El mejor de los mundos posibles es ahora

Opinión
/ 12 enero 2026

Por más que insistan en pintarle un presente catastrófico, nunca habíamos estado tan bien como al día de hoy. Así como lo lee: tan bien, hablando siempre en términos globales

Tal vez se ha preguntado alguna vez en qué otra época de la historia le habría gustado vivir, y muy probablemente hasta tiene su respuesta, influida por sus lecturas, el arte, los documentales o películas que haya visto relativos a ese periodo que usted románticamente ha idealizado.

Piénselo y haga el ejercicio: a algunos les seduce la Inglaterra de los Tudor; a otros les deslumbra la gloria del Imperio Romano; hay quienes se sienten atraídos por la Era Victoriana, por el Porfiriato, la Conquista del Oeste, el Verano Hippie del Amor del 67 y uno que otro masoquista querrá, por pura nostalgia, revivir el Error de Diciembre del 94 del doctor Zedillo... No falta el depravado.

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Pues déjeme decirle a todos y cada uno de los “consultados” que están locos, completamente chiflados. Si el mundo actual le parece horrible y a ratos la existencia insoportable, sólo trate de imaginar lo que era antes de, digamos, las instalaciones sanitarias (agua corriente, drenaje y baño con papel sanitario), antes de la electricidad; de las vacunas, la anestesia y la penicilina; antes de los métodos anticonceptivos, antes del equipaje con rueditas y las aerolíneas económicas; antes del sufragio universal y, desde luego, antes del cada vez más echado a perder –pero aún valioso– internet.

No se habla de esto a menudo y es raro que hagamos conciencia de ello, porque, aunque no lo parezca, vivimos en el mejor de los mundos posibles. El problema es que no es un mundo perfecto y que los beneficios de la modernidad nunca han alcanzado una cobertura universal del 100 por ciento. Aun así, nunca antes tantos seres humanos tuvimos acceso a la salud y la sanidad, a dietas tan ricas, variadas y calóricas; el conocimiento, las artes y el entretenimiento nunca fueron tan accesibles; los derechos humanos nunca fueron tan ampliamente reconocidos, y la vida y la libertad nunca se defendieron como se hace hoy.

Que le habría gustado conocer la Francia de los Luises, dice... ¿Sabe usted a lo que olían todos en la corte? ¿Y sabe cuáles eran sus posibilidades de sobrevivir al más anodino tratamiento médico? Las mismas que tendríamos nosotros sin las farmacias del Dr. Simi.

Por más que insistan en pintarle un presente catastrófico, nunca habíamos estado tan bien como al día de hoy. Así como lo lee: tan bien, hablando siempre en términos globales.

Cualquiera que le hable de un idílico pasado, bucólico, más natural y sencillo, es un maldito ignorante que seguro repela de “los peligrosos conservadores” (los de la comida, no de los que hablan AMLO y su vocera) o de “esos transgénicos del ‘deablo’”. Siendo que los conservadores nos han permitido ampliar nuestra dieta más allá de lo que ningún antepasado pudo soñar y los “trans” (los transgénicos, no los transgéneros, ojo) han posibilitado la alimentación de naciones enteras castigadas por la naturaleza o las políticas de sus gobernantes, por eso la oposición de los ambientalistas es la más retrógrada, egoísta e ignorante forma de activismo que hay.

Ni ahondemos en el acceso a la información y al conocimiento, o en la posibilidad de estar comunicados desde cualquier parte del mundo. Hasta hace un siglo la música era un lujo raro, de ocasiones especiales, mientras hoy tenemos un catálogo infinito de contenidos en nuestro móvil.

Finalmente, el paquete de derechos con el que nacemos nos es tan intrínseco que aun los peores tiranos se tienen que inventar toda suerte de excusas y maromas discursivas cuando quieren hacerlos a un lado. Lo hacen, sí, pero hasta ellos saben que está mal.

