El privilegio de envejecer
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La vejez, antes vista hasta con veneración, ahora se ha convertido en un peso para algunas familias y sociedades
Para algunos resulta fácil dirigirse a las personas mayores con un trato infantil. Las palabras, las formas y las actitudes se emplean con un sentido de condescendencia. Infantilizar la manera en que se les habla a los adultos que cruzan la década de los ochenta años, si no es que menos en ciertos casos, se ha convertido en una práctica común.
En esta era, se ha dejado de lado el hábito de dirigirse hacia ellos con el respeto y la devoción de antaño. Ahora, flota en el ambiente un trato en el cual intervienen los gestos, como primer paso, pero enseguida llega algo más profundo relacionado con las decisiones alrededor de ellos.
Aislarlos de las pláticas familiares en las reuniones se configura como una de las primeras acciones. No hay cabida para sus opiniones; cada vez se les deja más ensimismados, sin participar en la conversación ni mucho menos en las decisiones que como familias se deben tomar con respecto a tal o cual asunto, sea de poca o mucha importancia.
Se repiten las preguntas de los ancianos: “¿Qué es lo que está diciendo?”, “¿De qué se ríen?”. Y la fortuna quiera que la persona que ha quedado colocada a su lado tenga la cariñosa paciencia para transmitir en voz alta lo que se dice en el resto de la mesa.
La escritora y periodista española Arantxa Urretabizkaia señala que es “la primera vez en la historia de la humanidad que una generación entera atraviesa la frontera de los ochenta”. Nos pasamos la vida, dice, repasando lo que pasó en los primeros veinte años de vida: “Yo en mi infancia esto, yo y mi madre aquello, la escuela lo de más allá”.
Pero –reflexiona– hay veinte años últimos en la vida que la ciencia ha regalado. Cita a la neuróloga italiana Rita Levi-Montalcini, ganadora del Premio Nobel de Medicina a los 100 años: “Yo me siento en la obligación de aportar vida a esos veinte años y me niego a dimitir”. Y continúa Arantxa: “A dimitir de mis responsabilidades humanas, los derechos humanos, la capacidad de decidir, de tomar tus propias decisiones, no caduca, salvo que tú dimitas”.
Al referirse al trato infantilizado que se emplea con los mayores, lo critica. Resulta muy práctico, dice, porque “los niños son sometibles y sometidos, y es muy fácil cuidar de personas sometidas”.
El derecho a decidir es invaluable. Ni las instituciones ni las familias tienen la potestad de vulnerar esa prerrogativa. Arantxa considera que debemos inventar una nueva manera de envejecer que incluya la voz y los derechos de los mayores.
Desde el momento mismo en que con eufemismos se intenta ocultar la realidad del envejecimiento, se le quiere retirar de la vida: se busca alejarlo, porque recuerda la vulnerabilidad en ciertos aspectos de la existencia. Sin embargo, la etapa es luminosa en cuanto que resulta la culminación de la experiencia, de la toma de decisiones, de alegrías y sinsabores; en fin, de todo lo que representa la vida.
Nadie tiene la potestad de vulnerar el derecho que se tiene a envejecer. Nadie debe minimizar, rebajar o burlarse de los ancianos. La vejez, antes vista hasta con veneración, ahora se ha convertido en un peso para algunas familias y sociedades.
Debiera privar el trato digno a los ancianos, que no abuelitos, en ese eufemismo edadista tan popular ahora. Un trato digno que respete sus derechos, sus decisiones y que permita entender desde su perspectiva de vida lo que a su alrededor necesita y quiere.
Cuando los hijos se van y no regresan para agradecer, comienza el primer maltrato a nuestros mayores. Cuando la sociedad se da la vuelta y regresa con palabras infantiles que nadie necesita, se completa el segundo, que no conduce al merecido trato con dignidad.