El nudo Gordiano: Medio Oriente, la ultraderecha global y el frente de Barcelona
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El nudo de Medio Oriente sigue apretado. Ningún Alejandro ha aparecido para cortarlo: la guerra que Estados Unidos e Israel lanzaron contra Irán el 28 de febrero entra en su segundo mes con miles de muertos y con el estrecho de Ormuz abriendo y cerrándose a voluntad. Pero el sábado 18 de abril algo nuevo se dibujó en el mapa. Barcelona acogió la IV Reunión “En Defensa de la Democracia”. Pedro Sánchez recibió a delegaciones de veintiún países. Llegaron en persona Claudia Sheinbaum, Lula da Silva, Gustavo Petro, Gabriel Boric, Cyril Ramaphosa (Sudáfrica) y Mia Mottley (Barbados), entre otros. Enviaron mensajes grabados Michelle Bachelet, Bernie Sanders, Zohran Mamdani y Hillary Clinton.
Tim Walz, gobernador de Minnesota, pidió desde el escenario ayuda internacional contra lo que llamó “el fascismo de Trump”. La escena sintetizó un diagnóstico: el extremismo global no se combate con indignación, sino con gobiernos que resuelvan los problemas materiales que lo alimentan.
La reacción llegó el mismo día. Vox irrumpió en Barcelona para llamar “narcodictadores” a los presidentes latinoamericanos invitados, mientras Isabel Díaz Ayuso montaba en Madrid un acto paralelo con la opositora venezolana María Corina Machado. La ofensiva contra la Cuarta Transformación desde el PRI y el PAN reproduce los marcos de esa red: “narcoestado”, pánico de género, descalificación como “dictadura”, Venezuela como espectro permanente. Distinguir entre la crítica legítima —militarización, contrapesos y reforma judicial merecen debate abierto— y la amplificación de guiones foráneos es el trabajo intelectual más difícil del momento mexicano.
Esa red, que el académico Juan Gabriel Tokatlian llamó “Internacional Reaccionaria”, tiene infraestructura propia: CPAC y sus ediciones en Brasil, México, Argentina y Hungría; el Foro Madrid liderado por Vox, con reuniones anuales en América Latina; la Heritage Foundation y su Project 2025; la Atlas Network operando cientos de think tanks en la región. Conectores como Steve Bannon y amplificadores como Elon Musk completan la estructura. Su agenda es reconocible: antisocialismo, guerra cultural contra la “ideología de género”, endurecimiento migratorio, nacionalismo cristiano y dominio de redes sociales.
Esa red tiene un nodo donde el hilo regresa a Medio Oriente: el Likud de Netanyahu, fundado en 1973 —yo vivía en Israel—, que confluye con la ultraderecha internacional. No es solo el partido de gobierno israelí; es miembro observador de Patriots.eu, la alianza europea con el Rassemblement National y Vox. Netanyahu apareció en enero junto a Meloni, Milei, Le Pen, Salvini, Abascal y Weidel apoyando a Orbán antes de su derrota. El ministro de Defensa húngaro definió la relación con precisión: “misma familia política”. La guerra contra Irán —asesinato del líder supremo Jameneí, bombardeos sostenidos, miles de muertos— es el capítulo bélico de ese proyecto más amplio. Netanyahu la preparó durante meses con una administración Trump dispuesta a entregar luz verde, mientras las monarquías sunitas del Golfo, sin compartir ideología, capturaban la renta petrolera del conflicto.
Detrás opera una pieza que la conversación pública subestima: el sionismo cristiano evangélico estadounidense. Christians United for Israel tiene más de diez millones de miembros, más que AIPAC y más que la población judía adulta del país. El 80% de los evangélicos de Estados Unidos, una cuarta parte del electorado, cree que el Estado de Israel es cumplimiento de profecía. De allí salieron el traslado de la embajada a Jerusalén, el reconocimiento del Golán, el archivo de la solución de dos Estados y, hoy, un embajador en Tel Aviv, Mike Huckabee, que niega la existencia del pueblo palestino. Esa base, extendida al pentecostalismo brasileño y a sectores cristianos latinoamericanos, es vaso comunicante con el bolsonarismo, con Milei y con la derecha religiosa mexicana articulada en torno a figuras como Eduardo Verástegui, pieza permanente en CPAC Washington.
Por eso la presencia de Claudia Sheinbaum en Barcelona fue quirúrgica. Su primer viaje oficial a Europa cumplió tres cosas: desactivó la tensión diplomática con España sin conceder la disculpa exigida, ofreció a México como sede de la reunión de 2027 —convirtiéndolo en nodo central de la contrahegemonía progresista— e impulsó una declaración regional contra cualquier intervención militar en Cuba. Todo con un mensaje calibrado: “No es una reunión anti-Trump”. No es ingenuidad, es gestión de riesgo frente a una relación bilateral que no admite provocaciones gratuitas. Es también ruptura con el hábito priista y panista de peregrinar a Madrid con agenda neoliberal y regresar con la foto del monarca.
El nudo de Medio Oriente no se cortó el sábado. Sigue apretado, con sangre saliendo por sus fibras. Pero por primera vez en mucho tiempo se vio, del otro lado, un grupo internacional organizándose para disputarle la narrativa, los gobiernos y el sentido común. La advertencia de Sánchez aplica también a quienes se retrataron con él: el extremismo crece cuando el sistema no responde. Barcelona nombró la batalla. Falta ganarla con resultados que la gente pueda sentir antes de la próxima elección.