El misterio musical: Monteverdi, Orfeo y el nacimiento de la ópera
La música jamás volvería a sonar igual. A partir de Monteverdi, la línea melódica de la voz expresa emocionalmente lo que requiere la letra
El 25 de octubre se celebró el Día Mundial de la Ópera. La fecha fue seleccionada por ser el cumpleaños de Georges Bizet (1838-1875) –compositor de la ópera Carmen (1875)–, y busca promover el valor y el impacto positivo de este género musical en la sociedad, como la tolerancia, la apertura a perspectivas distintas y sensibilizar a su público con emociones de carácter universal.
Para comprender la relevancia de la ópera, debemos remontarnos a inicios del siglo 17, a la transición entre el Renacimiento y el Barroco musical.
Durante el Renacimiento, el motete y el madrigal eran los dos géneros musicales vocales más importantes. El primero era de carácter sagrado y generalmente en latín; el segundo, profano y en lenguas vernáculas. Ambos se ceñían a un contrapunto riguroso, es decir, líneas melódicas independientes que guardan una estricta relación armónica entre ellas, con patrones matemáticamente proporcionales y bien definidos. Estas reglas generaban una música de formas equilibradas.
En 1605, el compositor italiano Claudio Monteverdi (1567-1643) transformó radicalmente el género con su “Quinto Libro de Madrigales”, pues lo dotó de mayor expresividad mediante la introducción del bajo continuo –un acompañamiento de una línea de bajo con improvisaciones, generalmente a cargo de instrumentos como el clavecín, el laúd, el violoncello, la viola da gamba u otro instrumento grave– y el uso de disonancias; además, privilegiaba la expresividad melódica sobre las reglas tradicionales del contrapunto.
La publicación de esta obra conmocionó al medio musical de la época, especialmente al teórico Giovanni Artusi, quien ya había arremetido contra el estilo de Monteverdi. Artusi atacó al compositor por abusar de exageraciones emotivas, romper con las leyes naturales del contrapunto y ser un hereje contra la tradición musical de entonces. En su defensa, el revolucionario compositor definió que su música obedecía a una seconda pratica (segunda práctica) más afín a la expresividad, mientras que la del Renacimiento era una prima pratica (primera práctica), más mesurada y adecuada para la música sacra.
Si para Artusi la música era un orden natural inmutable con reglas fijas, para Monteverdi ésta debía estar al servicio del texto y las emociones: “La palabra, con todos sus valores, debe ser determinante. No debe estar sometida a la música, cuya misión es acentuar la fuerza expresiva de la primera”.
Así, se abrió el telón del Barroco para la música.
Dos años después, la seconda pratica conduciría al estreno de “La Fábula de Orfeo” (1607), de Monteverdi, en el palacio de Mantua. La obra que cortó el listón de la ópera como género. La primera ópera narra la infructuosa aventura de Orfeo al inframundo para rescatar a su fallecida amada Eurídice.
No fue casual que el genio de Monteverdi escogiera la figura de Orfeo –el héroe mítico musical por antonomasia– para transformar la forma en la que toda la humanidad escucharía la música en la posteridad.
Orfeo fue un héroe tracio, hijo de Eagro (o de Apolo, en otras fuentes) y de Calíope, musa de la poesía épica y la elocuencia. Se decía que Orfeo era el padre del canto y que con su bella voz y su lira podía apaciguar a todos los humanos y animales, amansando incluso a Cerbero, custodio del inframundo. Orfeo tenía el don de moldear a la perfección el sonido respecto a las distintas emociones.
La música jamás volvería a sonar igual. A partir de Monteverdi, la línea melódica de la voz expresa emocionalmente lo que requiere la letra. Toda la tradición de música vocal posterior, desde el pop hasta el heavy metal, está en deuda con Monteverdi.
El encuentro entre la emotividad y el sonido musical que buscó problematizar Monteverdi en su ópera prima con la figura de Orfeo es la indagación misma sobre la esencia de la música. Un encuentro que, por más que se intente penetrar, mantiene su misterio.
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