lentamente y las campanas suenan más como advertencia que como celebración; era Zitlala en 1887. Ahí las casas de adobe parecían inclinarse unas hacia otras para murmurar secretos; las calles empedradas guardaban huellas que no siempre eran humanas.
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Y es que decían que durante las fiestas patronales aparecían los tecuanes, hombres con máscara de jaguar que danzaban representando la cacería. Pero algunos sabían la verdad: no todos fingían ser bestias.
Esa noche la procesión avanzaba entre velas. Las máscaras de tecuán/jaguar brillaban bajo la luna como si estuvieran vivas. Los hombres golpeaban tambores con una cadencia que parecía latido. Entre ellos estaba Sebastián. Vestía traje oscuro al estilo victoriano, con chaleco ajustado y bastón de madera negra. Pero bajo la máscara bordada de jaguar, sus ojos no eran de humano, eran de depredador.
Isabela lo vio y sintió el llamado antiguo.
—¿Quenin tiitztoc? (¿estás bien?) —susurró él en náhuatl, con voz apenas audible.
Ella respondió con un leve asentimiento: “Cualli”. Quería decir que estaba bien, aunque no lo estaba. Porque ella había sido prometida a un hombre cruel, un caballero que la arrastraba lentamente hacia un destino sin retorno, y Sebastián lo sabía.
La música subió de intensidad. Los tecuanes comenzaron a representar la cacería ritual, azotándose unos a otros como si la sangre pudiera purificar la tierra. El pueblo gritaba, celebrando; pero Sebastián no celebraba. En cambio, miraba a Isabela desde la penumbra con el pecho ardiendo, y en su interior rugía un pensamiento imposible, prohibido, casi blasfemo: “La amaba tanto que quisiera tener el poder de un dios para arrebatarla del peligroso camino en que se hallaba”.
El viento sopló con violencia. Las velas se apagaron una a una y alguien gritó. Dicen que esa noche un jaguar verdadero apareció entre la multitud, no uno con máscara ni de teatro, sino uno real. Los hombres corrieron, la música cesó y la luna quedó descubierta, blanca como un hueso.
Cuando el caos terminó, el caballero prometido a Isabela estaba inconsciente, marcado por garras profundas. Nadie pudo explicar qué ocurrió. Algunos juraron escuchar un susurro antiguo diciendo “Tēotl”, como si un espíritu protector hubiera intervenido.
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Isabela desapareció esa misma madrugada, Sebastián también. Desde entonces, cuando llegan las fiestas patronales a Zitlala, hay quienes aseguran ver dos sombras entre los cerros. No parecen humanas, caminan juntas y se mueven con elegancia salvaje. Y si miras demasiado tiempo a los ojos de una máscara de tecuán podrías notar que parpadea. Porque hay amores que no se confiesan, se transforman.
GINA ALEXANDRA ZÚÑIGA MARTÍNEZ (Cuatro Ciénegas, 2008). Cursa el sexto semestre de la carrera de Técnico Agropecuario del CBTa No. 22. Desde pequeña ha tenido la intriga de la literatura y ficción, especialmente por la posibilidad de crear nuevos mundos a través de las historias. Ganó un campeonato nacional en baile ballet/contemporáneo. Escribió “El latido del tecuán” a partir de una actividad escolar, motivada por su interés en explorar aspectos culturales que despertaron su imaginación. En el futuro le gustaría estudiar docencia o psicología con el objetivo de comprender mejor a las personas y compartir conocimientos.