El ruido de las cosas al caer
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Como quien no quiere la cosa, aparece el miedo. Una emoción invasiva, intensa y capaz de germinar en las circunstancias menos esperadas, pues como suele decirse, es de mecha corta.
Es de sobra sabido que hablar del miedo es referirse a una de las sensaciones más naturales que puede experimentar un ser humano, no sólo por la frecuencia con la que sale de las de las sombras, sino también por la experiencia y la intuición que preceden a su entrada en escena.
La adrenalina que sube aceleradamente con el acecho del infortunio puede sacar de quicio a cualquiera, ya que no es fácil huir de las garras de su especialidad en producir el más abominable escenario en la imaginación y poner al razonamiento lógico contra la pared.
Fue William Shakespeare quien advirtió sobre la capacidad de contagio de esta emoción cuando confesó “de lo que tengo miedo es de tu miedo”, pues a nadie le extrañará que baste sólo un rumor para desatar, incluso, la histeria colectiva. Así, con unas pocas palabras sueltas es posible agitar los mundos interiores y exteriores de sus presas.
Pandemias, crisis económicas, la enfermedad de un familiar, la muerte de un amigo o lo que usted se atreva a conjeturar. Todos tememos a algo o alguien. Pues además de no andar en burro, el miedo encuentra recovecos en cualquier parte y se encarna con habilidad camaleónica para sorprender a propios y extraños.
Así, Juan Gabriel Vázquez escribió en la novela “El ruido de las cosas al caer” (Premio Alfaguara 2011) una historia que no sólo tiene que ver con los temores que se arrastran sino también con una amistad inconclusa, y es por ella -o tal vez a partir de- que retrata con maestría los miedos más personales y su colectivización, o viceversa.
Todo viene con la historia de Antonio Yammara, un profesor universitario que acude con regularidad a las mesas de billar para echar fuera el estrés académico junto con la palomilla que se da cita al juego, los tragos y a sacar un billete con las apuestas que le dan sabor a cada partida.
En esta rutina despreocupada conoce a Ricardo Laverde, un hombre misterioso amén de interesante, con el que a fuerza de cruzar pocas palabras entabla una amistad intergeneracional que le muestra a contraluz un suculento secreto que asoma tras la cortina de la vida de ese reservado hombre.
Es durante una tarde como cualquiera que Laverde le pide ayuda a Antonio para escuchar un casete que lleva tiempo esperando, los años en prisión le alejaron de sus grandes amores y no sospechaba que la llegada de esas noticias sería ave de mal agüero que entrelazaría para siempre su vida y la de sus familias.
Obnubilado por conocer el secreto de un extraño, Yammara se embarca en una tarea obsesa que lo lleva a deshacer el nudo de un pasado ajeno que no ha hecho sino fungir como el epicentro de tragedias que le llegan como a un polo de atracción.
La muerte de un hipopótamo, aviones que se desploman, el narcotráfico, las misiones culturales de la paz y otros elementos son parte de esta radiografía que saca a la luz los miedos conjuntos de generaciones que crecieron al amparo del temor en una Colombia que parece el Deja vu de otras latitudes que se desmoronan internamente a causa de la violencia.