El Río y el Mar
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Cierta mañana, el Río muy enojado le dijo al Mar:
“Sé que soy insignificante para tus ojos y que eres mucho más grande que yo, pero ya estoy harto de que día tras día mis aguas te alimenten, y que tú, a pesar de tener tanta agua y de poseer una infinita variedad de peces y plantas, no compartas nada conmigo”.
En un principio las palabras del Río fueron como un zumbido de moscas para los oídos del Mar, pero pasaron los días y pensó que tal vez aquel Río tenía razón. Entonces decidió no pedirle nada más, pues desde su inmensidad creía que no lo necesitaba en lo absoluto.
Ambos, sumidos en su orgullo, construyeron barreras para impedir que sus aguas se mezclaran. El Mar comenzó a formar con sus olas una enorme pared de coral y el Río arrastró con su corriente a miles de rocas hasta formar una muralla impenetrable.
El tiempo pasó y nada fue diferente. Las barreras seguían existiendo y la soberbia en las aguas reinaba.
Con el correr de los años, el Mar se convirtió en una simple y turbia laguna, y el Río ya no era más que una corriente de agua desorganizada. Fue entonces que ambos se dieron cuenta que se necesitaban, pues de otra manera no podrían llamarse Río y Mar.
Casos similares se presentan entre los hombres. A veces pensamos que sólo damos y nada recibimos. Otras veces nos creemos superiores a los demás, asumimos que no necesitamos de nadie y que nadie merece nuestra ayuda. Esta actitud es sin duda la causa de los grandes problemas que actualmente sufre la humanidad.
Vivimos en un mundo dominado por el consumismo, en un mundo en el que el tener vale más que el ser.
Cada vez nos olvidamos más de palabras como humildad, sencillez, generosidad y caridad. Sólo pensamos en tener y tener, pero muy pocas veces consideramos la necesidad de compartir, y digo necesidad, pues la mayoría de las veces, al dar algo de corazón, nos regalamos a nosotros mismos un sentimiento de alegría y bienestar. Hemos olvidado también que el dinero no es preciso para enriquecer el alma, sino que es más bien un simple instrumento para satisfacer nuestros deseos materiales. Lo que en verdad enriquece al espíritu, es nuestra bondad y el pensar en el prójimo como en nosotros mismos.
Es triste darse cuenta que hay en México diferencias tan grandes en las clases sociales y que sin embargo, los multimillonarios poco hacen por ayudar a mejorar la vida de los que menos tienen, o si lo hacen, pocos son los que renuncian a la tentación de jactarse públicamente de ello. ¿Quién no ha visto a alguien dando limosna y que busca que los demás noten que echó en la canastita un billete grande? ¿Quién no ha sabido de señoras que organizan actividades en beneficio de los necesitados, pero que en realidad buscan reunirse a platicar y, sobre todo, que toda la comunidad se entere de que son grandes seres humanos?
Para mí es más compartida aquella persona que regala un pan cuando sólo tiene dos, que aquella que da miles de pesos, cuando en realidad tiene decenas de millones.
No estoy apoyando la falsa herencia moral de nuestro Presidente, ni mucho menos a la cruel división que ha hecho del pueblo de México: por un lado habla del pueblo bueno y sabio, y por el otro de los fifís, de los aspiracionistas, de sus adversarios y de los conservadores. Por un lado de los que están a favor de su transformación, y por el otro de los que estamos en contra de la destrucción que él ofrece.
De hecho considero que la prédica obradorista es bastante falsa e hipócrita. Si bien nos pide que seamos humildes y que nos conformemos con un par de zapatos, pero la realidad nos muestra los lujos con los que vive él en Palacio Nacional, así como uno de sus hijos con la casa gris y la camioneta Mercedes que cuesta más de un millón y medio de pesos.
Lejos de atender a lo que la 4T establece en la Guía Ética para la Transformación de México, que parece más bien un cuadernillo religioso pues nos habla del perdón, de la gratitud, de la redención, del amor y la fraternidad, debemos estar atentos a las ocasiones para ayudar a los demás, pues cada día se presentan ante nosotros en múltiples formas. Si no tenemos la capacidad para distinguir esas oportunidades, no hay problema, pues nosotros mismos podemos crearlas.
Para ayudar a los demás debemos proponérnoslo firmemente. Si logramos ver a los intereses del prójimo por encima de los nuestros, lograremos alimentar al espíritu con cada una de las buenas obras que emprendamos.
Seamos humildes y compartidos, pues de lo contrario, nuestro corazón se convertirá en una simple y turbia laguna, después de haber sido un inmenso mar.
aquientrenosvanguardia@gmail.com