El nudo gordiano. El ocaso del coloso: Estados Unidos ante su propio espejo
Todo imperio lleva dentro de sí las semillas de su propia caída. No es una consigna retórica: es una constante histórica. Roma no cayó en un día; se fue desgastando desde dentro mientras intentaba sostener un territorio que ya no podía gobernar. España tampoco perdió su imperio de golpe; lo vio desmoronarse mientras su estructura interna se debilitaba. Hoy, ese mismo proceso se insinúa con claridad creciente en los Estados Unidos del siglo veintiuno. Mientras el mundo sigue en tiempo real cada movimiento del conflicto en Medio Oriente, aterrorizado por el alza imparable del precio del petróleo, hay algo que los mercados no miden y los noticieros apenas mencionan: el sufrimiento silencioso de millones de mujeres, niños y ancianos que no eligieron esta guerra y que la pagan con su vida cotidiana destruida.
La sociedad norteamericana enfrenta tensiones internas que ya no pueden ocultarse. Durante décadas, el llamado sueño americano ofreció movilidad social y oportunidades reales. Hoy la realidad es más dura: más de medio millón de personas viven sin hogar, millones destinan la mayor parte de sus ingresos a vivienda, salud y educación, y en ciudades como Los Ángeles, San Francisco, Chicago y Nueva York, los campamentos de indigentes y las personas viviendo en sus automóviles contradicen brutalmente la narrativa que Hollywood exportó al mundo. Como estudiante en el estado de Nueva York hace 50 años, percibí esa degradación que ya estaba presente entonces.
A raíz de la guerra, el barril de petróleo ya supera los 100 dólares, y ese número no es solo una cifra en los mercados financieros; es el precio que paga la familia trabajadora en cada tanque de gasolina, en cada producto del supermercado, en cada calefacción del invierno.
No se trata de una crisis pasajera. Desde los años ochenta, las élites desmantelaron la industria nacional y trasladaron la producción a países de mano de obra barata en Asia y América Latina. El resultado fue la destrucción sistemática de la clase media industrial, el colapso de comunidades enteras, y una dependencia tecnológica y productiva que hoy resulta estratégicamente peligrosa. Estados Unidos diseña, pero otros fabrican. Desarrolla el concepto, pero la cadena de producción concreta está en manos ajenas. Esa es la contradicción central: concentra innovación y poder financiero, pero depende de la producción externa. En tiempos de estabilidad, eso es eficiencia; en tiempos de tensión, es vulnerabilidad. Una guerra en el Golfo Pérsico no resuelve ninguna de esas fracturas internas; solamente las agrava.
La política exterior tampoco resiste el análisis honesto. El país que se autoproclamó defensor de la democracia universal derrocó gobiernos elegidos, financió dictaduras convenientes e invadió naciones bajo pretextos construidos con mentiras documentadas. La guerra contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, se justificó entre otras cosas por derrocar un gobierno teocrático, sin reconocer que ellos mismos también lo tienen, de manera indirecta. Todo lo que hacen es en nombre de su Dios, así como en Irán actúan en nombre de Alá. Para defenderse, Irán golpeó a los aliados regionales de Washington en el Golfo: Arabia Saudita, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes reciben misiles por una guerra que no eligieron. Mientras tanto, Irán ejerce control creciente sobre el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 por ciento del petróleo mundial cada día. Ese es el verdadero misil iraní capaz de llegar hasta Wall Street.
Pero hay una realidad que ningún análisis debe perder de vista: las víctimas no son los gobiernos, sino las personas. Durante mi estancia en Israel viví la angustia del conflicto en la guerra de Yom Kippur y sentí la angustia de correr hacia un refugio, la necesidad de proteger a mis hijos en medio de la incertidumbre. Esa experiencia no se olvida. Hoy, en Teherán, en Gaza, en el sur del Líbano, en las aldeas del Golfo, son las madres que cubren a sus hijos cuando suenan las sirenas. Son los ancianos que no pueden evacuar. Son los niños que no entienden por qué su escuela ya no existe. Tienen nombres, tienen edades, tienen familias que los esperaban para cenar. Ellos son las víctimas reales que no aparecen en ninguna pantalla de Bloomberg.
Mientras EE.UU. invierte miles de millones de dólares en esta guerra, olvida lo que vive su propia sociedad: aumentan cada día los sin casa, los drogadictos, los que no pueden pagar el automóvil, la hipoteca ni las colegiaturas de sus hijos. Las manifestaciones masivas de ciudadanos que ya no reconocen sus instituciones no son solo protesta circunstancial; son el síntoma de una fractura profunda que ningún líder podrá reparar con discursos. Los imperios no colapsan de forma repentina: se erosionan lentamente desde dentro hasta que su poder externo deja de corresponder a su estabilidad interna.
La historia no juzga el poder, sino su uso. Cuando se ejerce sin prudencia, sin justicia y sin consideración hacia los pueblos que cargan con sus consecuencias, se convierte en factor de desgaste irreversible. Medio Oriente es hoy el espejo donde el coloso ve reflejado su propio límite: una región que lleva más de un siglo siendo tablero de las grandes potencias y que esta vez no está dispuesta a pagar el precio en silencio. La verdadera pregunta no es si está en declive, sino si aún está a tiempo de comprenderlo.