Kierkegaard y la carencia de dificultad
La IA debe ser una herramienta de apoyo, no un sustituto del discernimiento humano
“Por amor a la humanidad, por mi desesperación a causa de mi incómodo predicamento por no haber logrado nada y de ser incapaz de volver algo más fácil de lo que ya es, por genuino interés por aquellos que todo lo vuelven más fácil, por todo ello he llegado a comprender que éste es mi deber: crear dificultades por todas partes”.
Søren A. Kierkegaard (“Postscriptum no científico y definitivo a ‘Migajas filosóficas’)
Søren Aabye Kierkegaard (1813-1855) fue un maestro de la ironía, a la cual solía recurrir para invitar a la reflexión. El escritor danés se inspiró en la agudeza de Sócrates y en su clásico “Yo sólo sé que no sé nada” para evidenciar un resquebrajamiento entre lo ideal –como se cree que debe ser el mundo– y lo concreto de la realidad. Al exponer esta brecha, Kierkegaard busca que el individuo se comprometa apasionadamente con una forma auténtica y personal de vivir.
El libro “Postscriptum no científico y definitivo a ‘Migajas Filosóficas’” (1846) ejemplifica la maestría en el uso de la ironía por parte del danés, pues lo que debía ser un simple comentario posterior a las “Migajas Filosóficas o un poco de Filosofía” (1844) –libro cercano a las 100 páginas–, terminó por ser una extensa disquisición existencial de más de 600 páginas sobre la subjetividad, la fe y la toma consciente de la libertad. El texto que supuestamente era el principal terminó por ser una breve introducción al comentario posterior, que devino en el documento fundamental.
Este es un ejemplo de las sutilezas literarias de Kierkegaard, con las cuales esconde y disfraza el sentido detrás de sus obras y nos dificulta a los lectores encontrarlo. El lector debe roer las palabras en sus libros para revelar el significado oculto. A pesar de sus intenciones veladas como escritor, en el “Postscriptum” nos concede una confesión autobiográfica para comprender su vocación literaria.
Kierkegaard, por medio de la seudonimia –ya que publicó el libro bajo la autoría de Johannes Climacus–, nos comparte que determinó dedicarse al oficio de escribir un día que estaba sentado en un café fumándose un puro. Durante estos apaciguados momentos, meditaba que “los años pasan, te vuelves un viejo sin vicio ni beneficio y nunca has emprendido nada”, mientras que otros célebres personajes en distintos ámbitos han recibido los encomios de la sociedad por “beneficiar a la humanidad haciendo cada vez más fácil la existencia”, ya sea construyendo trenes, el barco de vapor o divulgando simplificadamente en libros didácticos el pensamiento sistemático de grandes pensadores como Hegel –el filósofo de moda en la época–, que no se destacaba por la accesibilidad de sus ideas.
—¿Y tú qué estás haciendo? —se preguntó.
Prosiguió, sosegado, fumando su puro, cuando repentinamente se percató de que, debido a su limitado talento, sería incapaz de facilitarle la existencia a la humanidad; pero no por ello debía renunciar a un interés filantrópico, pues desde el mismo amor por la sociedad podría dificultarles las cosas. Incluso, considera importante complicar ciertos ámbitos de la existencia humana, ya que:
“Cuando todos se reúnen para volverlo todo más fácil de cualquier manera, resta sólo un posible peligro, a saber, que la facilidad llegue a ser tan grande que al final todo sea demasiado fácil. Así que sólo queda una carencia, pese a que nadie la haya aún percibido: la carencia de dificultad”.
La reflexión anecdótica de Kierkegaard –repleta de ironía– me recordó la situación actual con la inteligencia artificial (IA), la cual es vista por muchos como un prodigio tecnológico, como una panacea que resolverá fácilmente todos nuestros problemas, tanto en lo individual como en lo colectivo. Tenemos el caso reciente de los aspirantes a la UNAM que hicieron trampa con IA y otras tecnologías en el examen de admisión.
La IA debe ser una herramienta de apoyo, no un sustituto del discernimiento humano. En el largo plazo, esta tendencia de sustitución podría obstaculizarnos en el desempeño de las actividades cotidianas, profesionales, en nuestras relaciones personales, en la introspección y en el desarrollo político de las sociedades. El riesgo de utilizar la IA como una muleta cognitiva para la vida diaria es que, como alertó Kierkegaard hace 180 años, al haber un exceso de facilidades y una carencia de dificultades, esclerotizamos el pensamiento mismo y lo delegamos a un algoritmo homologador.
¡Sapere aude! ¡Atrévete a saber!
X: @areopago480
Correo electrónico: areopago480@gmail.com