Y nunca antes se ponderaron tanto valores como igualdad, libertad y democracia, Tan sólo considere que hasta en la Biblia la esclavitud y la servidumbre formaban parte del Plan Divino, o que la emancipación de los esclavos en nuestro continente no tiene 200 años.

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Hoy damos por sentados todos esos bienes que heredamos de luchas pasadas, y nos resultan tan naturales que dejamos de apreciarlos y hasta de percibirlos. Todo ese bienestar está en juego.

Se suponía que el gran reto para el siglo 21 era hacer llegar estos beneficios a toda la población mundial. En cambio, la lucha se ha tornado para que no nos los arrebaten en los países que se supone los teníamos ya ganados como derechos inalienables, países que en su conjunto constituían el bloque de defensa de estos principios y valores.

Y Donald Trump no es quien vino a cambiar el orden mundial (lo repetiré cuantas veces sea necesario). Al contrario, fue el cambio de orden mundial lo que posibilitó la llegada del esperpéntico magnate anaranjado a la Casa Blanca y le permite gobernar (es un decir) con la caprichosa veleidosidad de un niño bipolar con TDAH.

No fue Trump el primer presidente en cuestionar la efectividad de las vacunas. Antes que él, AMLO dijo que el COVID se podía tratar con Vick’s VapoRub... Y así como opinó de asuntos médicos, también estableció una política de transgénicos que busca regresar la agricultura mexicana al siglo 16; y así sobre el abasto de medicamentos, sobre la extracción petrolera y sobre la infraestructura que, “según él”, el país necesitaba (todo corrupción aparte).

Pero el peligro no está ni siquiera en las opiniones y decisiones de los gobernantes, sino en que normalizan la idea de que la ciencia es discutible o que la opinión de alguien con poder político está por encima del conocimiento, de la ciencia, de la Historia y de la verdad.

En China, en esa China que algunos admiran como modelo de prosperidad, las libertades civiles son inexistentes. Tienen su propio internet interno, sin conexión ni relación con el del resto del mundo, y más se tarda un ciudadano en hacer un chiste sobre Xi Winnie Pooh Jinping, que la policía en tirarle la puerta. Y desde luego que no estamos en esa liga, pero casos como el de “Dato Protegido” o el de Rafael “Latifa” León Segovia (periodista veracruzano acusado de terrorismo) son una magnífica antesala de lo que estaríamos por ver.

Le vengo diciendo, nuestros recientes gobiernos populistas de todos los rincones del planeta han venido pateando los organismos mundiales e instancias supranacionales porque les resultan un estorbo para el ejercicio del poder absoluto que busca todo líder fascista, sea de derecha o de izquierda, posturas que, por cierto, de tan manidas dejaron de tener significado entre la población.

Pero la lucha no es entre izquierda o derecha; como tampoco es entre el viejo bloque comunista y el imperio capitalista (le juro que hay mucho necio seguro de que aún se está librando esa batalla). Tampoco es una lucha de identidades, como tampoco lo es por la soberanía de los pueblos, como afirman los demagogos.

La lucha es por preservar cosas tan elementales como el orden, la justicia, la Constitución y el Estado de derecho... bienes de los que nos despedimos el año pasado en México, cortesía de la reforma judicial y la elección de los acordeones.

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Todo está conectado, todo forma parte de una misma amenaza: la destrucción del orden mundial post Segunda Guerra Mundial para que una élite de oligarcas se aplaste en el poder por tiempo indefinido.

Esta casa editorial sufrió un nuevo embate, síntoma de la destrucción de los principios de libertad que venimos atestiguando aquí y allá por todo el planeta.

¿Ganaremos? Muy probablemente, pero no sé cuándo, ni a qué costo. Aun así, pese a que enfrentamos una de las mayores amenazas de la Historia, sigo creyendo que vivimos en la mejor época posible de todas.

Columna: Nación Petatiux

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