El mundo después del reo Maduro
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Ningún país es independiente y autónomo, ni siquiera las economías poderosas, como la norteamericana
De antemano es imposible personificarse en Nicolás Maduro, dictador de Venezuela, a quien se le imputa en Estados Unidos colusión con el narcotráfico. Las pruebas sobre ese delito implican, de alguna manera, a México, independientemente de la afinidad política que el obradorismo ha suscrito desde siempre. La pregunta relevante no remite al gobierno o al dictador, sino al país: a Venezuela y también al mundo. La agresión de Estados Unidos no fue contra el régimen político —tan es así que siguen gobernando—. El embate fue al país, por el despojo de la decisión soberana sobre su riqueza petrolera y su relación con el mundo.
La soberanía es un concepto que requiere actualización en la realidad presente. La globalidad acabó hace mucho tiempo con su sentido originario. Ningún país es independiente y autónomo, ni siquiera las economías poderosas, como la norteamericana. Además, para bien, existe un régimen jurídico universal que Trump está decidido a ignorar, pero que es base de certeza y para la paz mundial.
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La imposición de aranceles ha sido aleccionadora de la interdependencia económica. Para México y Canadá, y muy especialmente para Estados Unidos, el acuerdo comercial ha ofrecido un espacio de alivio frente a lo que podría haber sido una crisis mayor por la ruptura de las cadenas de suministro si se hubieran impuesto aranceles. Trump le resta importancia, pero se trata de un ardid de negociación. Estados Unidos requiere del acuerdo comercial. En otro episodio que revela su dependencia, se advierte la manera en que China doblegó a Trump al suspender la exportación de las llamadas tierras raras, indispensables para el segmento más vanguardista de la industria norteamericana, incluida la militar.
El aislacionismo de Trump migró a imperialismo, postura implícita en su visión de Estados Unidos como autoridad indisputada en lo militar y en economía, que ha adquirido una crisis mayor no por la acción en Venezuela, sino por las pretensiones expansionistas sobre Groenlandia: una agresión a un aliado, Dinamarca, miembro de la OTAN y con una democracia ejemplar. Un ataque de Estados Unidos a un miembro de la alianza atlántica significaría el fin de ese esquema de seguridad global de las democracias, creado después de la Segunda Guerra Mundial como forma de defensa frente a los regímenes autoritarios. Trump habrá de irse pronto, pero deja un precedente sumamente peligroso para la paz mundial. Lo acontecido representa un aval a las ambiciones territoriales de China y Rusia. El mundo ya no es igual, y el quebrantador del orden es el presidente de Estados Unidos, no Putin o Xi Jinping.
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Por la amenaza que representa Trump, México —incluido Canadá— regresa a la condición de patio trasero de la casa norteamericana. También a Europa la trata como subordinada. Incluso, los acontecimientos en Estados Unidos son una venezuelización en su vertiente chavista. Los operativos del ICE se aproximan a un régimen de rasgos fascistas, porque la intolerancia e ilegalidad propias del populismo se trasladan al terreno de la violencia policiaca o militar, como documenta Federico Finchelstein en Del fascismo al populismo en la historia. Qué mejor prueba del deterioro de la legalidad cuando el Departamento de Justicia emprende acción penal contra el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, para someterlo al dictado presidencial. Un uso obsceno de la justicia penal.
Trump prescinde de la legalidad para trasladarse al terreno de la discrecionalidad a partir de una moral propia; no deja asombrar la semejanza con López Obrador. En el caso de Trump, como dice su poderoso asistente Stephen Miller, sin vacilación ni aderezo alguno, las decisiones internas y externas son expresión de la fuerza, de la hegemonía de Estados Unidos hacia el exterior y del trumpismo hacia el interior. Igual se invoca para justificar el asesinato de una ama de casa norteamericana por la policía migratoria y los operativos violentos del ICE, que para apropiarse de Groenlandia —por las buenas o por las malas—.
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El mundo transita hacia la ruptura del orden que prevaleció desde la Segunda Guerra Mundial. El paradigma democrático está amenazado por un proyecto imperialista de connotaciones fascistas, por su expresión policiaca al interior y militar en el exterior. Con Trump, su país no sólo es factor de quiebre del equilibrio global, sino amenaza en sí mismo, y sus expresiones remiten al colapso de la República de Weimar, que abrió la puerta a Hitler y al régimen nazi. Por fortuna, los contrapesos de la democracia norteamericana podrán contener a Trump.
De Venezuela, el discurso hegemónico militar se trasladó a Groenlandia. No se trataba de defender la democracia o las libertades, ni siquiera de apropiarse del petróleo, sino de una ruda expresión de fuerza, a grado tal que se permitió que el país continuara bajo el régimen chavista. Europa, el refugio más acabado de la democracia occidental, observa con estupor. La alianza atlántica es amenazada no sólo por uno de sus miembros, sino por el país que promovió su creación, un modelo que ofrecía liderazgo moral, fuerza económica y capacidad militar.