El ruido como expresión de violencia urbana
El ruido urbano proviene de múltiples actividades, como el tránsito, la industria, la construcción, el comercio y establecimientos nocturnos
La violencia es un concepto que se percibe de distintas maneras, ya sea a partir del contexto, de la persona que la inflige, o de las consecuencias que provoca. Sin embargo, el común denominador es que se advierte con claridad una agresión sobre una persona o sus bienes, regularmente sensible y notoria por sus efectos.
Pero existen otras formas de violencia que, a diferencia de un golpe o de un daño contundente en los bienes de una persona, no dejan marcas visibles ni resultan tan obvias. Una de estas es la que corresponde al ruido.
Es raro que al ruido se le perciba como una expresión de violencia. Pero, cuando se torna excesivo y se presenta de manera recurrente, cuando invade los espacios reservados para la Familia, el estudio, el descanso y la recreación, deja de ser una mera incomodidad y se convierte en una verdadera forma de agresión.
Por lo general, esta forma de violencia no se realiza con la intención de afectar a alguien en particular, sino que se presenta como consecuencia de actividades propias de una ciudad, como el tránsito vehicular, la actividad industrial, la construcción, el comercio y las que se desarrollan en establecimientos como bares, palapas y salones de eventos, sobre todo por la noche.
Sin embargo, la afectación es gravosa para quien la sufre, en especial si cuenta con alguna condición de salud que le haga particularmente sensible a los sonidos fuertes. Personas con autismo o con alta sensibilidad auditiva, son comúnmente quienes más lo resienten.
Pero el espectro de afectación es bastante mayor. El silencio, o al menos un nivel de ruido bajo, es necesario para actividades que realizamos todas las personas, que van de las cotidianas como dormir, descansar, leer o estudiar, hasta otras no tan cotidianas como la meditación y la oración.
Habrá quien puede “pagar por el silencio”, es decir, quien tiene oportunidad de costearse vivir en una zona residencial que no cuenta con establecimientos como los descritos anteriormente, o quien puede realizar modificaciones a su casa para reducir sensiblemente la afectación del ruido exterior. Pero la mayor parte de la gente está condenada a aprender a soportarlo o a alejarse de él.
Es claro que lo normalizamos, considerándolo como parte del “precio de vivir en la ciudad”, como un costo inevitable de la modernidad. Lo que debería entenderse como una afectación termina asumiéndose como parte integrante del entorno urbano. Su aspecto violento se va diluyendo en la medida en que lo vamos aceptando.
Pero sus efectos no son menores en absoluto. La exposición recurrente a niveles elevados de ruido está vinculada a enfermedades propias de personas que viven en áreas urbanas, como estrés crónico, hipertensión, trastornos del sueño, deterioro cognitivo en niñas y niños y afectaciones a la salud mental. No estamos hablando de una molestia pasajera; se trata de un factor de deterioro de la calidad de vida que va minando la tranquilidad y la salud de las personas.
Este fenómeno va directamente asociado a la forma en que planeamos, modelamos, gestionamos y decidimos la ciudad. Desde los instrumentos de gestión urbana, los reglamentos y las políticas públicas, literalmente, se decide a quién se le otorga tranquilidad y a quién se le expone a esta forma de agresión permanente.
Reconocer al ruido como una expresión de violencia urbana implica pasar de tratarlo como una externalidad inevitable de lo que pasa en la ciudad a entenderlo como una afectación a los derechos de la colectividad que precisa de atención y control.
Es también una forma de reivindicar los derechos de las personas afectadas, reconociendo que tanto el silencio como los niveles aceptables de ruido no son un lujo, sino un requisito básico para habitar plenamente la ciudad, para poder pensar en un futuro posible.
Punto de contacto
jruizf@henka.com.mx