El terremoto Trump sacude Asia Oriental

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Opinión
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Es bien sabido que Trump puede cambiar cualquier política exterior tradicional de Estados Unidos por capricho, dependiendo de su estado de ánimo o de si se siente suficientemente valorado por algún líder extranjero

Por Ian Buruma, Project Syndicate.

NUEVA YORK- El 16 de agosto, un día después del aniversario del anuncio del emperador Hirohito de la rendición incondicional del imperio japonés ante los Aliados en 1945, el presidente estadounidense Donald Trump ordenó al Pentágono una “reducción sustancia” de las maniobras militares conjuntas con Corea del Sur. Las razones que adujo fueron, como mínimo, extrañas. En su plataforma Truth Social escribió que las maniobras anuales Ulchi Freedom Shield “envían una señal totalmente inapropiada y hostil a un país que desde que Donald J. Trump es presidente se ha mostrado respetuoso y no ha representado ninguna amenaza”.

Ese país respetuoso y que no representa ninguna amenaza no es otro que Corea del Norte, que desde las imprudentes e infructuosas reuniones de Trump con el dictador norcoreano Kim Jong‑un en 2019 no para de aumentar su capacidad nuclear. Siete años después, el régimen de Kim ha estado lanzando respetuosamente y con frecuencia misiles balísticos sobre el mar de Japón.

A estas alturas, es bien sabido que Trump puede cambiar cualquier política exterior tradicional de Estados Unidos por capricho, dependiendo de su estado de ánimo o de si se siente suficientemente valorado por algún líder extranjero. Pero al parecer esto no fue capricho: poco más de una semana después, canceló un ejercicio conjunto de desembarco anfibio de las infanterías de marina de Estados Unidos y Corea del Sur.

Trump dice que está enfadado con Corea del Sur por negarse a sumarse a su guerra contra Irán (un conflicto tan temerario como contraproducente). Puede que así sea. Pero también puede haber una razón más profunda para su conducta alarmante. Trump quiere que se lo recuerde como el mejor presidente de Estados Unidos, el hombre que logró la paz mundial. El camino elegido por Trump para alcanzar ese objetivo consiste en llegar a acuerdos con dictadores que puedan plantear una amenaza a Estados Unidos. Una vez repartido el mundo entre las grandes potencias, Estados Unidos podrá vivir en un «espléndido aislamiento» y los países más pequeños ya no se aprovecharán de él.

Suele decirse que Trump prefiere tratar con autócratas como Kim y el presidente ruso Vladímir Putin porque envidia su pompa y su poder ilimitado. Es posible, pero también puede que crea que es más fácil acordar con un tirano que con un político obligado a rendir cuentas ante los votantes.

Cualquiera sea la razón de las políticas erráticas de Trump, la cancelación de las maniobras militares sorprendió a los surcoreanos y alarmó a los japoneses. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las garantías militares de Estados Unidos hicieron posible la prosperidad de las democracias europeas y de Asia Oriental, obrando como factor de disuasión frente a potencias que podían serles hostiles. Aunque hubo abundancia de guerras locales bajo la Pax Americana, una guerra mundial se había vuelto impensable. Las heridas históricas seguían causando fricciones entre Japón y Corea del Sur, pero mientras el Tío Sam estuviera al mando, eran problemas manejables.

Ahora que Trump creó enormes fisuras en el orden de posguerra con sus amenazas de negar ayuda a los miembros de la OTAN y debilitando la cooperación militar con uno de los aliados más importantes de Estados Unidos en Asia Oriental, todos los supuestos tranquilizantes de la Pax Americana se esfumaron. Las consecuencias de la conducta de Trump son todavía más graves para Asia Oriental que para Europa.

Sin un equivalente a la OTAN, los países del este y sudeste de Asia necesitan establecer todo un conjunto nuevo de acuerdos militares tras el fin de la Pax Americana. A pesar de la solidez de sus Fuerzas de Autodefensa, Japón todavía depende de Estados Unidos para su seguridad, lo mismo que Corea del Sur (y ni hablar de Taiwán). Mientras tanto, China está haciendo todo lo posible por recuperar su estatus de potencia dominante en Asia, y Corea del Norte amenaza a Corea del Sur con una guerra nuclear. Además, China y Corea del Norte están estrechando vínculos con Rusia.

Ya hay en marcha iniciativas para contrarrestar una posible beligerancia china mediante una alianza de defensa para la región indopacífica con inclusión de Estados Unidos, la India y Australia. Pero para que Japón y Corea del Sur se independicen del apoyo militar estadounidense se necesitará liderazgo japonés y una estrecha cooperación entre ambos países.

Japón no podrá evitar un replanteo de su constitución pacifista, que hoy impide a las fuerzas japonesas participar en conflictos internacionales. Corea del Sur tendrá que dejar de lado los resentimientos históricos (incluidas las exigencias de más pedidos de disculpas japoneses) en aras de los intereses mutuos.

El presidente liberal surcoreano Lee Jae‑myung parece ser consciente de ello, a juzgar por sus intentos de cultivar relaciones cordiales con la primera ministra conservadora japonesa Takaichi Sanae. En enero ambos líderes sorprendieron sentándose frente a sendas baterías para tocar un tema de K‑pop.

Lee y Takaichi tienen en vista un acuerdo de compra y prestación cruzada de servicios, que permitiría a Corea del Sur y Japón compartir y adquirir suministros militares y apoyo logístico en conjunto. Pero a diferencia de Kim Jong‑un, Lee es un demócrata que no puede forzar a los ciudadanos de su país a someterse a su voluntad. Tras reconocer la “necesidad práctica” de ese acuerdo, Lee añadió de inmediato: “[pero] si digo algo así, me regañarán”, y por eso exigió públicamente a Japón un pedido de disculpas “sincero” por el período de dominio colonial sobre Corea.

Lee está obligado a decir eso. Sus votantes de izquierda están acostumbrados a protestar contra lo que consideran una falta de remordimiento por parte de Japón y contra los políticos conservadores coreanos a quienes ven como sucesores de las élites coreanas que colaboraron con los gobernantes coloniales japoneses. Pero Takaichi es una nacionalista conservadora y también debe atender a sus votantes. Eso implica minimizar los capítulos más oscuros de la historia japonesa. Un socialista japonés puede pedir perdón, pero para una dirigente de derecha del Partido Liberal Democrático es más difícil.

En el pasado, estas tensiones habrían sido insuperables. Incluso con Estados Unidos haciendo de mediador entre sus aliados de Asia Oriental y alentándolos a cooperar, las heridas históricas persistían. Pero es posible que el trato desdeñoso de Trump y sus coqueteos con los enemigos de Japón y Corea del Sur terminen logrando aquello que no consiguieron gobiernos estadounidenses más amistosos. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Ian Buruma es autor de numerosos libros, entre ellos Year Zero: A History of 1945 (Penguin Books, 2014), The Collaborators: Three Stories of Deception and Survival in World War II (Penguin Press, 2023) y el más reciente Spinoza: Freedom’s Messiah (Yale University Press, 2024).

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