El precio del silencio y la sonrisa del senador
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El senador Waldo Fernández, el “ofendido” oficial en este sainete, ha adoptado un posicionamiento oscilando entre el estadista magnánimo y el político sabe cobrar sus facturas
La liturgia del perdón regio. Si la justicia fuera un mercado de pulgas, hoy habríamos presenciado la mejor subasta de la temporada. Los términos económicos del acuerdo reparatorio le devolvieron el aire de la calle a Karina Barrón no se miden solo en pesos y centavos —los hay, porque en este sistema el honor tiene factura— sino en el valor de la capitulación.
Para el juez firmar la boleta de salida, no bastó con una lagrimita de cocodrilo; hubo depositar una cifra, aunque se maneja con la discreción de una confesión religiosa, sirve para aceitar los engranajes del olvido. En México, la impunidad no es un defecto del sistema, es su razón de ser.
El senador Waldo Fernández, el “ofendido” oficial en este sainete, ha adoptado un posicionamiento oscilando entre el estadista magnánimo y el político sabe cobrar sus facturas. Al aceptar las disculpas, Waldo no solo recibe una reparación económica (seguramente irá a parar a alguna causa tan noble como mediática), sino se queda con el trofeo de guerra más preciado: el reconocimiento público de las mentiras de Karina. Fernández ha declarado el perdón es un acto de justicia, una frase tan redonda y hueca
¿Qué sigue para la “extorsionadora” si quiere ser Reina?
Para Karina Barrón, el futuro no es un juicio, es rebaneo. Ella no regresará al municipio de Monterrey como una funcionaria bajo sospecha, sino como una “víctima de persecución política”, con la frente en alto y la cartera un poco más ligera, viene a reclamar lo que considera suyo.
¿Volverá al municipio? En los pasillos de la alcaldía ya se escucha el eco de sus tacones. No vuelve a trabajar; vuelve a cobrar su derecho de piso político.
Su carrera no ha muerto; ha sido bautizada en las aguas de la impunidad negociada. Karina aún cree puede ser Alcaldesa, y lo cree porque conoce a su público. Sabe en este Monterrey de contrastes, una estancia en el penal de Escobedo puede venderse como un “doctorado en resiliencia”. Su estrategia es clara: si el sistema le permitió comprar su libertad con una disculpa, el electorado le permitirá comprar su voto con una promesa.
En esta ciudad, la verdad es una sugerencia, la justicia es una transacción y la política es el arte de convencer a los demás de que el lodo en los zapatos es, en realidad, polvo de estrellas. Ya no hay moral, solo hay éxito. Y hoy, Karina Barrón es la mujer más exitosa de Nuevo León. Ya tiene su agenda llena de eventos de campaña.