El mundo es una cascada de colores
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Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas, ya rebasamos la cifra de los 100,000 ausentes
No es una bola azul flotando en el vacío, es una piñata reventada de la que brota una cascada de colores chillones. No se confundan, no es un festival de Holi en la India. Aquí, el verde es el de los billetes ensangrentados del narco.
El negro es el de las bolsas de polietileno tiradas en brechas de Nuevo León; y el rojo, bueno, el rojo es el único color inagotable, el pigmento universal de la estupidez humana.
Nuevo León. El Cerro de la Silla tiene ojos (y no dicen nada). Empecemos por casa, donde el cabrito se marida con el miedo. En Nuevo León, la desaparición forzada se ha vuelto un deporte regional tan popular como el fútbol, pero sin trofeos. Aquí, desaparecer es un verbo transitivo que se conjugado en las carreteras que llevan a Laredo. La carretera de la muerte no es un apodo de marketing, es inventario. Mientras los políticos regios se toman selfies con camiones eléctricos y soñaban con HUBS, las madres de familia buscan tesoros donde nadie quiere encontrar. Restos óseos en las faldas de los cerros. La trata de blancas en los antros del centro de Monterrey es secreto a voces, todos bailan. Chicas que llegan buscando el sueño del norte y terminan siendo el color rosa pálido de una habitación sin ventanas. El cinismo es tal, si no hay cuerpo, no hay delito, y si no hay delito, ¡felicidades!, las estadísticas de seguridad están de maravilla.
México. La fosa grande. Somos un país de artistas. Expertos en el arte de la desaparición. Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas, ya rebasamos la cifra de los 100,000 ausentes. Una cifra redonda, estética, casi poética si no fuera porque cada número tiene un nombre, alguien grita en una plaza.
El narcotráfico y el ajuste de cuentas son la pintura retocando el mapa nacional. El amarillismo de los tabloides se queda corto. La realidad es más creativa. ¿Migración? El color de la piel de los centroamericanos se funde con el marrón del desierto mientras el crimen organizado los usa como carne de cañón o mercancía. El sueño americano es, en realidad, pesadilla daltónica donde el único color valioso es el de la moneda que pagas al coyote.
El mundo. Lenzo de pólvora. Si sacamos la lupa, el panorama global es fiesta de fuegos artificiales, pero de los vuela extremidades. En el Oriente Próximo, el tablero de ajedrez está empapado en petróleo y cinismo. La guerra de Irán contra Estados Unidos e Israel es el baile de los hipócritas. Drones zumban como mosquitos metálicos pintando el cielo de gris plomo. La geopolítica del tú me pegas, yo te respondo por medio de un tercero para no ensuciarme el traje.
Y luego está Ucrania. El azul y amarillo de su bandera se está tiñendo de un negro hollín bajo el fuego ruso. Una guerra de trincheras en pleno siglo XXI, donde la vida humana vale menos a un chip de computadora de contrabando. La operación especial es, en términos llanos, un matadero con calefacción averiada.
Gaza. El Periodismo va a morir. Pero si buscan el color del sacrificio absoluto, miren hacia la Franja de Gaza. Ahí, el chaleco azul con la palabra “PRESS” se ha convertido en una diana. Es irónico. En la era de la información, lo más perseguible es al informante. La incursión militar de Israel ha dejado un saldo para palidecer a cualquier corresponsal de guerra de la vieja guardia. Gaza es hoy el lugar más peligroso del mundo para sostener una cámara. Los periodistas no mueren por accidentes de tráfico; caen bajo el acero de una precisión quirúrgica. Parece tener alergia a la verdad. Es el sensacionalismo de la muerte en vivo, transmitido por TikTok mientras el mundo occidental bosteza y pide otra hamburguesa. Más de cien comunicadores silenciados; el silencio, por cierto, es de un color blanco sepulcral,
El mundo es cascada de colores, sí. Despeñadero cayendo directo al desagüe. Desapariciones, trata, guerras por ego, periodistas ejecutados. La humanidad es ese niño cruel mezclando todas las acuarelas hasta solo quedar un café lodoso y sucio.
Si esta lectura le causó náuseas, felicidades. Todavía le queda un poco de color en las mejillas. A los demás, ya nos alcanzó la transparencia del olvido.